Martes, 25-08-09
VOY a atreverme hoy a hacer un augurio que, bien entendido, es más o menos esperanzador. Por ello, para quienes lo den por bueno, puede suponer un leve y efímero consuelo ante un panorama nacional de desolación, angustias, pobreza, hosquedad e ira que sólo conocen los más ancianos que vivieron la guerra y la posguerra inmediata. Así y por desgracia, se ha confirmado otro vaticinio que hice -perdonen la pedantería- hace ya más de cuatro años, cuando expresé mi convicción de que la era Zapatero sería una de las más dañinas sufridas por España en tiempos de paz a lo largo de su historia. Entramos en un otoño desolador en el que todas las más funestas previsiones y los peores temores de una sociedad no sólo son plausibles, sino van acercándose día a día a la categoría de la certeza. Las cañas se tornan lanzas, el hambre es ya una realidad y las soluciones y esperanzas de la sociedad española se difuminan pese al inmenso generador de mentiras y manipulaciones al que los gobernantes dedican sus únicos esfuerzos y que devora a velocidad de vértigo nuestro bienestar y nuestra seguridad. E hipoteca el futuro de nuestros hijos y nietos. Los cinco millones de parados los damos ya por alcanzados. Y habrá más, y una inmensa parte de ese ejército de ciudadanos derrotados y dependientes de las dádivas del poder jamás volverá a tener una nómina en su vida laboral. El hambre, que generaciones de españoles lograron erradicar con su incansable esfuerzo en trabajos dentro y fuera de nuestras fronteras, ya ha celebrado su siniestro retorno. Ha dejado de ser un argumento literario, un triste recuerdo del pasado o un lema para bienintencionadas campañas en el Tercer Mundo. Nadie puede interpretar de otra forma la terrible escalada de robos de artículos de primera necesidad en tiendas de comestibles, grandes superficies e incluso en el campo. No tiene otra explicación el aluvión de demandas de comida que reciben las organizaciones caritativas, especialmente Cáritas, de la denostada Iglesia Católica, a cuyos comedores y dispensarios se apresuran los ayuntamientos a desviar a quienes sufren menester. Y ante los que cada vez se producen más tumultos y peleas.
Pero dejemos el augurio consumado sobre el carácter profundamente destructivo del régimen zapaterista, cuyos efectos tóxicos persistirán cuando el personaje que lo encabeza y su camarilla ya sean un negro capítulo cerrado de nuestra democracia. Hago el nuevo vaticinio con la misma convicción con que auguré la catástrofe que anunciaba la combinación del carácter enfermizo del presidente, su capacidad embaucadora y la falta de recursos de autodefensa de la sociedad española y sus instituciones. Bueno, pues hoy les aseguro que España no va peor desde el miércoles día 13 de agosto, por mucho que lo aseguren algunos medios que ayudaron, ayudan y ayudarán a Zapatero a engañar sistemáticamente a los españoles sobre la situación -en la negociación con ETA, en la crisis inexistente, en las «soluciones sociales» y en insultar y descalificar a la oposición-. El desastre al que nos enfrentamos los españoles no cambiará un ápice por el hecho de que la TDT de pago se aprobara cuando le convenía a Roures y cuando no le venía bien a Cebrián. Tiene razón éste en que la aprobación del decreto ley es una trapacería, un obsceno trato de favor por parte del presidente a un amigo. En alguna democracia más seria se consideraría un acto deshonesto, rayano en la prevaricación y propio de algún amigo bolivariano del Gran Timonel. Pero igual de obscena es la sagrada ira de un Cebrián que aplaudió y se benefició de centenares de tropelías -grandes y pequeñas- similares con Felipe González y con Zapatero. Moncloa respira tranquila. Sabe que el periodismo de barricada socialista está condenado a seguir siéndolo. La gresca en el seno de la secta no es más que otra lógica consecuencia de la descomposición general de la sociedad civil e institucional española, a su cabeza la seguridad jurídica, bajo Zapatero. Un caso más, casi una anécdota. Entra en la lógica estadística que entre sus millones de víctimas aparezca en ocasiones alguno de sus principales impulsores.

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