David Grossman: «Cuando escribo soy capaz de de redimir tanta muerte»
David Grossman, ayer durante la entrevista /JAIME GARCÍA
Es un hombre encantador. Y encantador ha de ser para ejercer de prestidigitador de la paz en una tierra como Oriente Medio, donde a menudo se tira con bala. Es un novelista desbordante como lo atestigua su nueva novela, «La vida entera" (Lumen y Edicions 62 en catalán), un fresco desgarrador sobre la vida en esos lugares que un día fueron santos.
Mientras David Grossman trabajaba en ella, durante la segunda guerra del Líbano, en agosto de 2006, su hijo Uri, sargento tanquista, murió al ser alcanzado su vehículo por un misil palestino. La muerte en directo, el dolor, la tristeza, la desolación, en carne propia. Pero Grossman (también se publica su libro «Escribir en la oscuridad», Debate, y Edicions 62 en catalán) salió adelante. Y escribe (y de qué manera) y vive para contarlo.
-¿Qué es para usted la literatura, este viejo oficio de escribir?
-Es la manera, la forma en la que soy capaz de comprender todo lo que me ocurre en la vida.
-Escribe en hebreo, la lengua de Yahvé, de los profetas. Supongo que será muy hermoso, pero una gran responsabilidad.
-No soy un hombre religioso, pero sin duda es un privilegio escribir en una lengua con cuatro mil años de vida. Toda nuestra historia como pueblo está cifrada y explicada en ella.
-¿La muerte de su hijo cambió algo su trabajo?
-Cambió más el escritor que el propio libro. Tras la muerte de Uri, la decisión de volver a escribir fue una decisión en favor de la vida.
-¿Escribir fue una liberación?
-¿Para liberarme de qué? No, para mí escribir no es un modo de liberarme del dolor, es más puede ser todo lo contrario.
-Ora, la protagonista comienza a caminar y caminar, porque si está fuera de casa no le llegará nunca la noticia de una posible muerte de su hijo. ¿Ese peregrinar tiene algo que ver con el Éxodo, con la búsqueda de la Tierra Prometida?
-Peregrinar es una expresión maravillosa. Sí, en buena medida, sí tiene que ver con el Éxodo, con la búsqueda de la tierra de promisión, porque ese caminar le hace a Ora reencontrarse con sus señas de identidad como israelí. Yo también caminé y caminé kilómetros y kilómetros desde Galilea hasta mi casa en Jerusalén y mientras andaba tenía la sensación de que renovaba mi contrato, mi pacto eterno con Israel.
-¿Influye en el escritor el terrible pasado de la Shoah?
-Por supuesto. Cuando era crío y tuve conocimiento del Holocausto lo primero que pensé es «no quiero vivir en un mundo en el que es posible exterminar de esa manera todo un pueblo». Luego comprendí que la muerte en masa sólo es posible en un régimen político en el que la vida individual no importa, como proponían los nazis, o Stalin que decía que una muerte es una tragedia, pero que un millón de muertes tan sólo son una estadística. Cuando escribo, creo que soy capaz de redimir la tragedia, de corregir esa terrible estadística.
-Podría parecer que vivimos en un momento de paz, entre comillas... (Grossman entra al quite, ni siquiera deja que la pregunta se concluya).
-¿Paz, paz? Eso es una completa ilusión. Es todo lo contrario. La violencia puede explotar en cualquier momento, ahora mismo mientras hablamos. Los palestinos no tienen ninguna esperanza, y los israelíes están tan desesperados que ni siquiera conciben una opción de paz.
-Vivir así, en permanente estado de guerra tiene que ser cotidianamente insoportable.
-Sí, pero la mayor parte de los israelíes no lo reconocen. Es como si uno le dice a un pez, pero cómo puedes vivir en el agua... El pez te dirá, nunca pensé que vivía en el agua, es lo más natural para mí. En Israel vivimos sumergidos en la violencia, el miedo y la desesperación. Y ni siquiera somos conscientes de que puede haber una realidad mejor. Gran parte de mis esfuerzos por la paz están dirigidos a permitir que nosotros y los palestinos seamos capaces de volver a llevar una vida real, que no sigamos viviendo en una prisión. Los palestinos y los israelíes hemos estado respirando con un solo pulmón, y sinceramente, creo que es mucho mejor respirar con los dos.
-Supongo que traidor habrá sido lo más suave que le habrán dicho.
-Si cada vez que me llaman traidor me dieran royalties...
-¿Sueña con la paz y que nadie le pregunte por el conflicto?
-Sí, sí, sí (amplias y cómplices sonrisas), realmente espero que alguna vez llegue a un lugar como España y que me digan: David la situación es su país es tan aburrida que vamos hablar de su libro únicamente.

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