Dominican don't play y Trinitarios han pasado de ser las pandillas latinas menos conflictivas a sembrar de violencia las calles. Un fenómeno que causa estragos en EE.UU. y gana adeptos en España
Nuevas bandas latinas: La jungla en la madre patria
Habla Arturo Canalda, defensor del Menor
Madrid es un punto de entrada de población extranjera, y estos jóvenes extrapolan, de alguna manera, lo que han visto en su país. El Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, Arturo Canalda, considera que es un fenómeno que está comenzando a proliferar. Por ello, echa de menos más prevención. «Hay que saber detectar a tiempo este tipo de situaciones e intentar evitar que los jóvenes entren en las bandas», afirma. ¿Cómo? «Combatiendo el absentismo escolar, que los padres se vuelquen más, trabajar con las aulas de enlace y los agentes tutores. Son chavales que no se adaptan bien, se sienten débiles y les ofrecen un protagonismo falso», señala.
Publicado Domingo, 13-09-09 a las 00:28
Estos versos a ritmo de rap definen la situación de enfrentamiento a vida o muerte que se vive entre las dos principales bandas latinas integradas por dominicanos: Dominican don't play (DDP) y Trinitarios. Ésta última, casi desconocida en España, se ha colocado en el punto de mira de los especialistas contra este tipo de crimen (des)organizado. El asesinato el pasado 4 de septiembre de un menor de 17 años sospechoso de engrosar las filas de los DDP a manos, presuntamente, de otro menor trinitario en la zona de discotecas latinas madrileñas en los bajos del centro financiero de Azca tiene en alerta a la Policía, pues se teme que, a medio plazo, se reavive una guerra de bandas, como ya ocurriera en los años 2005 y 2006 entre Latin Kings y Ñetas.
Azca, Trinitarios y fin de semana fueron también los ingredientes que se convirtieron en una orgía de sangre la noche del 5 de febrero de 2006, cuando el ecuatoriano de 25 años Ramón Emilio León Luzón moría acuchillado a manos de cinco trinitarios que robaron una cazadora. El arma estaba escondida en una maceta de los bajos del complejo empresarial madrileño.
La situación en España, más concretamente en la capital, es preocupante. Los DDP comenzaron a tomar las calles a mediados de 2004 y, en su gran mayoría (a excepción de sus líderes, que no sobrepasan los 25 años), son menores de edad. Su estética es rapera, con ropas anchas con los colores de la República Dominicana: azul (lealtad), blanco (luz) y rojo (sangre). «Han vivido del beneplácito que supuso en aquella época que las Fuerzas de Seguridad estuvieran más centradas en los Latin Kings y los Ñetas», analiza Esteban Ibarra, presidente del Movimiento contra la Intolerancia y que está preparando un libro sobre la violencia.
«Amor 333»: raperos y machistas
Lo que sorprende es que muchos de estos jóvenes delincuentes, para los que la vida no tiene ningún valor, pertenecen ya a una segunda generación de inmigrantes. El rasgo principal es que su tiempo de ocio lo proyectan a lo que llaman «Amor a DDP» o «Amor 333»; manejan mucho el simbolismo y una identidad de grupo cerrado, de carácter rapero y machista.
«Nos matamos entre nosotros mismos, pero también los matamos a ustedes. Mientras ustedes están haciendo manifestaciones, nosotros los matamos. ¿Te acuerdas de lo de Alcorcón, en Villaverde, en Orense y en Lavapiés? Ustedes, los españoles, sólo tienen huevos para manifestaciones y, a la hora de la verdad, se cagan», alardea un pandillero en un foro de bandas latinas.
Expertos policiales los definen como meras bandas de barrio, pero muy peligrosas. Tanto que el Ministerio del Interior dio orden el pasado julio a la Policía y a la Guardia Civil para que dieran un impulso a la vigilancia y control de las bandas juveniles. Se está elaborando un mapa de riesgo con las zonas de actuación, un censo de grupos y un registro de sus páginas web.
Un policía, con larga trayectoria profesional en delincuencia juvenil, afirma que, «de fondo, no hay ninguna diferencia real entre DDP y trinitarios». No tienen ideología como tal. Sólo el control del territorio y la lucha por el poder. «Se reúnen en canchas de baloncesto y, si se produce algún altercado por miembros de la otra banda, se juran venganza. Son grupos desorganizados que se forman, desde el punto de vista geográfico, según donde residan sus padres», añade este especialista del Cuerpo Nacional de Policía.
El origen de los Trinitarios en España se debe a una escisión. Concretamente, al DDP «Tonytoca», que, por diferencias con la cúpula del grupo en España, viajó a la República Dominicana, donde tomó contacto con los Trinitarios. «Allí fue bendecido por el “patriarca” de aquel país y le encargó que montara el grupo en España». Y se crearon dos, uno en Cuatro Caminos y otro en Legazpi. Cada capítulo tiene su líder, llamado «guerrero universal», de quien dependen los «soldados». Su estructura y funcionamiento son calificados por los expertos como «guerreristas».
A partir de ahí, en Madrid, se crea la lucha por esa escisión, que se produjo hace unos tres años. Se suceden los apuñalamientos, las peleas, las venganzas, amenazas de muerte... En definitiva, el lenguaje que entienden estos adolescentes. «Son grupos más sumergidos en la sociedad que los Latin Kings o los Ñetas. Se trata de delincuencia común cometida por bandas juveniles. No tienen un proyecto social, político ni ideológico. Sólo les importa el poder, el territorio y el control de las chicas», analiza Esteban Ibarra. Los barrios de Tetuán, Legazpi y localidades de la corona sur metropolitana de Madrid, como Getafe, Leganés, Parla, Móstoles, y otras del norte como San Sebastián de los Reyes son también un caldo de cultivo para estas pandillas.
