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Martes , 30-03-10
TODOS los indicios apuntan a que las mujeres que han asesinado a casi cuarenta personas en el metro de Moscú pertenecían a un grupo llamado «viudas negras», que han sido entrenadas por activistas musulmanes chechenos, cuyo máximo responsable ha sido recientemente abatido en una operación policial. Asesinar a inocentes ciudadanos en el transporte público es un siniestro método que utilizan organizaciones terroristas de medio mundo, porque es relativamente fácil aprovecharse de que se concentran muchas personas, como por desgracia sabemos bien en España. Cualesquiera que pudieran ser las razones invocadas por los criminales que han adiestrado a esas mujeres suicidas del metro de Moscú, jamás podrán sobreponerse al hecho de que lo que han cometido ha sido un crimen y ante esta constatación no puede haber ningún matiz. Los terroristas se ponen a sí mismos al margen de la sociedad y ésta está obligada a defenderse.
Ahora bien, en esa defensa legítima, las autoridades de un país civilizado deben actuar en el marco de la ley y el respeto a los derechos humanos. Las invocaciones de los máximos dirigentes rusos sobre la «guerra sin cuartel» contra el terrorismo recuerdan que en anteriores ocasiones eso tuvo un reflejo trágico e incluso claramente contraproducente para la legitimidad de las posiciones de Rusia en el Cáucaso. Si cuando dicen «guerra sin cuartel» se imaginan que puedan aplicarlo al pie de la letra, con operaciones militares, no ayudarán a sus propios intereses.
Rusia no es un país irrelevante: su influencia militar y económica es tan importante que todo lo que pudiera suceder en su interior tendría forzosamente repercusiones importantes en muchas partes del mundo, para empezar en su vecindario europeo. En un país democrático, con instituciones fuertes y leyes inteligentes, los terroristas pueden ser perseguidos eficazmente y la experiencia demuestra que tarde o temprano llegan a ser vencidos, sin que por ello haya habido que aplastar las libertades de la sociedad a la que dicen representar. Sin embargo, en Rusia la sociedad civil es todavía débil y el poder, poco respetuoso con las prácticas que son comunes en las sociedades occidentales. Pero mientras Rusia se mantenga dentro de los usos democráticos, deberá ser ayudada en su lucha contra el terrorismo criminal.
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