Viernes, 28-08-09
CADA uno aporta lo que sabe. El ministro tiene razón cuando propone un pacto de Estado. Rectores y antiguos rectores, amigos muy queridos, afirman cosas sensatas desde esta Tercera de ABC en forma de decálogos y reflexiones. El poeta diría que es hora de manifiestos, escritos, comentarios, discursos... Mi perspectiva, querido lector, es diferente. Nos situamos in medias res, a pie de aula, entre profesores y alumnos mezclados en confusa algarabía. Hablo de la universidad que conozco. Sobre otros niveles educativos no tengo certezas sino sospechas y acaso prejuicios. Entramos juntos en clase, cada día menos magistral, y no sólo por exigencias del guión sino por falta de materia prima. A la salida, un sinfín de tutorías, seminarios y talleres. Guías docentes y campus virtuales. Troncales, optativas y otras muchas asignaturas a extinguir. Grados y másteres, éstos de plural incierto. Ofertas proactivas y demandas interactivas. Erasmus y asimilados. Créditos de valor cambiante, siempre insuficientes para cubrir la carga docente. Manuales en desuso frente a wikipedias y encartas a tope. Artículos en revistas con abstract en inglés. Literatura estéril para rellenar todas las casillas del proyecto de investigación, varios mejor que uno: métodos, competencias, contenidos, objetivos...
Triunfa por los pasillos el verbo de moda: anecar. Se usa en forma reflexiva y admite variantes autonómicas para ganar la codiciada plaza local. Traduzco para profanos: significa obtener una respuesta positiva de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación, (ANECA), con el designio de salvar obstáculos en el escalafón. «Tengo que anecarme, ya», explica angustiado un joven profesor. «¿Te acuerdas de M., mi compañera de despacho? Leyó la tesis después que yo, y ya está anecada...» Enhorabuena, por cierto, a la feliz doctora de nuestro ejemplo. Veteranos resignados y noveles indecisos practican de cara a Bolonia su propio análisis de costes y beneficios o, si me permiten citar a Jeremy Bentham, acuden al felicific calculus. Costes, unos cuantos. Beneficios, más bien pocos, a juzgar por los sueldos... Pero «repetir es subsistir», decía el personaje de Rosa Chacel, y la conclusión es universal: guardar las formas y seguir como siempre. Como la vida no es geometría, hay también un sector de optimistas incorregibles y otro de dogmáticos irreductibles a favor o en contra del malvado capitalismo que pretende usurpar nuestras aulas inmaculadas. Pero les prometo, sin apoyo estadístico, que una inmensa mayoría de los profesores españoles opta por la solución más sencilla: esperar y ver, dejar que pase la primera ola y -por si acaso viene el inspector- transformar los viejos apuntes en material susceptible de señalar con power point. Ruego que me perdonen este giro nostálgico: es una lástima reducir a la nada los matices inigualables de Platón, de la Divina Comedia, de nuestra Regenta y hasta de las sentencias del juez Marshall por culpa de la tiranía de una síntesis que desconoce las tesis y las antítesis.
Volvamos al aula, más bien austera y de aspecto descuidado en casi todas las universidades públicas. Los alumnos son los de siempre, adaptados al tono liviano que impone la condición posmoderna. Nadie les ha explicado que la cortesía es el primer requisito de la democracia y algunos necesitan lecciones básicas de urbanidad. Pero son buena gente, con pocas excepciones: reconocen los mensajes limpios y tienen cierta disposición hacia la sana crítica frente a los tópicos al uso. Cándidos unas veces, sutiles otras, reproducen las leyes estadísticas del reparto de los talentos, aunque no conozcan ni les importe la parábola evangélica. A veces dejan perlas exquisitas, dignas de figurar en una antología de la ingenuidad sin complejos. Les cuento una de cosecha propia y otras a cargo de colegas docentes. Preguntado por la teoría de Marx, el alumno contesta que -según este autor- la religión es el ¡Opus! del pueblo. Al hablar de la Gran Guerra europea, aclara el estudiante sin malicia que su origen está en el asesinato del archiduque Francisco ¡Fernández! Última referencia. Es fácil imaginar que el profesor de Ideas Políticas suele preguntar sobre Maquiavelo. ¿Saben cuál fue su obra principal? Pues claro: ¡El Principito!... Fin de la sonrisa, incluso del paréntesis.
Es absurdo elevar anécdotas a categorías, pero es obligatorio ser realistas. He aquí una parte del material humano al queremos aplicar un modelo de clases participativas y deliberativas, cuyo diseño recuerda a una asamblea de sabios ilustres. Por tanto, lo mejor es empezar por el principio. Enseñar a leer y escribir dignamente desde la escuela primaria. También a manejar -sin calculadora- las reglas elementales de las matemáticas y los principios del método científico. Por supuesto, el alumno debe llegar a la universidad con criterios claros sobre el orden cronológico entre la Edad Media y el Renacimiento, y les aseguro que no hablo por hablar. Podemos mirar hacia otro lado y jugar el juego que mandan las convenciones sociales, pero entonces las cosas irán a peor. Me consta que los esfuerzos ministeriales, rectorales y decanales, por no citar a otras jerarquías, están orientados hacia la búsqueda del bien común. Ellos también saben qué pasa en las aulas... Profesores vocacionales descubren -demasiado pronto- la prioridad de las habilidades burocráticas sobre el rigor científico ganado en largas horas de lucha contra las limitaciones intelectuales del individuo y de la especie. Alumnos itinerantes descubren -demasiado tarde- la inutilidad de unas enseñanzas fragmentarias y de unas pruebas superadas a base de urgencias y persistencias. ¿Excepciones? Muchas, y muy notables. Igual que la primavera, decía Heine, vaga el genio de país en país. En España hay mucho talento, casi siempre disperso y mal organizado. Cuando sale bueno, el profesor o el alumno español está a la altura de los mejores. Cuando sale malo, el sistema se pliega a sus conveniencias y encuentra la manera de otorgarle un título sin valor en el mercado laboral y sin contenido en el universo intangible del respeto hacia uno mismo.
Hemos construido un sistema universitario caro, ineficaz y ostentoso, mal considerado por los índices internacionales de mayor prestigio. Tenemos que hacer algo para extraer un rendimiento razonable del material humano disponible. Es más importante que urgente, y tal vez por ello carece de interés inmediato para los políticos. La universidad española no alcanza la altura de otros sectores productivos -o incluso improductivos- de una gran nación histórica. Todos somos culpables, incluso desde la dedicación parcial o la responsabilidad limitada a un ámbito concreto. Tuvimos grandes maestros, y sólo quedan unos pocos, aburridos o jubilados. No los podemos improvisar, pero vendrán buenas cosechas si sube el nivel medio. Existen profesionales competentes, pero a corto plazo pueden ser náufragos perdidos en un mundo de mediocres. ¿Pesimista? Por supuesto que no, si tenemos voluntad firme y sentido común. Recordemos nuestro himno: gaudeamus igitur/ iuvenes dum sumus...

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