Los rojiblancos llegaron a la final del torneo del «KO». Jugaron bien casi todo el partido, pero luego lo estropearon por cierta dejadez
El Atlético pasa con faltas nimias
RacingAtlético
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Racing de Santander: Mario Fernández; Crespo (Oriol, min 46), Moratón, Torrejón, Christian; Munitis (Diop, min 57), Colsa, Lacen, Canales (Serrano, min 73); Xisco y Tchité.

Atlético de Madrid: De Gea; Ujfalusi, Perea, Domínguez, Antonio López; Assunçao, Tiago (Raúl García, min 58); Valera, Jurado, Reyes (Simao, min 66); y Agüero (Ibrahima, min 63).

Goles: 1-0, min 2. Valera, en propia puerta. 1-1, min 7. Moratón, en propia puerta. 1-2, min 51. Jurado. 2-2, min 89. Xisco. 3-2, min 91. Tchité

Árbitro: Alberto Undiano Mallenco (comité navarro). Mostró cartulinas amarillas a Reyes por el Atlético y a Moratón, Colsa y Lacen por el Racing y expulsó a Christian con roja directa (min 68).

Incidencias: Partido de vuelta de semifinales de la Copa del Rey, disputado en los Campos de Sport de El Sardinero ante 15.264 personas (ida 4-0).
Un buen susto nada más empezar para recordar que «¡eh! somos el Atlético, no os vayáis a creer», fue respondido con inmediatez por el equipo para luego dejar reposar la copa, que entrara con suavidad y se deleitara en ese caminar hacia la final diez años después, que ya les vale a estos de rayas.
Era «Misión Imposible IV» la del Racing. Si hubiera sostenido ese gol inicial en el que el Atlético se identificó como tal, habría intentado el asalto a la fortaleza, pero los montañeses contestaron al presente de Valera con otro regalo en la falta que sacó Reyes y donde todos quisieron tocar para marear al pobre Mario que, con tanto amago, acabó encontrándose el balón en las mismas narices, sin un segundo para poder meter el guante y anular el certificado del transporte atlético a la final.
Así que la cuesta se hizo imposible para el equipo de Portugal. No se puede jugar al fútbol con prisas tan urgentes, sin reposar el fútbol, sin mascar la jugada con un mínimo de juego horizontal, todo con inmediatez y un juego directo que hacía previsible la ofensiva. Hasta una defensa como la atlética, en la que algunos parecen patos mareados, podía anular ese ataque anunciado en el televisor con dos días de antelación.
Además, el gol trajo la calma a las huestes atléticas, tan dadas al histerismo en cuanto vienen torcidas con los renglones del diablo en las botas de sus zagueros. Por ahí surgió Tiago, que tiene mucho que ver en cierta recuperación en el juego de los rojiblancos. El chico ha traído pausa en el toque, tranquilidad y manejo del cuero que han dado cuajo al equipo. Con él en el medio, el Atlético fue más ordenado, se defendió con soltura y siempre tuvo un toque de salida, presto a dejar aún más clavado el puñal en el corazón santanderino.
Demasiadas urgencias
Los de Portugal, huelga decirlo porque son valientes de por más, lo intentaron por todos lados, pero con cierta premura, demasiado metido Canales arriba cuando el chaval debería haber dado un paso atrás para incrustarse más en la circulación del balón y crear verdadero peligro recibiendo de cara. Pero todos tenían prisa, urgencias porque ya eran cinco los tantos y, por mucho Atlético que sea el Atlético, tampoco era para temer una catástrofe universal.
Con el uno a uno en el luminoso, la segunda parte quedó para los detalles, para que Quique Sánchez Flores reservase gente, más aún después de dejarse en la reserva a Forlán y Simao, y para que el equipo, a la contra, marcase el segundo en una gran asistencia de Agüero que ejecutó con talento Jurado.
Luego el partido se convirtió en una guerrilla de trincheras en la que algunos buscaban sus pequeñas venganzas personales. Al final, con todo casi hecho, el Atlético se relajó y, como suele suceder en estos casos, el Racing aprovechó para marcar dos goles en dos minutos y manchar el pase de su rival a la final.

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