Las causas que importan
MIGUEL MUÑIZ
Domingo , 04-04-10
La Libertad. Hoy tiene nombre de heroicos luchadores cubanos. Como Orlando Zapata, fallecido recientemente en pacífica huelga de hambre para reclamarla. O Guillermo Fariñas, su digno sucesor, que agoniza en el arcaico totalitarismo caribeño mostrando al mundo el valor sagrado del sacrificio humano por el ideal más imperecedero. Simiente de esperanza, contracara de los interminables Tirano Banderas que sacrificaron la promesa del Hombre Nuevo a las vanidades del poder esperpéntico. La disidencia en Cuba es un movimiento de regeneración imparable, lo mejor de lo que nos está pasando. Su ejemplo político encierra verdadera grandeza moral, la más necesaria, la más fecunda para su pueblo y para todas las gentes de la tierra; la realmente ejemplar.
Porque no se enfrentan a un poder democrático sensible, más o menos remotamente, a los juicios de los electores -la única restricción que frena la voluntad de poder-, sino que desafían a dictadores armados y entrenados en el nihilismo despiadado. A los personajes retratados en las obras de Orwell. Fariñas, como Zapata, son pacíficos guerrilleros de la libertad, los verdaderos ángeles fieramente humanos, poetas sufrientes del progreso histórico.
Antes tuvimos a Oswaldo Payá, vivo gracias al respaldo europeo del premio Sajarov, otro de los grandes resistentes contra la dictadura matriz de los Gulags contemporáneos. Su rastro emerge de 1968, cuando Heberto Padilla escribió en «En mi jardín pastan los héroes», novela secuestrada por un Fidel Castro sumido en la ebriedad de la supuesta resistencia antiimperialista. Desde entonces deriva en la degradación y el naufragio, miseria para el pueblo y mentiras masivas. Sostenidas por la represión, la complicidad ciega de los progres de occidente y los fondos oscuros que nutren la explotación sexual de las jóvenes depauperadas, la industria del vicio sin fronteras y las remesas compasivas de los que un día fueron balseros y no olvidan a sus víctimas queridas que aún permanecen en el infierno soleado.
La nueva disidencia salva a Cuba, la redime, ennoblece y recupera para la Historia y la vida, un morar sin vileza en esta modernidad sin ilusión y de soledades encogidas. Es la sal de estos tiempos sin pasiones consecuentes ni valores encarnados.
La Transparencia Económica. Parece una causa perdida, miles de informaciones sin modelo ni sentido se conjuran a diario en un reiterativo carnaval del absurdo. Las masas democráticas tratadas como adolescentes permanentes a quienes se les promete el oro sin moro, se les tortura con la incompetencia pública y se las aburre con metáforas de escapismo previsible. La crisis económica y sus políticas públicas convertidas en materia reservada para cínicos y chamanes. Pero no la han provocado los dioses ni obedece a la lógica mítica e incontrolada de un sistema impersonal. La provocó una Laica Alianza de gobernantes, financieros, empresarios y gente principal de distintas condiciones, los transgresores de las reglas de la prudencia, agentes del uso partidista y particular de los poderes y facultades que toda sociedad otorga a unos pocos para que sean administrados para el bien de todos.
La crisis deriva de una traición a la confianza otorgada por los electores, por los impositores, por los ciudadanos trabajadores que generan valor eficaz, por los que piensan y proponen instituciones y sistemas de organización económica y social más justos y eficaces. Un pecado civil del uso del capital social, el abandono a la soberbia y la avaricia, a ser más y distinguirse por el camino más corto y más fácil, el de las vanidades fatales.
Proliferan los discursos inanes pero no se proclaman los costes del desastre que abonarán los excluidos. No hay cálculos, solventes y transparentes, para un nuevo consenso económico y social; los responsables no pagarán, lo harán las víctimas de sus excesos, los perjudicados, las eternas ciudadanías silenciadas. Ni siquiera se les ahorran calvarios debido a la pertinaz incompetencia que nos rodea. País de picaresca interminable y maniobrera.
España. Según el artículo 2º de la Constitución formalizada y en derribo, es la «patria común de todos los españoles». Sueño de nuestra razón ilustrada, una de las naciones más antiguas de la tierra, cópula afortunada de geografía e historia. Lo tenía todo para ser hogar recobrado. Pero retorna a sus peores señas de identidad, al cuestionamiento de su ser y en almoneda electoralista. Siempre nuestras élites al reparto; inasequibles a la vergüenza, la quieren fragmentar en la era de las uniones transnacionales, la globalización e Internet. Cada una encerrada con su juguete, a la dicotomía ilusa de que me paguen los demás las imaginarias deudas del pasado y quede para mí todo el botín. El cuento territorializado de la lechera.
El bípedo politicus hispanicus parece incapaz de comprender el simbolismo fecundo de ser una nación, tribu sapiens evolucionada y vertebrada, cohesionada por los valores que los mejores sabios que en el mundo han sido parieron para el bien común. Semeja preferir su propia aldea, el horizonte provinciano pero propio de lo seguro y cercano; el sueño del ser sin arriesgar, los caminos trillados de la familiaridad.
La élite catalana se siente la más avanzada, europea y de exclusividad cosmopolita. La vasca, la más valiente y decidida. La andaluza ha descubierto el peso demográfico en el juego democrático para hacerse valer y mantener un sistema de dominio interior subvencionado, alegre y confiado. En Extremadura se instalan en el victimismo permanente y en Castilla La Mancha abren la guerra del agua. Los asturianos solo pretenden una reconversión asistida de las viejas empresas públicas; las levantinas no ser menos que las catalanas y en el corredor noroeste que la periferia geográfica no se torne en marginación política.
No se ven en el mismo barco en el que navega el pueblo, la gente sensata que paga los impuestos y sostiene las vanidades públicas, el país real de un pueblo filosófico pero sin filósofos en el poder, la derrota de nuestra herencia mejor. Ya con 45 millones de habitantes, con fuerzas y resortes bloqueados, que ha salido adelante a base -literalmente- de sangre, sudor, lágrimas, emigración e incorporación civil de lo parido en otras naciones; su riqueza principal, su gran capital en tanto que colectivo cohesionado y abierto, está siendo amenazado y desprotegido por una judicatura constitucional que abre, con pactos obedientes al poder ejecutivo, la Caja de Pandora de las desigualdades. Y en Galicia se asoma la miopía de los que creen en la fiesta de la disgregación como oportunidad de distinción diferenciadora a no desaprovechar. Compensación mágica de nuestras limitaciones, oportunidad de sacar pecho a golpe de legislación propia y reglamento, oficio de escribas y burocracias.
La realidad inventada contra la sabiduría de la experiencia; «ganarás el pan con el sudor de tu frente y la luz con el dolor de tu alma». Siempre León Felipe.

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