Parece que fue ayer cuando controlaba mis nervios por San Pedro Mártir admirando la personalidad de Luis Buñuel, un director que forma parte del patrimonio cultural de nuestra mejor cinematografía
Actualizado Domingo , 29-11-09 a las 21 : 05
En 1969, cuarenta años atrás, y a mediados del mes de noviembre, el director de cine español Luis Buñuel llega a Toledo para rodar la casi totalidad de los exteriores de la película «Tristana», basada en la novela del mismo nombre de Benito Pérez Galdós. Y con el realizador aragonés, arribaron a la geografía toledana la actriz francesa Catherine Deneuve, el actor italiano Franco Nero y el español Fernando Rey como principales protagonistas de la película. Buen ambiente, mejores deseos para llevar a cabo algo diferente. Y en Toledo se buscaron escenarios de la geografía urbana, que conocía a la perfección Luis Buñuel como admirador de la ciudad que había visitado en numerosas ocasiones.
EN LAS PÁGINAS DE «EL ALCÁZAR» Entonces un servidor se movía con entusiasmo por las páginas del diario «El Alcázar», en donde recibí la orden del desaparecido y añorado Luis Moreno Nieto, jefe de Redacción, para realizar un reportaje sobre la cinta. A través de la amistad de un policía local accedí al rodaje de «Tristana»,en el marco soberbio y emblemático de San Pedro Mártir, cuando la edificación estaba prácticamente abandonada y sin cuidado alguno. Pero precisamente allí fue donde Buñuel hizo comparecer a Catherine Deneuve para cambiar sus primeras palabras con Franco Nero, que en el papel era un pintor que iniciaba su andadura por la ciudad del Greco, ejemplo a seguir e intentar imitar.
Obtenida la pertinente autorización del ayudante de producción José Pujol, para moverme por el rodaje con una cámara Retinete prestada de la que exigen adiestramiento manual para lograr las adecuadas instantáneas. Por si las luces y sombras me jugaban una mala pasada, en cuanto a la velocidad y apertura del objetivo se refieren, elegí disparar tres fotografías sobre un mismo tema para que, al menos, una de ellas fuera correcta. Y más tarde pude comprobar que valió la pena actuar de esta forma porque en opinión de quienes revelaron el carreter algo pudo rescatarse de mis principios gráficos.
Luis Buñuel estaba a lo suyo tras la cámara, intercambiando amplia información con el director de fotografía José Aguayo, un genio de la especialidad, que ofrecía opinión generosa siempre que era requerido. El autor de «Viridiana» era muy cuidadoso con los detalles y no le importaba repetir las veces que fuera necesario para quedar satisfecho del trabajo realizado.
UNA MIRADA FIJA Y DILATADA. Como era bastante sordo, me parece que del oído izquierdo, el equipo técnico que merodeaba junto a él, le preguntaba a gritos si todo iba bien, a lo que correspondía con un ademán de manos que más o menos disipaban los interrogantes. Aunque en ocasiones, y cuando entendía que se pasaban con la elevación de la voz, una mirada fija y dilatada dejaba al inquisidor casi temblando.
Exigente, metódico, moviéndose mucho, Luis Buñuel se paseaba por el patio descubierto de San Pedro Mártir, mientras el escenógrafo Enrique Alarcón tomaba buena nota de sus deseos. Cuando Buñuel se dirigía a la bella Catherine una sonrisa tenúe terminaba con sus palabras, mientras que a Franco Neri le recriminaba autoritariamente si no seguía al pie de la letra sus instrucciones.Allí se rodó durante cuatro días para trasladarse más tarde al Paseo del Tránsito y continuar con los paisajes que se delimitaban en una carpeta de tapas negras que nunca se separaba del realizador de «Belle de Jour».
COMIDA EN LA VENTA DE AIRES. Durante su prolongada estancia en Toledo, Luis Buñuel solía comer asiduamente en la Venta de Aires, mientras que Fernando Rey y el italiano Franco Nero se alojaban en el ya desaparecido Hotel Lino, donde dejaron buenas amistades durante el rodaje. Catherine Denueve iba y venía de Madrid cuando su presencia era necesaria en los exteriores toledanos.
Y tal y como llegaron, un buen día cámaras y fotos desaparecieron del paisaje de la ciudad, después de haberse movido a su antojo por Santo Tomé, plaza de Zocodover y otras callejas recónditas que más tarde propiciaron una visión diferente de un Toledo oculto, a veces tenebroso, de de la predilección del director nacido en Calanda. Por cierto, «Tristana» fue candidata al Óscar en 1971 a la mejor película de habla no inglesa, y quedó como una de las experiencias cinematográficas que mejor han desvelado la personalidad histórica de nuestra ciudad. Hace 40 años -parece que fue ayer- cuando controlaba mis nervioso por San Pedro Mártir, admirando la personalidad de un director que forma parte del Patrimonio Cultural de nuestra mejor cinematografía.

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