No son precisamente pobres, ni proceden de la miseria o la humillación. La mayoría tiene estudios universitarios y viene de un entorno acomodado, cuando no de las grandes fortunas saudíes. Son los cachorros de Bin Laden, los líderes de Al Qaida, del terrorismo internacional islámico que extiende sus franquicias desde Afganistán al Sáhara en constante escalada de violencia
Actualizado Miércoles , 10-02-10 a las 12 : 12
Ayyub al Masri, terrorista desde los catorce años

El egipcio Abu Ayyub al Masri pertenece a la vieja guardia de Al Qaida, la que se gestó en torno al médico Ayman al Zawahiri, estratega de Bin Laden. Desde los catorce años, cuando ingresó en la Yihad Islámica de Egipto, la vida de Al Masri ha estado únicamente dirigida al terror y la guerra contra el mundo entero llevada a cabo por el fundamentalismo islámico.
En el Afganistán de los talibanes y a la sombra de Bin Laden, Al Masri regentó el campo de entrenamiento de terroristas de Al Faruk. Para entonces Al Masri era un consumado experto en la fabricación de explosivos y preparación de camiones-bomba. Habilidades a las que sumaba su pericia también en venenos y sustancias tóxicas.
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Fue uno de los primeros líderes de Al Qaida que se instalaron permanentemente en el Irak invadido por Estados Unidos. Su pericia en explosivos le convirtió en uno de los principales abastecedores de camiones-bomba y bombas-trampa de la insurgencia. Creó la primera célula de Al Qaida en Bagdad e intentó atraer al terrorismo fundamentalista a varios grupos de la insurgencia. Aunque pronto se vio superado por el jordano Abu Musab al Zarqaui, el degollador, el sanguinario terrorista al que le encantaba decapitar en persona a los rehenes occidentales a los que secuestraba para después difundir las imágenes por internet.
Cuando Al Zarqaui fue abatido en 2006, Al Masri (El Egipcio) se presentó como nuevo líder de Al Qaida en Irak. Entonces presumió en una web islámica de haber matado a dos soldados estadounidenses con sus propias manos, como si así quisiera ponerse a la altura de Al Zarqaui. Pero aunque seguiría —y sigue— perpetrando periódicamente alguna carnicería, Al Qaida en Irak fue perdiendo fuerza y predicamento. La insurgencia nacionalista suní, que había invitado a Al Qaida a la guerra, se enfrentó a tiro limpio con la internacional terrorista cuando consideró que ésta estaba yendo demasiado lejos. EE.UU. llegó a ofrecer 5 millones de dólares por su cabeza, pero sintomáticamente redujo después esa cifra a sólo 100.000 dólares. Un gesto con el que quisieron quitar importancia al terrorista a quien además ya se le ha dado por muerto en un par de ocasiones.

Droukdel, el ingeniero químico
Abdelmalek Droukdel, alias Abú Musab Abdelwadud, es uno de los terroristas más buscados por Interpol y las fuerzas de seguridad de numerosos países como líder de Al Qaida del Magreb Islámico (AQMI). Este ingeniero en Química y Electrónica nació en Meftah, en la provincia argelina de Blida, el 20 de abril de 1970, y está considerado como un sujeto sin escrúpulos que ha llegado a encargar el asesinato de antiguos líderes de la banda terrorista que se atrevieron a acogerse a los planes de reconciliación del presidente Abdelaziz Buteflika.
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Tras de sí está no sólo la decisión de emplear nuevas técnicas en los atentados como elegir objetivos en la capital, utilizar kamikazes o desarrollar un nuevo aparato de comunicación que sirva de altavoz a sus acciones. Droukdel también es el responsable de amarrar la estrategia de expansión de AQMI más allá de las fronteras de este país magrebí, sobre todo hacia el sur, en la banda del Sáhara y el Sahel. Es en esa franja, comprendida entre Mauritania, Malí y Níger, donde el grupo terrorista ha desplegado en los últimos años nuevas células que organizan campos de entrenamiento, integran nuevas redes de tráfico de armas, drogas y emigrantes clandestinos y, últimamente, se encargan de custodiar a rehenes occidentales con cuyos rescates tratan de reflotar la economía de la banda. Droukdel era jefe del argelino Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) hasta que éste aceptó convertirse en la franquicia de Bin Laden en el norte de África.

Wuhayshi, otro rico saudí
De una familia acaudalada de Arabia Saudí, ya desde joven Nasser al Wuhayshi era una figura familiar en los ambientes intelectuales islamistas de la zona, en los que, durante la década de los 90, se convertiría en el secretario personal de Bin Laden en Riad.
En 2002 y bajo designación directa del líder de Al Qaida, Al Wuhayshi asume la jefatura operacional del grupo terrorista en Yemen. Sin embargo, su triste fama de estratega terrorista deberá esperar cuatro años más, ya que muy poco después de su designación fue detenido y acusado de «prácticas subversivas». Es entonces cuando Al Wuhayshi forja su leyenda al conseguir escapar, en febrero de 2006, junto a otros 23 presos islamistas, de la prisión de máxima seguridad de Saná. Pese a que la versión oficial señala que los reos cavaron un túnel de forma clandestina, otras informaciones sugieren que en su escapatoria podría haber contado con el apoyo del Ejecutivo yemení.
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Sólo unos meses después de su «milagrosa» huida, Al Wuhayshi es nombrado líder de Al Qaida en la Península Arábiga, una organización que bajo su liderazgo se atribuyó en junio de 2009 el asesinato de tres misioneros cristianos y el secuestro de otros seis. Amenazó asimismo a los barcos occidentales que intentan controlar la piratería en la zona. El Gobierno yemení aseguró en diciembre haber acabado con su vida, aunque a menudo estos anuncios son prematuros.

