«Roma siempre ha tenido grandes generales»
Lunes , 16-11-09
El escritor y profesor universitario Santiago Posteguillo cierra con «La traición de Roma» (Ediciones B) su exitosa serie sobre el que pasó a la Historia como el general que paró los pies al cartaginés Aníbal, Publio Cornelio Escipión.
Las cincuenta primeras páginas de la novela pueden leerse en ww.santiagoposteguillo.es/2009/09/indice-y-primeras-paginas-de-la-traicion-de-roma.
-Tras su paso, ¿cuántos grandes generales ha habido como Escipión y Aníbal?
-Siempre ha habido grandes generales en el Imperio Romano. Tras ellos, Julio César, Augusto, Trajano, Juliano, Diocleciano, aunque más como estratega político y arquitecto de la Edad Media; Justiniano, el general Aecio, que detuvo a Atila...
-Atila comparte con Aníbal el haberse quedado a las puertas de Roma.
-Aníbal no atacó Roma porque pensaba que lo mejor era recortar las alianzas de Roma con los pueblos itálicos: al quedarse aislada, Roma caería. Sería una especie de megaasedio a todas las fuentes de suministros. Pero Roma mostró una capacidad de superviviencia más allá de lo esperable y los líderes de Cartago fueron incapaces de ver que había que dotar a Aníbal de los medios necesarios. Al no dárselos, perdieron.
-La novela tiene un tono melancólico, en comparación con las anteriores.
-Sí. Tras la infancia y madurez de la primera, y la épica de la segunda, en la tercera está el gran final, aunque todavía hay enfrentamientos épicos -Escipión y Aníbal se vuelven a encontrar-. «La traición de Roma» es la que presenta más datos desconocidos a los lectores. Parece como si los últimos veinte años de ambos no existieran, y lo cierto es que volvieron a enfrentarse en Asia en otra batalla épica: en ella, Aníbal asesoraba a loas tropas de Asia; Escipión, a su hermano, que tenía el mando efectivo de las tropas. Después, Aníbal vive un periplo en las cortes asiáticas, y Escipión el que para mí es el enfrentamiento político más brutal: el de Catón contra Escipión.
Escipión escribió unas memorias, que se perdieron. Después de seis años de estudiar al personaje, creí que tenía el suficiente conocimiento como para recrear unas posibles memorias. Así empieza la novela: «He sido el hombre más poderoso del mundo, pero también el más traicionado». Esas inserciones en primera persona marcan el tono melancólico de la novela.
-Destacan el fiel reflejo de la estrategia bélica del libro.
-La documentación fue un trabajo ingente. Me he documentado con libros sobre el agua, los tejidos, las estrategias de guerra, las armas, la religión, la cultura, la literatura. Tratar el nacimiento del teatro clásico, con Plauto, es algo de lo que estoy orgulloso, porque antes no se había novelado con fuerza. La virulencia del enfrentamiento bélico parece que lo tapa todo.
No sé si todo el público lo puede valorar ese trabajo, pero sí puede tener esa sensación de sentirse como transportado a ese mundo. Es como cuando ves una película y ya en los títulos de crédito piensas: «No sé cómo va a estar la película, pero qué bien está ambientado esto...». Es lo que pretendo. En una película pasa cuando todo, los trajes, los escenarios, está cuidado al mínimo detalle.
Tú no eres capaz de valorar que cada esquina está cuidada, pero sí captas esa sensación. La novela empieza con un cita en griego clásico, dialecto dórico, para que hasta un catedrático lo valore, pero entiendo que nadie tiene por qué saberlo. Las citas ambientan, y las traducciones y el glosario sirven para no abrumar. También sirve para hacer ver que el latín no es algo tan distante.
-La crítica ha apreciado también la novela. No ocurre a menudo en el caso de novela histórica.
-Estoy intentando, en la medida modesta de mis posibilidades, volver a esa novela histórica cuyos referentes pueden ser Robert Graves, Sienkiewicz (Premio Nobel y autor de «Quo Vadis»). El problema es que de forma confusa, el término novela histórica ha pasado a ser un término paraguas que recoge novelas que son simplemente thrillers de ficción con ciertos fundamentos históricos para aportar algo de verosimilitud, pero que no son historia. Son intentos muy respetables, pero no novela histórica. No critico la novela de Dan Brown, que es muy efectiva, pero creo que se puede capturar al lector con ese otro tipo de novela que es histórica, hasta allí donde una novela histórica puede serlo: fidelidad a los hechos, ambientación, veracidad y ficción en aquellos recovecos, sobre todo en la vida privada de los personajes, donde no tenemos datos.
-Llega el final de la trilogía.
-Cerrar la trilogía supone una mezcla de sentimientos. Por un lado, te da un poco de pena, porque son personajes con los que has convivido durante seis años y medio. También te da satisfacción: es un trabajo de gran envergadura. La sensación de nostalgia o pena se soluciona creando ya otra novela. Necesito escribir a diario.
-¿Seguirá en Roma?
-Voy a seguir con Roma, pero pasaré a la época imperial. Evitaré a los personajes de los que se ha escrito más, y rescataré a aquellos que, como Escipión, merecen ser rescatados por la Historia. La de estos libros es la Roma republicana, de alcantarillas abiertas, tierra en las calles y donde el Coliseo no existe. Quiero pasar a esa época de la ciudad moderna, clásica, con grandes edificos, llena de estatuas, con el Coliseo, los gladiadores...
Será la Roma en su máximo esplendor, y en su máxima miseria.

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