Alfonso Armada. Ediciones Península (Barcelona, 2010). 408 páginas. 23,50 euros
«Diccionario de Nueva York»
Alfonso Armada
Ediciones Península
Barcelona, 2010
408 páginas
23,50 euros
La trayectoria de Alfonso Armada
Nacido en Vigo en 1958, Alfonso Armada ha trabajado en los diarios Faro de Vigo, El País y ABC. Ha cubierto el cerco de Sarajevo, el genocidio de Ruanda y eventos de toda índole en países africanos como la República Democrática del Congo, Liberia, Angola, Mozambique, Sudán o Somalia, y era corresponsal en Nueva York cuando se produjo el ataque contra las Torres Gemelas. Ha publicado los libros Cuadernos africanos (1998 y 2002); España, de sol a sol (2001) y El rumor de la frontera (2006), ambos con fotografías de Corina Arranz (2001), todos en Península. Nueva York, el deseo y la quimera (Espasa Calpe, 2007), y, con Gonzalo Sánchez-Terán, El silencio de Dios y otras metáforas. Una correspondencia entre África y Nueva York (Trotta, 2008). También ha escrito teatro y poesía, obteniendo numerosos galardones.
Actualizado Martes , 30-03-10 a las 19 : 23
«Desde entonces me he enamorado de muchas ciudades, pero tan sólo un orgasmo que durase una hora podría superar el éxtasis de mi primer año en Nueva York». Son palabras de Truman Capote extraídas de su magnífico y provocador (tanto como incomprendido) libro «Plegarias Atendidas». Con ellas nos topamos, sin provocar la más mínima arruga en la delicada colcha narrativa, en una de las páginas de «Diccionario de Nueva York», un completo repaso de la geografía anímica de esta ciudad que Alfonso Armada tuvo ocasión de experimentar durante una larga temporada. Larga, pero no suficiente, a tenor del sabor a nostalgia que destilan todas sus palabras, deslizadas con sutil elegancia de la A a la Z, como si de un abecedario sentimental se tratase, el mismo en el que Armada tuvo ocasión de perderse, de sentir el arrullo de la «ciudad que nunca duerme», pero que un día despertó para nunca más volver a conciliar el sueño con la tranquilidad que sólo emana de la fragilidad infantil.
Esa fragilidad, la misma de la que Capote huía para alojarse en inciertos recovecos de construcción creativa y desasosiego vital pero que al fin y al cabo le provocaban (des)atendidos orgasmos, quedó al descubierto el martes 11 de septiembre de 2001, momento apocalíptico en el que una nueva historia comenzó a ser contada. Esa historia, vivida por Alfonso Armada en primera y dolorosa persona desde su amado puente de Brooklyn y con los ojos bañados de lágrimas, está presente de forma latente pero no corrosiva en todas las letras de este abecedario neoyorquino.

Pero no se equivoquen, no es el hilo conductor, ni mucho menos la pulsión emocional que el autor busca para alcanzar el socorro del lector. Su presencia es la necesaria, la esperada, hasta si me apuran y sin ánimo de ofender, la deseada. Porque sólo un escritor curtido en las mil y una batallas dialécticas del periodismo es capaz de, con valentía y sosiego, hacer una reflexión en alto (bien alto) sobre el por qué de una guerra contra un terror que después se volvería contra cientos de miles de anónimos ciudadanos como un macabro boomerang en mal estado. Pero no hubo opción de devolver el defectuosos artilugio a la tienda de segunda mano, pues la mano fue cortada aquella misma mañana y el muñón no ha dejado de sangrar desde entonces.
Literatura reparadoraUn muñón, palabra fea donde las haya, que la pluma de Armada procura vendar con el cariño propio de la madre embelesada con su bebé, del amante que nunca tuvo un orgasmo tan real… Esa realidad, la neoyorquina, cambió para siempre aquel fatídico 11-S, pero en realidad sigue mutando cada día, desde su origen colonial, y buena cuenta de ello dan los múltiples estados por los que atraviesa los que podríamos denominar órganos de un cuerpo que sigue latiendo con fuerza, dando aliento a todo un país e insuflando ilusiones en las mentes de todos los que algún día pisarán sus aceras. Ese latido queda reflejado en este diccionario, donde cada detalle, cada palabra (pequeña-gran célula del átomo neoyorquino) es en sí misma una historia vivida, por vivir, soñada, por soñar… y hasta imaginada. Porque el lector, haya o no estado en Nueva York, se convierte gracias a la grácil narrativa de Armada, en protagonista de la historia de esta ciudad.
El Empire State, el puente de Brooklyn, Times Square, la Quinta Avenida, Broadway, Central Park, el Metropolitan, la Estatua de la Libertad, Bowery, «The New York Times», «The New Yorker», Tiffany’s, el Madison Square Garden, cada uno de los barrios con todas y cada una de sus bien diferentes personalidades, la Biblioteca Pública… y los cientos de detalles, nimios a ojos de cualquier desaprensivo de la intensidad humana, que conforman la topografía de una ciudad, construida a golpe de esfuerzo y por la que han transcurrido las vidas literarias y reales de todo personaje con algo de talento y otro tanto de curiosidad.

Gotas de rocíoSi dos perros encarnizados en una desgarradora pelea atraen los ojos del autor antes de adentrarse en la majestuosa (por su dimensión material y literaria) Biblioteca Pública, personajes como Walt Whitman, el ya mencionado Truman Capote, García Lorca, Scott y Zelda Fitzgerald, Simone Weill, Bob Dylan, Jack Kerouac, Joseph O’Neill, Vila-Matas, Paul Auster, François Truffaut (recomendación aparte merece el «Film Forum» situado en la letra F del libro), Daniel Barenboim (puede que el orgasmo más dulce, artísticamente hablando, experimentado por Armada fuera el que le provocaron los ocho conciertos de las sonatas beethovenianas que Barenboim llevó a cabo en el Carnegie Hall) y otros muchos personajes (el propio autor, el principal) van apareciendo como gotas de rocío en las páginas, ya sea por obra y gracias de la privilegiada memoria y documentación del escritor o a través de los muchos y oportunos relatos que Armada trae a colación (muy acertada).

Pero no sólo de relevancia pública y mitos literarios está hecho este «Diccionario de Nueva York». En el abecedario ocupan un lugar destacado los túneles, los bares, las alcantarillas, el vudú, las uñas, los taxis, el ruido, las puertas giratorias, los paseadores de perros, las lavadoras, los mensajeros en bicicleta, los «homeless», la soledad (ah, esa soledad) y todos aquellos elementos que Alfonso Armada vivió con pasión y cuyo recuerdo permanece inalterable en su memoria. Una memoria que hoy, al cerrar este diccionario, ocupa un privilegiado lugar en el corazón de todos los que algún día nos sentimos o sentiremos neoyorquinos, ciudadanos del mundo, personas de carne y hueso.

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