«Quo nómine vis vocári?», preguntó el vicedecano a Ratzinger el 19 de abril de 2005, según un preciso ritual que se ha repetido durante siglos: «Vocábor… Benedicto XVI», respondió
Actualizado Lunes , 19-04-10 a las 11 : 56
«Acceptáste electiónem de te canónice factam de Summum Pontificem?». La pregunta del cardenal vicedecano del Colegio Cardenalicio, Angelo Sodano, sonó con fuerza entre las cuatro paredes de la Capilla Sixtina, donde se habían encerrado los 115 cardenales electores tras la muerte de Karol Wojtyla. Joseph Ratzinger, el teólogo que no quería ir a Roma, que quería retirarse para abordar con más calma la reflexión teológica y la enseñanza, y al que Juan Pablo II retuvo a su lado durante 23 años sin dejarle marchar, aceptó su elección y asumió, en ese mismo momento, la enorme carga de la herencia dejada por el Papa polaco.
«Quo nómine vis vocári?», preguntó entonces el vicedecano. «Vocábor… Benedicto XVI», respondió.
Ocurría el 20 de abril de 2005, en un preciso ritual que se ha repetido durante siglos en el Vaticano, tras la muerte de un Papa, los días de Sede Vacante y las jornadas electorales del Cónclave, que en aquella ocasión lograron el milagro de superar dos tercios de los votos al cuarto escrutinio. «El Cónclave más abierto de los últimos cien años», comentaba ABC.
El Maestro de Ceremonia Pontificias, el arzobispo Piero Marini, tomó después el acta notarial de la aceptación de Ratzinger: el hijo de María la cocinera y Joseph el policía, pasaba a ser, a todos los efectos, el nuevo Obispo de Roma, el nuevo Pastor de la Iglesia Universal, el «centinela insomne de Dios» en la Tierra.
Cien mil fieles aguantaban en la plaza de San Pedro, «en un espectáculo incalculablemente hermoso», la aparición de su nuevo Pastor. Y junto a ellos, varios enviados especiales de ABC, que daban fe de la tensión entre los feligreses y el histórico momento que estaban viviendo.
«¡Habemus Papam! ¡Habemus Papam!»
Portada de ABC del 20 de abril de 2005
«El tiempo se detiene en San Pedro. Y en todo el mundo –escribía desde la plaza Jesús Bastante–. De la fallona chimenea situada sobre la Capilla Sixtina (que ya por la mañana había dibujado un panorama incierto, por dos veces, sobre el resultado de las votaciones) comienza a salir humo blanco. Inmediatamente, los aledaños de la basílica se llenan de gente. Durante cinco minutos, dudas, carreras, llamadas, gritos… se suceden sin parar entre los periodistas, los fieles y los propios servicios de seguridad. Niños, ancianos, hombres y mujeres de distintos países, hablando distintas lenguas, en una suerte de Torre de Babel que busca una respuesta: “¿Qué es lo que ha pasado? ¿De qué color es el humo?”».
Juan Manuel de Prada describió así el momento: «Es un humo al principio un poco chaquetero, que no acaba de decantar su color; pero la hora intempestiva invita a pensar que se trata de una fumata blanca. Para disipar las dudas, un nubarrón cetrino proyecta su sombra sobre la Plaza de San Pedro; ahora el humo adopta una tonalidad decididamente cándida. Un clamor que empieza siendo el rugido de un león que se despereza para convertirse enseguida en una algarabía de júbilo se apodera de las gargantas de los presentes. “¡Habemus Papam! ¡Habemus Papam!”, exclama la multitud».
«No creo que vayan a elegir a un Papa alemán»«Con toda seguridad no será elegido», «hoy en día no se confían tareas de ese peso y responsabilidad a personas de su edad», «no creo que vayan a elegir a un Papa alemán» o «no tiene ninguna posibilidad» eran algunas de las opiniones vertidas, poco antes, por el entorno del cardenal de Munich. Se equivocaron.
A las 18.43 exactamente, se abrieron las ventanas del balcón de las bendiciones de la Basílica de San Pedro y el cardenal chileno Jorge Arturo Medina Estévez saludó a la multitud, por primera vez en la historia, en italiano, español, francés, inglés y alemán.
Y entonces llegó el momento que el mundo estero esperaba: «Annuntio vobisgaudium magnum: Habemus Papam! Eminentissimus ac Reverendisimum Dominum, Dominum Joseph», y las cien mil almas allí congregadas rompieron el silencio ceremonioso con una alegría desbordante: «¡Ratzinger, Ratzinger, Ratzinger!»… que aparece segundos después, ante los ojos del mundo entero, ya, para siempre, como Benedicto XVI.

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