De la cárcel al Bronx... y España
El fenómeno en España, por tanto, es muy reciente e, incluso, de menor gravedad si lo comparamos con lo que está ocurriendo en Estados Unidos. Los Trinitarios se crearon en una cárcel de Nueva York en 1987 por «El Caballón», como un grupo de «protección y unidad» de los hispanos que se encontraban entre rejas. La palabra «trinitario» la toman de los tres máximos exponentes de la independencia de la República Dominicana a finales del siglo XIX. Pero, pronto, comenzaron a tomar las calles del Bronx, reclutando a menores de las escuelas. Llegaron a Harlem, Chelsea... y pasaron a otras ciudades y Estados, como Nueva Jersey, Florida, Pennsylvania, Alaska, Illinois. Hasta que, finalmente, llegaron a España.
En la actualidad, la Policía de Nueva York está muy preocupada con este asunto, pues se trata de la banda más numerosa y peligrosa de la ciudad, con unos 4.000 miembros y 30.000 en todo el mundo. Han derivado del delito común al organizado, especialmente, el tráfico de drogas, y en particular, la venta de heroína, crack, cocaína y marihuana. Eso sí, poniendo siempre por delante su eterno eslogan: «Dios, Patria y Libertad» y el número 7 como símbolo identificativo, así como el color verde. La última gran redada policial, el 10 de marzo pasado, se saldó con 41 imputados por actos muy violentos y tráfico de estupefacientes.
Los DDP son un poco más «veteranos». Su fundación data de 1984, en Nueva York, y se les conocía en un principio como Dominican Power y sus enemigos iniciales eran los afroamericanos. Pasados los años, su número de adeptos se ha ido incrementando y tienen una presencia muy importante en portales de internet como YouTube o Myspace.
Todos los expertos se preguntan: ¿Es posible una expansión y, lo que es peor aún, una «profesionalización» de estos grupos en nuestro país hasta el punto de alcanzar la peligrosidad de Estados Unidos? Una pista podemos encontrarla en los datos que maneja la Fiscalía General de Madrid. «En la actualidad, el grupo o banda más activa son los Dominican don't play —indican fuentes del Ministerio Público, con 58 detenciones en 2008—. La banda de los Trinitarios, que de estar prácticamente inactiva los años anteriores, ha vuelto a reaparecer en el escenario delincuencial. Y ha aparecido un nuevo grupo, denominado My Family, cuya estabilidad y permanencia debe ser objeto de observación».
Un informe fiscal sobre los hechos acaecidos durante 2008 califica a las bandas latinas de «grupos organizados y jerarquizados, en torno a una estructura rígida y piramidal». «Poseen una fuerte cohesión interna, una adhesión incondicional de sus miembros al grupo y un cierto distanciamiento social originario. Su financiación proviene de las cuotas obligatorias que deben abonar sus miembros, y del botín de los robos con violencia y fuerza que ejecutan». Aunque este último punto es más característico de los dos grandes grupos, Latin Kings y Ñetas.
114 arrestos en 2008, 32 en prisión
En cuanto a su «modus operandi», se coincide en que actúan en grupos de entre 10 y 15 individuos, en delitos contra la vida o integridad física o peleas o riñas tumultuarias. También se pone énfasis en aquellos grupúsculos de tres a cinco miembros que perpetran acciones criminales con armas blancas, palos y objetos contundentes.
Durante el año pasado fueron detenidos un total de 114 miembros de seis bandas latinas en Madrid, de los que 32 están en la cárcel; 22 de estos últimos son DDP y ninguno trinitario. Pero estos datos, los oficiales, se quedan muy lejos del total real. «Probablemente, existe una “cifra negra” de delitos que no se denuncian, por las características de actuación secreta y violenta de estas bandas, que impiden la denuncia», concluye la Fiscalía madrileña.
Con todos estos datos encima de la mesa, llega el momento de hacer una reflexión sobre el futuro de este gangsterismo juvenil. Pedro Gallego Martínez, sargento primero de la Guardia Civil y uno de los principales especialistas en estos grupos, sostiene que en algún momento —si no lo están comenzando a hacer ya, de manera tímida— se implantarán las maras en España. En lo que se refiere a la proyección de futuro de las bandas latinas en nuestro país, Gallego, autor del libro «La mara al desnudo», sostiene que «sería conveniente estudiar muchos otros frentes». En su obra, analiza algunos de ellos, como «el impacto que está suponiendo o puede implicar la entrada de miembros de estas pandillas en centros correccionales de menores y centros penitenciarios, así como en el Ejército español». «Podemos llevarnos la sorpresa —insiste— de que empiecen a articularse de la misma forma que en EE.UU.».
Gallego Martínez se pregunta: ¿Se ha incrementado en los últimos años el número de latinos en los centros de menores? ¿Cuál es su porcentaje en relación al número de internos? ¿Cuántos de estos menores están vinculados a pandillas juveniles violentas? ¿Cómo están interactuando los internos miembros de estas pandillas en las prisiones? ¿Se están juntando para defenderse de los restantes reclusos? ¿Cuál es el porcentaje de miembros de pandillas que se ha detectado en el Ejército español?».
Mientras las respuestas soplan en el viento, la realidad actual es tozuda: «Dominican mata rompiendo brazos,/partiendo culos y dando balazos./Te rompo la cara,/ boca y nariz./Yo te lo digo,/que a lo mejor ibas a morir».

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