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Domingo , 24-01-10
YO sabía que en Vich había buenos salchichones, pero desconocía que hubiese también correderos de liebres. En Vich ha saltado la liebre. Sí, Vich. La que muchos cretinetes, expresándose en castellano, escriben Vic. Con lo que en vez del nombre castellano de la patria del salchichón, escriben una marca de bolígrafo con falta de ortografía. Sí, Vic naranja escribe fino, Vic cristal escribe normal. Sabía servidor también que Vich era desde tiempos de Rege Carolo causa de un gran debate nacional: el del salchichón. Vich divide a España. Los españoles no somos de izquierdas y de derechas, del Madrid o del Barcelona, no. Hay una división mucho más irreconciliable: la de quienes prefieren el buen salchichón de Vich cortado en rodajas y sus aguerridos oponentes, aquellos otros que, por el contrario, se empecinan en defender con toda suerte de argumentos y citas de autoridad que es mucho mejor en taquitos, ¿dónde va a parar?
Y cuando esa disputada cuestión de si salchichón en rodajas o salchichón en tacos aún no está resuelta, con grave inquietud de quienes se preocupan por estas fundamentales cuestiones patrias, nos llega desde Vich una incógnita casi irresoluble: ¿puede un simpapeles tener papeles? ¿Puede un simpapeles seguir siendo simpapeles si su nombre figura en el padrón municipal? Lo más progresista, por lo visto, es que mandemos a la lógica de vacaciones en el avión oficial de la vicepresidenta Fernández de la Vega, que se sabe solo el camino del chébere que chébere, y aceptemos como normal la contradicción lógica del simpapeles con papeles, esto es, inscrito en el padrón.
A los simpapeles, antes que protestaran las asociaciones dedicadas al ejercicio de la xenofilia, les llamaban ilegales. «Ningún ser humano es ilegal», dijeron, y acuñaron lo de simpapeles. Menos papeles que una liebre. Que la liebre que ha saltado en Vich. A cuyo Ayuntamiento han llamado de todo, simplemente por ejercer la pura lógica: ¿cómo vamos a inscribir en el padrón a unos señores que no tienen permiso para estar en España, ya que entraron con pasaporte turístico aproximadamente al mismo tiempo que Tarik y Muza cuando inauguraron el servicio de pateras del Estrecho de Ultramar? (Ultramar es como Karmele Marchante llama en el Sunami a Gibraltar («punta amada de todo español»), debajo de su glamur de Pop Star Queen no se le vean los pololos de la cantidad de guardias que ha debido de pelar en el Castillo de la Mota con la Sección Femenina de Falange, aunque ahora vaya de progre. Más Sección Fememina que la señora madre de un vicepresidente del Gobierno que yo me sé.)
La postura del ayuntamiento de Vich chorrea lógica, un bien tan escaso hoy en España como el esfuerzo o el culto a la excelencia. Salvo, claro está, que los simpapeles con papeles de Vich sean parte de nuestro I+D. Ya saben, como el pan sin gluten, la cerveza sin alcohol, el turrón sin azúcar, el café sin cafeína o el Gobierno sin vergüenza, pero al revés: los simpapeles con papeles. ¿Quién me compra este misterio de que estén en el padrón quienes ni siquiera pueden estar en España? Y digo yo: si ese padrón lo tiene hasta la ETA, que se los entregan a los hijoputas en los ayuntamientos vascongados donde están sus compadres, ¿por qué no lo tiene la Policía, y así acaba con el problema de los simpapeles, ya que los ayuntamientos los ficharon? Pero me dicen: «Ah, ¿usted no sabe ese principio de «un hombre, un voto» (y en el Valverde del Camino, dos botos)? ¿Usted no sabe que queremos que los simpapeles sean con papeles del padrón electoral para que nos aseguremos su voto de progreso en las municipales, que están a la vuelta de la esquina?». Ahora, que hablando del padrón, como no quiero líos, no me vayan a llamar xenófobo, me quedo con las gambas de Padrón que vendía El Pipo en su marisquería de la calle de la Plata de Córdoba, qué gambas, señores.
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