Miércoles , 21-04-10
«Está presa en sus oros, está presa en sus tules...»
(Rubén Darío)
POBRECITA la esposa del presidente del Gobierno, espíritu libre encerrado en la jaula de mármol del Palacio de la Moncloa. Un lugar inhóspito, tétrico, inadecuado para las personas románticas de alma sencilla que detestan las vanidades mundanas y anhelan escaparse disfrazadas a pasear por los bulevares de París, acaso en busca de la estela existencial de Juliette Greco. Ah, la Moncloa, qué destino tan lúgubre, qué karma tan siniestro, qué atmósfera tan viciada por la soledad del poder. Esa incómoda clausura no es sitio para un alma rebelde.
Una vez, en alguno de esos gélidos salones en cuya penosa intimidad laten los problemas de España, el presidente Zapatero -lo ha contado él- levantó la vista de un mazo de informes y le hizo a su mujer una confidencia estremecedora: «Ni te imaginas, Sonsoles, la de cientos de miles de españoles que podrían ser presidentes del Gobierno». He ahí el autorretrato de una política, la de Míster Chance. Cualquiera podría hacerlo igual: es tan fácil, no tiene mérito ni importancia, no se requiere preparación ni competencia, sólo estar en el sitio adecuado en el momento oportuno. Y sin embargo, no cientos de miles, sino varios millones de ciudadanos, ingratos y desabridos ellos, estarían encantados de que el presidente fuese alguien con un poco más de cualificación y responsabilidad, aunque gobernar le costase más trabajo. Y otros tantos vivirían con sumo agrado y holgura en el inconfortable palacete que consume con su aislamiento forzoso los bríos de independencia de su sacrificada inquilina. Esa morada de aislamiento, sórdida y despersonalizada; poblada de ordenanzas de uniforme y camareros enguantados que acuden cuando se toca un timbre a servir el café.
Son malos tiempos para las poses de inconformismo como la que la esposa de Zapatero se ha dejado esbozar, a través de su entorno, en el couché tentador de «Vanity Fair». La muy elogiable discreción con que mantiene su perfil en segundo plano chirría cuando permite o autoriza ese retrato postizo de princesa enjaulada, exponiéndose a un juicio de opinión pública que hasta ahora ha sabido eludir con tacto, prudencia y mesura. Muchas españolas que trabajan duro también sueñan con glamourosos paseos por los bulevares parisinos, pero viajan hasta ellos en clase turista y pagan el billete y la estancia a plazos. Sin Falcons, sin asistentes, sin entradas vip para la ópera. Y viven en pisos más o menos dignos sin mayordomos que sirvan la cena en el comedor privado de una mansión protegida. No pasa nada por disponer de todo eso, sin complejos ni autojustificaciones; va en el estatus que le corresponde por la legítima función de autoridad que desempeña su marido. Lo que desentona es la mala conciencia, el descontento impostado, la pena de atrezzo. El mohín de fastidio.

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