Le Pen, la bestia renace
Le Pen, después de votar hoy / AP
Actualizado Domingo , 21-03-10 a las 15 : 30
Jean-Marie Le Pen lleva veintisiete años minando las posiciones culturales de la derecha francesa, facilitando el triunfo socialista en muchas elecciones, fragmentando los electorados conservadores, acosando día a día a la derecha en beneficio de las izquierdas, condenado en numerosas ocasiones por los tribunales de justicia por sus declaraciones extremistas, xenófobas, racistas, de legendaria brutalidad.
Históricamente, las extremas derechas habían desaparecido entre 1974 y 1983. En 1974, Le Pen «pesaba» menos de un 2 % del electorado nacional. Hasta 1983 dejó de existir electoralmente, por dos razones:
1 —El modelo electoral francés (mayoritario, a dos vueltas) lamina y barre a las mayorías, facilitando la formación de grandes bloques de izquierda y derecha.
2— Francia vivía social y culturalmente de la prosperidad de los años 50, 60 y 70 del siglo pasado.
En 1983, la crisis de la experiencia socialista (que había prometido la «ruptura con el capitalismo» y la «construcción del socialismo a la francesa») precipitó tres devaluaciones de la moneda nacional, aparecieron los «nuevos pobres» y comenzó a crecer el paro de masas.
Consciente de que las elecciones municipales de 1983 y las generales de 1986 serían un gran desastre para él, François Mitterrand, se sacó de la manga un cambio de modelo electoral, que ha tenido históricas consecuencias perversas: los cambios electorales socialistas, en 1983, introduciendo un cierto grado de proporcionalidad, abrieron una «autopista» a la extrema derecha, cuyos efectos continúan muy presentes en el modelo político francés.
En 1983, la extrema derecha y el PCF lanzaron sus primeras campañas contra la inmigración, en nombre del «voto nacional». El PCF comenzó a hundirse, mientras que el Frente Nacional (FN) de Le Pen comenzó a ganar un capital electoral que oscila, desde entonces, entre el 10 y el 12 %, con alguna ocasional llamarada al alza. Desde entonces, la extrema derecha lepenista ha estado presente en todas las elecciones que ha podido, con efectos siempre semejantes: nunca ha conseguido un mandato nacional significativo, siempre ha favorecido sucesivas victorias socialistas, siempre ha privado a las derechas (moderadas, menos moderadas o centristas) de victorias significativas.
En 1986, Le Pen redujo la victoria del centro derecha en las legislativas. En 1988, Le Pen prefirió facilitar la reelección de Mitterrand contra Chirac. Restaurado el modelo electoral mayoritario en las elecciones generales, desde 1986 (con el triunfo conservador), la extrema derecha no ha vuelto nunca a la Asamblea Nacional. Por contra, Le Pen ha estado presente en todas las elecciones municipales, regionales y europeas con resultados siempre idénticos.
Históricamente, la «resurrección» de Le Pen ha ofrecido a los socialistas una ventaja excepcional, maniatando a la derecha, por dos razones: el FN lleva veintisiete años dando victorias a la izquierda, mientras que ningún líder ni partido conservador ha podido ni deseado aliarse con Le Pen, de ninguna manera.
¿Por qué no han podido aliarse o negociar acuerdos Chirac o Sarkozy con el líder de la extrema derecha...? Por convicciones políticas personales y porque Le Pen es un provocador extremista, xenófobo, racista, demagogo, durante toda su vida pública, como prueba jurídicamente un largo rosario de condenas.
Las provocaciones de Le Pen forman parte del «museo de horrores» político del último medio siglo político francés.
Su primera y legendaria provocación data de 1955, cuando declaró, entre risas, que Francia estaba gobernada por una «banda de mariones» (Mauriac, Sartre, Camus). En 1962 declaró sin embagajes: «No tengo nada que ocultar. En Argelia, he torturado cuando había que torturar». Fuerte tras su resurrección electoral (1983), en 1987 arremetió contra las víctimas del sida, («sidaicos», les llamaba), declarando: «A los sidaicos hay que encerrarlos, porque, respirando, transmiten su virus a toda la nación». El mismo año, trivializaba los campos de concentración nazis como «meros accidentes». En 1988 lanzó un chiste fúnebre sobre el apellido de un ministro, relacionándolo con los hornos crematorios nazis. En 1997 declaraba: «¿Qué debo hacer para probar que no soy racista? ¿Casarme con una negra, sidaica preferentemente?».
Le Pen arremetió en numerosas ocasiones contra Sarkozy tras la emergencia de éste como líder político nacional, Una entre otras: «Sarko quiere dar por el culo a los musulmanes...» Sobre los campos de concentración nazis, declaraba en 2008: «Me limito a constatar que en Auschwitz había una fábrica IG Farben con 80.000 obreros. Y, por lo que yo sé, ninguno fue gaseado».
Como consecuencia de un largo rosario de provocaciones, entre el racismo y la xenofobia, Le Pen ha sido condenado en los últimos veinte años en una veintena de ocasiones. Una condena judicial por año. Condenas que solo reflejan una pequeña parte del profundo malestar, confusión y perturbación que el líder de la extrema derecha ha precipitado a todos los niveles del tejido social, cultural y político francés.
Jacques Chirac lo denunció desde muy pronto, con una energía que jamás utilizó François Mitterrand. Nicolas Sarkozy, por su parte, ha llegado a enorgullecerse públicamente de haber «reducido» electoralmente a la extrema derecha. En vano. La primera vuelta de las elecciones regionales del domingo pasado, 14 de marzo, prueba que la extrema derecha tiene hoy la misma fuerza que tenía entre 1983 y 1986, y la misma que en 2004, cuando ya favoreció el triunfo de la izquierda socialista.
Los candidatos del FN están hoy presentes en doce de las 22 regiones metropolitanas. Sin rivales de extrema derecha, los candidatos de derecha tradicional o moderada podrían tener algunas esperanzas. Presentes los candidatos de extrema derecha, siguiendo la consigna estricta de destruir a los candidatos conservadores, la izquierda socialista cuenta con un apoyo estratégico excepcional.
Asegurada la victoria regional socialista, la extrema derecha volverá a su limbo electoral, hasta las presidenciales de 2012, para entonces Le Pen tendrá 84 años. El tribuno extremista tuvo su penúltimo día de gloria en 2002, cuando eliminó al candidato socialista (Lionel Jospin) en las presidenciales de aquel año. Él o su hija Marina, la heredera, sueñan con una proeza semejante dentro de dos años. Ya están en campaña, tirando con mira telescópica, con cargas de basura tóxica y andanadas truculentas contra Nicolas Sarkozy.

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