Miércoles, 07-10-09
LA trama Gürtel se parece tanto a la de Filesa que hasta hay incrustado en ella un tipo que se llama Galeote. En España los partidos políticos son mucho más semejantes entre sí de lo que ellos quisieran y desde luego más de lo que quisiéramos los ciudadanos, obligados a elegir entre espejos que reflejan las mismas imágenes. Hasta en el ámbito municipal y espeso de las mociones de censura locales se repiten esquemas y procedimientos, como ese Benidorm gallego que le ha surgido al PP en Silleda. Los mismos vicios, idénticas reacciones. No es ya que no haya nada nuevo bajo el sol, sino que nadie aprende siquiera de los errores del adversario.
Si acaso cabe explorar algunos matices de estilo, propios de la personalidad de cada uno. Por Filesa y demás entramados financieros del felipismo pululaban intermediarios de medio pelo que se compraban, como Aida Álvarez, neveras para guardar abrigos de pieles, mientras los Correas, Bigotes y demás rinconetes tardoaznaristas son pijos acostumbrados a vestir trajes de alpaca y conducir todoterrenos de lujo. Unos hablaban el crudo lenguaje de los desclasados y otros pronuncian como si llevasen una pelota de golf encajada en la boca. Todos comparten la pasión por el dinero fácil y el conocimiento desahogado de esos pasillos en cuyos recovecos habitan los fontaneros de la partitocracia.
En esta teoría de paralelismos especulares conviene recordar que después de mil vueltas por los tribunales Filesa acabó, como antes el caso Naseiro, con condenas leves de un par de personajes secundarios a quienes los socialistas repusieron en sus cargos apenas salidos del trullo. Y por supuesto sin que nadie devolviese un céntimo; uno de los peores problemas de la corrupción española es que suele salir rentable. De hecho, la financiación ilegal ni siquiera es delito, por lo que a los trujimanes que la llevan a cabo hay que empurarlos por causas derivadas, tales como el cohecho, la información privilegiada, el blanqueo de capitales y otras artes del birlibirloque pecuniario. Y ni siquiera así hay modo de que aflojen la pasta que han distraído.
La principal diferencia entre Filesa y Gürtel puede radicar en que a los socialistas les estalló el escándalo en el poder, desde donde lograron poner todas las trabas a aquel porfiado juez Barbero, mientras a los populares les han sorprendido en la oposición y los pueden arrastrar por un rastrojal de imputaciones. De ahí que hayan apelado al victimismo como defensa ante tan sólidas evidencias de mamoneo; al final, a los políticos sólo les importan estas cosas en la medida en que afectan a la facturación de la empresa. Y ésa se mide en votos, salvo para los satélites de manos largas que viven encostrados en esa zona oscura de las cañerías por las que circula el dinero. De ahí brota el olor fétido que sube por las plantas del edificio del PP, aunque Rajoy lo tape con el aroma de su impasible habano.

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