M. Robow, en la yihad de Somalia
Nacido en la región somalí de Bay, Sheikh Mujtar Robow —también conocido como «Abu Mansur»— pertenece a esa estirpe de jóvenes africanos que abrazaron el islam bajo las enseñanzas del clérigo radical sudanés Hassan al Turabi, uno de los principales difusores del integrismo en África.
A mediados de los 90, Robow viajó a Sudán para formarse en derecho islámico en la Universidad de Jartum, donde entraría en contacto con grupos terroristas locales. Tras años de estudio en el país africano y una fallida experiencia de seis meses junto a los talibanes en Afganistán, Robow regresa en 2000 a Somalia para trabajar en la organización «caritativa» Al Haramain Islamic, una fundación basada en Arabia Saudí, aunque con delegaciones también en países como Estados Unidos, Nigeria o Tanzania, y que fue acusada de ser el órgano financiero de Al Qaida.
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Ya en su papel de líder religioso, Robow formó parte de la dirección de la Unión de Tribunales Islámicos, que se mantuvo en el poder hasta 2007 y sirvió de germen de la actual Al Shabab. Una organización que convirtió la «sharia» —ley islámica— en el principal elemento integrador de la región y que, al margen de su violenta actuación, obtuvo sorprendentes resultados a la hora de imponer cierto orden y unidad en el laberinto de clanes y subclanes de Somalia.
En mayo de 2008, tras la muerte de Aden Hashi Farah «Ayro» en un golpe de mano orquestado por Estados Unidos, Robow se convierte en el principal líder del grupo islamista, gracias, en parte, a un discurso radical centrado en la necesidad de expandir la yihad al resto del Cuerno de África y Yemen.
Sin embargo, en los últimos meses y en virtud de la irrupción de Moktar Ali Zubeyr, su papel ha quedado limitado a ser el portavoz del grupo de cara al exterior. Eso sí, sin abandonar la beligerancia que le hiciera liderar uno de los grupos terroristas más peligrosos de la tierra.

Al Shihri, ¿rehabilitado?
Cuando Said Ali al Shihri fue detenido en diciembre de 2001 por las tropas estadounidenses en la frontera entre Afganistán y Pakistán, nadie podía pensar que este saudí de 26 años cuya experiencia yihadista se limitaba a dos meses de entrenamiento en un campo en Kabul, se convertiría en uno de los principales líderes de Al Qaida en Yemen.
Tras su captura, Al Shihri fue internado durante seis años en la prisión de Guantánamo. Un periodo en el que, gracias a su capacidad oratoria y lenguaje belicista, sirvió para reforzar su peso dentro de la organización terrorista.
En 2007, mediante un programa de «rehabilitación» financiado por Arabia Saudí, Al Shihri es extraditado a Riad, donde entró en contacto con grupos rebeldes suníes que operaban en el norte de Yemen.
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Afincado de pleno en Yemen, en septiembre de 2008 Al Shihri participa, junto a otros seis terroristas, en el atentado cometido en Saná contra la embajada de EE.UU., en el que murieron 19 personas, acción que le sirvió para ganar «galones» en el terrorismo islamista. Tan sólo tres meses después fue nombrado número dos de Al Qaida en la Península Arábiga.
El pasado 24 de diciembre el Gobierno yemení aseguraba haber acabado con su vida en un ataque aéreo. Pero estas «noticias» hay que tomarlas con cautela. Como ya demostró en Guantánamo, Al Shihri es de los que saben nadar en aguas turbulentas.

Al Zawahiri, el burgués doctor muerte
Fue médico y poeta en horas libres. Regentó una clínica en un barrio chic de El Cairo. Se críó en una acomodada y burguesa familia de académicos, imanes y destacados políticos. Pero pronto se convirtió en el más peligroso estratega del terrorismo fundamentalista islámico. A menudo se dice que es el «lugarteniente de Bin Laden». Pero sería más exacto decir que Al Zawahiri fue el ideólogo y estratega del saudí.
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Tras huir de Egipto, se unió a la guerrilla que combatía a las tropas soviéticas en Afganistán. Allí conoció a Bin Laden, otro chico bien de familia acomodada, que por entonces ponía su fortuna y contactos al servicio de una red de reclutamiento de la guerrilla afgana. Fue en Afganistán donde Al Zawahiri convenció a Bin Laden de la conveniencia de fundar una internacional terrorista islámica. Si podían vencer a la superpotencia soviética, ¿por qué no iban a instaurar un califato universal?
Desde entonces Bin Laden fue el ejecutor, y Al Zawahiri el cerebro en la sombra. Aquel apacible doctor se había convertido en el ideólogo del terrorismo más salvaje. Cuando Bin Laden pareció eclipsarse, él siguió lanzando mensajes incendiarios y promoviendo el sistema de franquicias terroristas. Aunque desde hace algo más de un año su paradero es un absoluto misterio.

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