Martes, 15-09-09
Hace un año aún se discutía sobre la necesidad de intervención pública en una economía global inmersa en una situación en la que los mercados habían dejado de ser eficientes y no se producían transacciones al precio adecuado, ya que, desde agosto de 2007, el mercado de títulos hipotecarios estaba dominado por una casi total falta de liquidez. Incluso se cuestionaba el impacto que la crisis iba a tener sobre la actividad de las economías desarrolladas y, en mayor medida, sobre la de las economías en desarrollo. La puesta en marcha de planes para dotar de liquidez al sistema financiero y recapitalizar el sistema bancario y de políticas fiscales expansivas para estabilizar las economías determinaron el principal interrogante en su capacidad para propiciar una menor duración de la recesión y, en definitiva, para impulsar la recuperación de la actividad.
- La recuperación ha comenzado
Al finalizar el verano de 2009, este interrogante se ha resuelto: la recuperación ha comenzado. Pero la crisis ha tenido efectos importantes sobre las economías. Desde el lado de la oferta, el crecimiento potencial de las principales economías ha disminuido. El sistema financiero va a tardar en normalizarse. Además, la recapitalización de los bancos no ha sido un proceso simétrico entre las economías, debido a la composición de los activos bancarios y a las reglas contables, por lo que aquellas que están más retrasadas en este proceso deberían impulsarlo con urgencia. También deberían impulsarse las reformas estructurales que permitan recuperar el crecimiento potencial. Desde el lado de la demanda, las políticas monetarias y fiscales han desempeñado un papel clave. Las políticas monetarias pueden seguir siendo expansivas con unas expectativas de inflación ancladas alrededor del 2 por ciento en ambos lados del Atlántico pero la composición del gasto debe conducirse hacia un nuevo equilibrio macroeconómico.
-Sustituir los impulsos fiscales por gasto privado
La aceptación de mayores déficit y deuda públicos es sólo transitoria y, por lo tanto, los impulsos fiscales deberán ser sustituidos por consumo e inversión privados. La urgencia de este nuevo equilibrio dependerá de las políticas implantadas para afrontar las presiones sobre el gasto público a medio y largo plazo que plantean el envejecimiento demográfico y la imparable demanda de salud. En este ambiente, parece poco probable que la tasa de ahorro de las familias, en particular en los Estados Unidos donde ha aumentado 5 puntos desde el inicio de la crisis, vaya a recuperar los niveles pre-crisis, por lo que tampoco el consumo y la demanda interna retornarán al peso que tenían en el PIB. Por ello, algunas de las principales economías occidentales, en particular Estados Unidos, deberán encontrar un nuevo equilibrio entre demanda interna y demanda exterior intentando recuperar el nivel de demanda pre-crisis.
-Reequilibrio entre economías: demanda interna versus demanda externa
El nuevo equilibrio entre economías será un factor clave en la sostenibilidad de la recuperación económica. El cambio del modelo de crecimiento basado en las exportaciones en China, y también en el resto de las principales economías emergentes, impulsará la apreciación del renminbi, la reducción de la tasa de ahorro y del superávit por cuenta corriente, lo que conllevará un mayor peso de su demanda interna e impulsará este nuevo equilibrio global.
-La consolidación fiscal en España
La intensidad de la desaceleración económica, junto a la caída de las ganancias de capital y la desaparición de las transacciones de viviendas, así como la aparición del fraude preventivo, probablemente como respuesta a las crónicas de quiebras anunciadas, han tenido un importante impacto sobre los ingresos públicos que previsiblemente se reducirán en 5,6 puntos del PIB en dos años, un hecho sin precedentes. Esta disminución de los ingresos públicos explica el 45% de la variación del superávit público durante la crisis (del 2,2 en 2007 al -10,4% del PIB en 2009). Las medidas tomadas por el lado de los ingresos han supuesto la disminución ex-ante de la recaudación de 1 punto en 2008 y de 1,4 en 2009 de los que revertirán 0,4 en 2010, por lo que sólo explican una pequeña parte de la caída. No obstante, se ha abierto un debate respecto a posibles subidas impositivas para reducir el déficit público. Este debate debería tener en cuenta las siguientes consideraciones. Primero, las subidas impositivas no impulsarían a la economía española hacia ninguno de los nuevos equilibrios macroeconómicos. No impulsarían la sustitución del impulso fiscal por gasto privado sino más bien lo contrario y tampoco a la demanda exterior. Segundo, conviene no olvidar las experiencias recientes respecto a los procesos de consolidación fiscal llevados a cabo en distintas economías. La literatura económica y la evidencia empírica son concluyentes. Las consolidaciones fiscales con éxito se han basado en la reducción del gasto no productivo (los efectos no keynesianos de la reducción del gasto) y no en subidas impositivas, que generalmente han conducido al fracaso del proceso. Tercero, las variaciones impositivas deberían ser compatibles con los retos del sistema fiscal del futuro, que debería ser uno de los pilares del nuevo modelo de crecimiento español. El sistema fiscal debería incorporar lo que hemos aprendido de fiscalidad. Los impuestos distorsionan el comportamiento de los agentes económicos, por lo que el nuevo sistema fiscal debería minimizar estas distorsiones.
- Líneas de actuación futura en fiscalidad
Primera, la imposición sobre el capital no es, en general, una buena idea. Porque reduce el ahorro, desincentiva la acumulación de capital y, de forma indirecta, al haber menos capital, reduce también el salario real. Segunda, en un marco suficientemente general, un impuesto sobre la renta de las personas físicas de tipo único (flat tax) con un mínimo exento suficientemente elevado es una buena aproximación al impuesto óptimo. La redistribución se conseguiría a través de la renta exenta y de las políticas de gasto, y este impuesto, además de ser más eficiente, sería más sencillo y equitativo, tanto de forma horizontal como vertical, además de tan progresivo como se quisiera. En el impuesto sobre sociedades, debería continuar la reducción de tipos impositivos y la simplificación. Tercera, por lo que respecta a la imposición sobre el consumo, el IVA es poco distorsionador y los tipos del IVA y de Hidrocarburos son inferiores a los europeos. Cuarta, un tema casi olvidado es la imposición sobre la tierra que no distorsiona el comportamiento de los agentes al ser la oferta fija. Quinta, el sistema impositivo debería corregir fallos del mercado: imponer lo que no se quiere que hagan los agentes económicos, como emitir CO2 e imponer menos lo que se quiere que hagan, como trabajar.
- Cambios fiscales compatibles con los nuevos equilibrios
Se podría considerar un cambio en la fiscalidad, compatible con sus tendencias futuras y con los nuevos equilibrios macroeconómicos, que aproximara una devaluación selectiva para impulsar la demanda exterior y la actividad. Reducir la fiscalidad del trabajo compensando la pérdida de recaudación con la subida del IVA y de los impuestos especiales permitiría recuperar competitividad a la economía e impulsar las exportaciones en búsqueda de nuestra cuota en el nuevo equilibrio internacional.

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