Domingo , 31-01-10
COMO se sabe, Martin Amis ha aconsejado a la administración laborista instalar en las calles del Reino Unido cabinas donde los ancianos podrían poner fin a su penosa e inútil existencia, si así lo deseasen, ingiriendo dosis gratuitas de martini envenenado, con o sin guinda. ABC recogía la noticia esta misma semana, a la vez que se hacía eco de la indignación que ha levantado tanto la propuesta del escritor británico como su advertencia de que, en caso de no llevarse aquélla a la práctica, las ciudades se verán anegadas en breve por muchedumbres de horribles vejestorios enloquecidos. A mí, escandalizarse por esto me parece sencillamente de hipócritas.
Porque lo que Amis ha perpetrado no es un crimen, sino una soberbia sátira en la tradición de Jonathan Swift, que recomendaba, como solución para terminar con el hambre en Irlanda, comerse a los niños de los prolíficos labradores católicos de la isla, preparados al chilindrón y con guarnición de patata autóctona. Aunque anglicano, el dublinés Swift no pretendía exterminar niños papistas, sino llamar la atención de sus lectores británicos hacia la miserable situación de la población rural irlandesa mediante una parábola salvaje y tremebunda. El hecho de que, un siglo después, Irlanda se despoblase a consecuencia de la peor hambruna registrada en la Europa moderna demuestra que pinchó en hueso.
Martin Amis no es sólo uno de los mejores escritores vivos de lengua inglesa, sino un moralista de antología y un luchador insobornable contra todo atisbo de tiranía o totalitarismo, en la estela del mejor Orwell. Lo que pasa es que la suya es una literatura arisca, pesimista y aparentemente despiadada, heredera de la que representaron su padre, Kingsley Amis, y los amigos de éste, poetas como Philip Larkin y James Fenton, o el ensayista e historiador Robert Conquest (con el refuerzo americano de Saul Bellow), todos anticomunistas a tiempo completo en una época de progresismo delicuescente y concesivo. Tuvo, a la sombra de tales maestros, una formación literaria de lujo y la aprovechó francamente bien, tras una adolescencia de feliz desmadre -como él mismo reconoce en sus amenísimas memorias-, marcada incluso en sus comienzos por cierta popularidad cinematográfica.
Detrás de la provocación de Amis se adivina al autor de la saga viajera de Gulliver, pero también a Borges, el Borges de «Utopía de un hombre que está cansado», relato sobre un mundo próspero, igualitario y nihilista donde sus habitantes, al llegar a la vejez, se encaminan voluntariamente hacia la cámara letal inventada por «un filántropo cuyo nombre, creo, era Adolfo Hitler». Ahora que los demógrafos nos predicen una Europa achacosa para dentro de sólo treinta años (quizá Amis y yo mismo, que tenemos la misma edad, la veamos todavía, claro que desde el lado de los nonagenarios candidatos a la eutanasia con o sin vermut), la parábola gamberra del escritor inglés saca la discusión del terreno de la planificación burocrática y la lleva a donde le corresponde, a un presente en el que la condición senil aparece simbólicamente devaluada en provecho de la infantilización paternalista del rebaño, lo que pone a los viejos ante la alternativa de convertirse en objeto de beneficencia o en objeto de resentimiento por parte de frondas juveniles, ávidas y sindicalizadas, como se está comprobando ya en España ante las tentativas políticas de prolongar la edad laboral. La insolencia de Amis resulta tan feroz como valiente y oportuna, aunque, como siempre, cuando un dedo señala la catástrofe, los imbéciles se apresuran a amputarle la yema.

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