Antonio Muñoz Molina. Seix Barral (Barcelona, 2009). 960 páginas
«La noche de los tiempos»
- Autor: Antonio Muñoz Molina
- Editorial_ Seix Barral
- Barcelona, 2009
- 24, 90 euros
- 960 páginas
La trayectoria de Muñoz Molina:
Nació en Úbeda (Jaén) en 1956. Cursó estudios de periodismo en Madrid y se licenció en historia del arte en la Universidad de Granada. Ha reunido sus artículos, reconocidos en 2003 con los premios González-Ruano de Periodismo y Mariano de Cavia, en volúmenes como El Robinson urbano (1984; Seix Barral, 1993 y 2003). Su obra narrativa comprende Beatus Ille (Seix Barral, 1986 y 1999), El invierno en Lisboa (Seix Barral, 1987 y 1999), que recibió el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura, ambos en 1988, Beltenebros (Seix Barral, 1989 y 1999), El jinete polaco (1991; Seix Barral, 2002), que ganó el Premio Planeta en 1991 y nuevamente el Premio Nacional de Literatura en 1992, Los misterios de Madrid (Seix Barral, 1992 y 1999), El dueño del secreto (1994), Nada del otro mundo (1994), Ardor guerrero (1995), Plenilunio (1997), Carlota Fainberg (2000), En ausencia de Blanca (2001), Ventanas de Manhattan (Seix Barral, 2004), El viento de la Luna (Seix Barral, 2006) y Sefarad (2001; Seix Barral, 2009). Desde 1995 es miembro de la Real Academia Española. Vive en Madrid y Nueva York y está casado con la escritora Elvira Lindo.
Publicado Miércoles , 02-12-09 a las 09 : 52
Antonio Muñoz Molina se adentra en "La noche de los tiempos" (Seix Barral) como si hubiera tomado un taxi en el verano madrileño de 1936 y sus ojos narraran por encima de la ventanilla un paisaje con  almas desgarradas. Ese es el sentimiento que habita esa noche de los tiempos, la sensación de que uno estaba partido y de fuerzas demasiado violentas que tiraban de un lado y de otro. La gente lo que quería era vivir.

El escritor, que incardina su propia voz al relato en momentos determinados porque así está imaginándose, se sitúa en el lugar de los hechos, se mete en la piel del cordero y se coloca en el punto de vista de unas personas que padecen unas determinadas circunstancias históricas; pero no le ha salido, ni él pretendía hacerlo, una novela histórica, sino que ha edificado una prodigiosa obra y narración en el presente. Absolutamente magistral "La noche de los tiempos". Muñoz Molina quería sentir cómo era la vida para una persona en ese momento, año 1936, antes, durante y después de lo que dio origen a la incivil guerra fratricida.

El protagonista, el arquitecto Ignacio Abel, es alguien que comparte con Moreno Villa y con Max Aub y con muchísima gente de entonces la posibilidad de hacer que España, que era un país injusto, atrasado y poco democrático, se convirtiera en una nación democrática, en la que fuera posible la justicia y en donde se cumplieran las promesas mejores de la modernidad. Ese es un proyecto que sintió y en el que participó mucha gente, y que por una razón u otra fracasó en 1936, o fue hecho fracasar, y después se ha intentado reconstruir.

Como argumenta Muñoz Molina, la reconstrucción se hizo a partir de la Constitución de 1978: intentar crear un país que sea democrático, en el que exista la posibilidad del avance, del progreso en la justicia y de la igualdad entre las personas, y en donde la discordia se resuelva de manera civilizada. Las gentes que narra Muñoz Molina en "La noche de los tiempos" vivieron esas circunstancias en un contexto europeo y mundial muy determinado. Si se narra la Guerra Civil española en términos exclusivamente españoles sale una cosa como antropológica, que no es el resultado de esta espléndida novela río de Muñoz Molina. Hay muchas circunstancias históricas y una de ellas es qué está sacudiendo Europa en esos momentos.

