Jueves , 03-12-09
EL Gobierno ha pisado un cable de alta tensión y se va a electrocutar en el cortocircuito. Para proteger al lobby de los músicos y artistas ha soliviantado internet sin calcular que la Red es a día de hoy una expresión posmoderna, aunque desordenada, de la soberanía popular, y ha desatado una formidable sacudida digital de protesta, una tormenta cargada de electricidad colérica en el ciberespacio, donde la opinión pública posee una potentísima capacidad asociativa. La blogosfera es un clamor contra el proyecto de protección de la propiedad intelectual y la ley-cajón de Economía Sostenible (?) ha hecho crisis prematura por el flanco más inesperado. Pero los políticos no se enteran porque no navegan por el mar electrónico; ayer se dedicaron en el Congreso a contar parados y discutir si son muchos o pocos mientras la red estallaba en un arrebato de rebeldía.
Al fondo del debate hay una cuestión razonable, que es la de la salvaguarda de los derechos de autor en una sociedad cuya tecnología permite saltárselos y ha extendido la cultura de la gratuidad, pero el Gobierno ha abordado el asunto de la peor manera: de tapadillo y bajo la presión directa de un grupo sindicado que no se recata de exhibir su capacidad de influencia. Hace quince días se manifestaron en Madrid cincuenta mil campesinos y no salió a recibirlos ni un ujier de Agricultura; el martes hubo un puñado de cantantes en la puerta de Industria y salió a parlamentar el ministro. La señora González-Sinde ha puesto Cultura de rodillas ante sus colegas del cine y todo el poder zapaterista parece rehén de sus compromisos con una minoría que a la gente se le antoja un clan de privilegiados. Acaso la alarma de la Red sea injustificada porque el proyecto gubernamental no va tan lejos como parece en la censura, pero la gestión ha sido desastrosa, confusa, maniobrera y llena de oscurantismo, de tal modo que los internautas creen que les quieren cortar la conexión y cerrar por decreto las webs de descargas. El Gobierno que blasona de extender las libertades ha dado la impresión de cercenar la más moderna de ellas para favorecer a sus amigos.
La respuesta ha sido inmediata y arrolladora. Las redes sociales, que son una modalidad espontánea de articulación de la sociedad civil, se han puesto en orden de combate. Hay manifiestos, foros, grupos de debate, una movilización impetuosa llena de ardor guerrero. Democracia participativa en estado puro, de la que le gusta al presidente. Hasta ahora, Zapatero ha hecho oídos sordos a todos los clamores colectivos expresos en forma de manifestaciones; se ha pasado por el forro las protestas de los antiabortistas, de los agricultores, del sector educativo y hasta de las víctimas del terrorismo. Ahora le llega la queja de internet, la quintaesencia de la posmodernidad. Si la desprecia es que se ha vuelto definitivamente sordo.

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