El planeta Trueba y el universo Woody Allen
Fernando Trueba (centro), junto a los actores Abel Ayala, Miranda Bodenhofer y Ricardo Darin y el escritor Antonio Skármeta (izquierda) AFP
Actualizado Sábado, 19-09-09 a las 16:51
Woody Allen tal vez sea un playboy frustrado, pero como director de cine ha alcanzado un cierto y bien ganado prestigio.

Hace películas como un churrero, hace “arrobas” en el aceite hirviendo, y ayer su última aportación al séptimo arte, que será tachada de simplemente graciosa por los ahuyentadores de salas, hizo que una entera se derrumbara entre carcajadas de principio a fin; lo mejor del asunto es que “Si la cosa funciona”, que con esas cautelas ha titulado su película, es un pedazo de dramón que lo notas después. Pero, sí, no hay duda, la cosa funciona como un pastel de cumpleaños.
El personaje del día no era, a pesar de todo, Woody Allen, pues debe de estar tocando el clarinete en otro pub, sino Fernando Trueba, que presentaba fuera de competición “El baile de la Victoria”, adaptación de la novela de Skármeta que ganó el Pláneta (mejor poner el acento donde no se debe que en el calentamiento global que amenaza al planeta, premio).

Partamos de la base de que adaptar un Planeta siempre conlleva el riesgo de que, sin generalizar, ahí no se va a encontrar uno con la gracia literaria de Woody Allen. Trueba depura dentro de lo posible los hilos narrativos, el mejunje de géneros, el “thriller”, el social, el melodrama, el romántico…, de esa historia con apenas tres personajes, buenos personajes: el gran artista del robo Vergara Grey, que sale de la cárcel con la idea de no volver; el joven pícaro que sale de la cárcel con la idea de dar el gran golpe, y un tercero, diminuto, vaporoso e inexplicable, que es una joven muda (dejó de hablar cuando a sus padres los mataron los secuaces de Pinochet) y chaplinesca que quiere ser bailarina. Ricardo Darín, Abel Ayala y Miranda Bodenhöfer…
Aquí, si la cosa funcionara, ésta sería una película cuyo mayor cualidad es que anhela la justicia poética y, de hecho, salta de lo romántico al suspense, o del melodrama al cine social, con la intención de que se arreglen los problemas de sus protagonistas, tan perdedores y tan necesitados. Y no existirían escalones entre los diversos tonos de la película –entre la pantomima y el “thriller”, entre lo duro y lo blando– y uno andaría por ella con más comodidad.

Y cuando la cosa funciona, se aprecia el contraste entre la resaca amarga de Darín y el vitalismo casi tonto de Abel Ayala, un actor con ángel, y así se llama su personaje. Y si les das una oportunidad, también funciona el tuya-mía entre Ayala y la extraterrestre Miranda Bodenhöfer y su delicado toque luces de la ciudad. En fin, “El baile de la Victoria” tiene un arduo y complicado camino por recorrer hasta ganársela.
Pesimismo inteligenteY no podríamos pasar de Trueba al triste François Ozon, que competía ayer con “Le refuge”, sin hacer una parada y fonda en ese maravilloso ambigú que es Woody Allen y su pesimismo inteligente, clarividente y tronchante de “Si la cosa funciona”, que nos lo ofrece a través de otro genio de eso, de pensar, de escribir y de decir, llamado Larry David, creador de “Seinfeld”, y que aquí interpreta a un personaje de nombre Boris Yelnikoff, un fuera de serie, un amargado, un casi ganador del Nobel, un tipo cuyos razonamientos le llevan a lugares insólitos (Dios puso en el universo las flores, los árboles, los amaneceres… Dios es un decorador… Dios es gay…) y que nos cuenta de tú a tú, dirigiéndose a los espectadores, su deleznable modo de ver la vida y su patética historia. ¿Y por qué uno se ríe tanto con todo esto?..., pues he ahí el misterio del talento, algo que tantos tienen y tan pocos muestran.
Sin duda Ozon tiene talento, y en ocasiones lo ha mostrado, aunque ayer su “Le refuge” no fuera precisamente un caudal de ingenio. “Le refuge” quiere contar la extrema relación de una chica heroinómana consigo misma durante su embarazo, y que está sola porque su pareja acaba de morir de sobredosis. La cámara de Ozon quiere y busca a la actriz Isabelle Carré, realmente embarazada, pero casi sin darse cuenta se entretiene en otros lugares, con otras cosas y otros asuntos.

A pesar de ello, y entre el “ritmo ozon”, se puede apreciar el interior del personaje mediante recursos muy cinematográficos y sutiles, sin caer en el abominable “flash-back” o en vomitar una ridícula línea de texto, y eso que la música, el olor, los pensamientos de la escena daban un peligroso pie a ello. A “Le refuge” le falta el valor de la emoción, el no mirar a sus personajes con esa frialdad de sondeo que a veces mira el mejor y el peor cine francés. En definitiva, le falta el corazón de Ozon

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