Para un novelista imaginar esas vidas, contar unas vidas humanas verosímiles, pertinentes, que puedan hablarle al lector, es un desafío muy grande que al escritor jiennense, al principio de la noche de los tiempos, le dejó desalentado, y que ha resuelto con prodigiosa maestría. Porque Antonio Muñoz Molina no sabía si honradamente se podía escribir una novela ambientada en una época que él no había vivido y que tuviera verdad, que no fuera una mera redacción, una trampa. Y la única manera que se le ocurrió después de darle muchas vueltas y de muchos fracasos fue que dentro de la novela estuviera explícita esa voluntad de romper la tensión del tiempo, por usar una expresión de Vladimir Nabokov. Porque es muy fácil pensar, imaginar pero no sabemos cómo era el pasado.
Un proyecto democratizador"La noche de los tiempos" cuenta en términos dramáticos y biográficos el conflicto de una generación que tenía un proyecto democratizador, de progreso, de justicia, y que ve cómo los muros de su patria se convierten en un "derrumbadero". José Moreno Villa y Max Aub son dos de las personas que, teniendo un compromiso explícito con la causa popular, no tienen los ojos cerrados a los terribles acontecimientos que suceden en Madrid en el verano de 1936, y que ocurren en la Residencia de Estudiantes y en sus jardines, donde está trancscurre gran parte de esta sublime noche de los tiempos.
Pero la novela no trata de héroes, el relato surge en un mundo cuando alguien empieza a contar la vida común de las personas comunes. La novela es como el reverso de la épica. Pero héroes civiles hay muy pocos, hay seres heróicos y que tienen comportamientos ejemplares en determinadas circunstancias históricas. "La mayor parte de las personas no somos así, como la mayor parte de las personas que actuaron en esa época. En la historia de España, por desgracia, héroes había muy pocos", según el autor de "Beatus Ille". Héroes en el sentido de personas con un comportamiento intachable que no hicieron nada. Ignacio Abel es un hombre desgarrado y dividido en muchas cosas: por una parte entre su vida familiar y su pasión erótica, por otro lado entre su origen como una persona de familia pobre que llega a convertirse en alguien de una posición social elevada en una época de divisiones sociales muy grandes.

