Viernes , 19-03-10
Para el presidente de Brasil pedir elecciones democráticas, prestar libros prohibidos y escribir en periódicos extranjeros -los supuestos «delitos» cometidos por los 75 disidentes durante la primavera negra de 2003, condenados a penas de hasta 28 años- equivale a matar, robar o secuestrar.
Dentro de su curioso código moral es perfectamente comprensible encarcelar al doctor Óscar Elías Biscet, médico negro sentenciado a 25 años por defender los derechos humanos y oponerse al aborto; la muerte del preso político Zapata Tamayo o la posible muerte de Guillermo Fariñas, psicólogo y periodista disidente, en huelga de hambre para reclamar que liberen a 26 presos políticos severamente enfermos.
Los demócratas cubanos no son los únicos decepcionados con el brasilero. Recuerdo, hace unos tres años, una conversación en Panamá con Jeb Bush, ex gobernador de Florida. Me dijo que su hermano, entonces presidente de Estados Unidos, tenía una magnífica relación con Lula y estaba convencido de que era un aliado leal de Washington. Me pareció una ingenuidad, pero no se lo comenté.
Hace poco, un ex embajador norteamericano, que prefiere el anonimato, me dijo exactamente lo contrario: «todos nos equivocamos con Lula; es un contumaz enemigo de Occidente y muy especialmente de Estados Unidos, aunque trata de disimularlo». Y, con cierta indignación, criticó la complicidad de Brasil con Irán en el tema de las sanciones por el desarrollo de armas nucleares, el permanente respaldo a Chávez y la irresponsabilidad con que manejó la crisis de Honduras al propiciar el asilo de Zelaya en su embajada de Tegucigalpa, violando todas las reglas de la diplomacia internacional.
En realidad, el comportamiento de Lula da Silva no es sorprendente. En 1990, derribado el Muro de Berlín, creó el Foro de Sao Paulo junto a Fidel Castro para coordinar, entre las fuerzas violentas y antidemocráticas de América Latina, una suerte de cooperación internacional que sustituyera el desvanecido liderazgo soviético en la región. Ahí estaban las guerrillas narcoterroristas de las FARC y del ELN de Colombia, una docena de partidos comunistas de otros tantos países, el FSLN de Nicaragua, el FMLN de El Salvador y la URGN de Guatemala.
Lula, dentro de Brasil, sujeto por una realidad política que no ha podido modificar, se comporta como un demócrata moderno y no se ha movido sustancialmente de las directrices económicas del anterior presidente, Fernando Henrique Cardoso, pero en el terreno internacional es donde aflora su verdadero talante: el revolucionario tercermundista de los años sesenta.
¿De dónde surgen esa militancia radical y ese perverso juicio moral? La hipótesis de un presidente latinoamericano que lo conoce bastante, de los que no tardarán en dejar el poder, también decepcionado, apunta a su ignorancia: «Este hombre es de una penosa fragilidad intelectual. Sigue siendo un sindicalista atrapado en la superstición de la lucha de clases. No entiende ningún asunto complejo, carece de capacidad para fijar la atención, tiene unas terribles lagunas culturales y por eso acepta el análisis de los marxistas radicales que en su juventud le explicaron la realidad como un combate entre buenos y malos». Su frase final, dicha con cierta tristeza, fue lapidaria: «Pareció que Lula, con su simpatía y por el buen momento que atraviesa su país, convertiría a Brasil en la gran potencia política latinoamericana. Falso. Ha destrozado esa posibilidad al alinearse con los Castro, Chávez y Ahmadineyad. Ya ningún país serio confía en Brasil». Muy lamentable.

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