Vídeo: L. M. FARRACES
Actualizado Lunes, 26-10-09 a las 18:27
Hace ya más de siete años que el botellón es ilegal en Madrid. Sin embargo, cualquier paseo nocturno por la ciudad durante el fin de semana sirve para darse cuenta de que sigue siendo una de las formas de ocio más extendidas.

Zonas como el barrio de Malasaña, los aledaños del templo de Debod, la plaza del Carmen y, sobre todo, la Ciudad Universitaria, donde los aficionados a la ingesta alcohólica en la vía pública se han hecho fuertes y son multitud los grupos que celebran cada fin de semana allí sus botellones, son habitualmente territorio tomado por litronas, cartones y botellas de licor.

Es la del botellón una práctica ilegal en la Comunidad de Madrid desde el año 2002, cuando entró en vigor la Ley de Drogodependencias. La norma llegó después de años de padecimientos de los vecinos de barrios como Malasaña, habituados entonces a convivir con la basura, el vandalismo y un persistente y molesto hedor a orines en sus calles y plazas.


Después de la entrada en vigor de la ley y de la ofensiva que la Policía Municipal lanzara contra este controvertido pero extendido pasatiempo, los vecinos disfrutaban de una merecida tregua. Pero parece que la querencia alcohólica y callejera de la juventud española es más fuerte que cualquier legislación. Este mismo viernes, la zona de juegos infantiles que hay en la plaza de Comendadoras aparecía invadida por decenas de ruidosos noctámbulos.

Incremento de las denunciasLos datos oficiales del Ayuntamiento dan cuenta del repunte de esta actividad. En lo que va de año, la Policía Municipal ha interpuesto un 33% más de denuncias y de mantenerse la tendencia éste sería el año con más denuncias desde 2005.

Pero parece difícil que la presión policial baste por sí sola para erradicar esta actividad. Incluso alguno de los agentes que participan en el operativo que trata cada fin de semana de poner coto al botellón reconoce que «es normal que los chavales hagan esto; si por una copa de güisqui malo les pegan un clavo en cualquier bar». Es éste el argumento que con más frecuencia esgrimen los jóvenes que con asiduidad se solazan bebiendo en las calles de los barrios más céntricos de la capital. Dicen que prefieren beber en la calle alcohol de calidad a beber «garrafón» en bares atestados y en los que les hacen pagar más del triple. También explican que la prohibición sólo ha servido para que ahora los grupos estén dispersos en esquinas y portales, pero no para que desaparezcan. Rara es la esquina en la que no hay un reguero de pis, alguno ya añejo.

Uno de los principales aliados del botellón y de la pervivencia de esta práctica son los miembros de la comunidad china que, saltándose a la torera la normativa, despachan bebidas alcohólicas durante las 24 horas del día, a pesar de que la ley lo prohíbe entre las diez de la noche y las ocho de la mañana. A cualquier hora, es posible cruzarse con uno de ellos ofreciendo «cerveza, cerveza». Los consumidores saben que los chinos siempre estarán ahí.

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