Hace diez años, como ahora, existían en este país leyes que prohibían el exceso de velocidad en carretera. Pero la respuesta de los poderes públicos a su incumplimiento era torpe, lenta e ineficaz. Como resultado, nadie los respetaba, y muchos miles de personas morían o quedaban inválidas cada año. Nos resignábamos a ello como al pedrisco. La gente no iba a dejar de correr, y por tanto no iba a dejar de morir. La situación sólo beneficiaba a los fanáticos de la velocidad, que podían disfrutar de sus excesos, y que por añadidura eran cada vez más. Habíamos caído en un círculo vicioso. Pero un día, hace sólo un lustro, alguien decidió romper ese círculo vicioso. Tomó medidas eficaces y no desproporcionadas para hacer cumplir la ley. Los muertos se han reducido a la mitad. Y además, hemos dejado de correr y no por miedo al castigo, sino por convencimiento, en la mayoría de los casos, de que es lo mejor. Lo mejor para todos.
Con la propiedad intelectual en Internet pasa algo parecido. Estamos en un círculo vicioso. La ley que sólo permite sin autorización la copia privada (y no la copia pública, y menos su difusión con ánimo de lucro) se exige por cauces inservibles para la realidad y los tiempos de la Red. Por tanto, no se cumple. Y ha surgido un grupo, nada desinteresado, que dice que no se puede hacer cumplir y que por tanto la riqueza económica que supone la propiedad intelectual debe ser regalada, lo quiera o no su dueño. Eso favorece el exceso de algunos (que pueden llenar sus discos duros, o lucrarse alojando o transportando archivos) pero destruye las posibilidades legítimas de un sector productivo y a la postre perjudica a los usuarios normales, que si ese sector se desmorona verán reducida o encarecida la oferta cultural.
Poner coto a esto es propiciar la sustitución de ese círculo vicioso por otro virtuoso. En el que la industria cultural, sin miedo al saqueo, abarate sus productos y fomente (como ahora no lo hace) su circulación digital. Donde el creador tenga margen para el altruismo (margen del que carece quien no recibe ingresos). Y donde se garantice el acceso universal a la cultura de quienes no tienen recursos, y que los que sí los poseen no los aumenten mediante la expropiación de la riqueza producida con el esfuerzo y el talento de otros. Si lo hacemos, acabaremos comprendiendo que es mejor. La oferta será de más calidad, y el consenso en torno a unas reglas del juego propiciará la abundancia y diversidad de los productos culturales en la Red.
Comprenderemos que hemos ganado todos, y perdido nada, como nada perdimos dejando de ir a 160. Porque nada es tener en el disco duro 1.000 películas, 30.000 canciones y 100.000 libros que no disfrutamos. Y mucho es que la cultura fluya creando riqueza y empleo, en vez de especuladores, y a satisfacción tanto de quienes la hacen como de quienes la aprovechan.
Escritor

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