Hoy se piensa en paralelismos tontos entre la España de antes y la España de hoy. En un momento de la novela un capataz dice: "Usted no entiende la lucha de clases porque usted lleva zapatos y nosotros llevamos alpargatas". Desde la calle Toledo, de origen popular, Ignacio Abel ha conseguido progresar al barrio de Salamanca. Abel es un arquitecto que tiene convicciones socialistas, pero no se ha dejado seducir por los fanatismos ideológicos. En un momento decisivo de la historia, Ignacio Abel elige actuar con vileza porque las personas tienen que sobrevivir. Antonio Muñoz Molina estremece al contar lo fácil que es pasar de la normalidad a la catástrofe. Catástrofe que anidará en una Residencia de Estudiantes que en quince días, de recibir a estudiantes extranjeros que vienen a realizar cursos de verano, se convierte en un cuartel y luego en una morgue. En los campos que circundan la Residencia de Estudiantes, en la madrileña calle Pinar, se practicaban competiciones deportivas al comienzo del verano del 36, y unos días después, todas las mañanas, se amontonan los cadáveres en esos campos de sueños deportivos. Los hijos de Ortega y Gasset cuentan que salían a ver cada día los cadáveres nuevos. Y eso ocurre en cuestión de un mes.
Antonio Muñoz Molina ha culminado con "La noche de los tiempos" la novela que siempre quiso escribir. Una obra río, inmensa (de 960 páginas), emocionante, estremecedora, pasional, titánica, amorosa sobre la tentativa de imaginar un pasado que nunca habitó, pero que permanece en la memoria colectiva. Esa es la auténtica memoria histórica que hay que reivindicar, una memoria ética y global, en los antípodas de las banderías, los nacionalismos, los partidismos y las simplificaciones de esta gran nación que habitamos. Desde su ópera prima, "Beatus Ille" (400 páginas en la España de mitad de los ochenta surgidas del talento inagotable de un joven aspirante a escritor de provincias, que editó Pere Gimferrer nada más leer el manuscrito que le envió el joven jiennense) a "El jinete polaco", Antonio Muñoz Molina ha  creado un universo narrativo propio, inmortal, imprescindible.
Un 31 de julio de 1986, Antonio Muñoz Molina recibió una de las mejores noticias de su vida. Pere Gimferrer telefoneaba desde Barcelona a Úbeda para comunicarle que en Seix Barral iban a publicar su primera novela, «El invierno en Lisboa», relato que se paladea a ritmo de jazz desde las memorables noches del Arthur's Tavern en Grove Street. La literatura de este robinson urbano es un viaje al centro de la i(MÁGINA)ción. En esa sierra, en Mágina, el autor nos invita a vivir otras vidas, otras miradas. Aprendió Muñoz Molina de Vargas Llosa que la literatura no es un laboratorio ni una máquina de propaganda y por eso su obra está forjada de memoria y compromiso. Con  «Beatus Ille» deslumbró a la crítica preocupado por imaginar un mundo entre su generación y la última de la democracia.
Fuente de felicidadMuñoz Molina ingresó en la Real Academia con 39 años. Sus novelas «El invierno...», «Beltenebros» y «Plenilunio» han sido llevadas al cine. Tras delinear el mapa de todos los exilios en «Sefarad» y abrir de par en par las «Ventanas de Manhattan», una pura alegría, dirigió el Instituto Cervantes de Nueva York, pero regresó a su territorio de Mágina para mostrar un mundo premoderno y su desaparación en «El viento de la luna», el retrato del artista adolescente que homenajea al padre desde su humilde grandeza.
La literatura para Muñoz Molina es una fuente de felicidad y de intensidad vital. Antonio Muñoz Molina leía en 1975, con admiración, a Cela, Delibes, Torrente Ballester, Luis Martín Santos, Juan Goytisolo... El descubrimiento de los cuentos de Borges fue decisivo para consagrarse a la narrativa. «El curso 75-76 tenía la impresión de haberlo pasado encerrado en una habitación leyendo sin parar, junto a Fuentes, Borges, Vargas Llosa, Poe, Cortázar, García Márquez, Joyce, Bioy... Verne le despierta su condición de novelista y Proust le enseña «a mirar y a escuchar». «Absalon, absalon» le marca como «En busca del tiempo perdido» y en «Si te dicen que caí», de Marsé, halla y talla el elemento de lejanía. Su nacimiento literario está muy vinculado al propio descubrimiento de la vida. Esa vida que él vive y narra magistralmente en "La noche de los tiempos", la tentativa de contar una vida en una época conflictiva. Muchos años después, como sostiene el escritor, el olvido no viene de que hubiera algo prohibido. La dictadura se acabó en 1975. Lo que hubo después, durante mucho tiempo, fue como una desgana porque no estaba de moda. Reducir la historia a tebeos y panfletos empujó a Muñoz Molina a conocer más. Y así investigó el exilio, el tema fundamental del siglo XX y de cómo millones de seres humanos fueron arrancados de sus vidas por fuerzas terribles, y a renglón seguido la experiencia del desgarro, de tener que irse. Cuenta el autor que en Nueva York tiene amigos que siguen negándose a ser yugoslavos.
Las memorias ejemplares de Carlos Morla, Manuel Chaves, Arturo Barea o Julián Marías, maravillosos seres que eran escrupulosamente personas, le han servido a Muñoz Molina de inspiración para aventurarse en "La noche de los tiempos". Ahora el escritor siente alivio ante el trabajo literario y gratitud hacia las personas que le han ayudado a construirlo ¡Qué fácil es pasar de la normalidad a la catástrofe! ¿Qué habrían hecho ustedes, queridos lectores, si la noche de los tiempos les hubiera caído encima en 1936?

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