Domingo, 23-08-09
EN La Fe de Valencia ha habido una operación mucho más complicada y difícil que el trasplante de cara. Nunca se había practicado en España, y menos con éxito. Me refiero a la maravilla de trasplante de bata de médico que con su blanco blusón africano de la Pasarela Patera ha conseguido el Doctor Cavadas, ¡marchando una de premio Príncipe de Asturias para este hombre, por favor!
Lo de la cara, la mandíbula y la lengua tiene mucho mérito. Más que llevar 517 gallinas por la carretera desde Cádiz a La Isla sin que se le escapara ninguna, como logró Agustín el Melu, según relato histórico del muy lorquiano Ignacio Espeleta en el homenaje al aviador Ramón Franco. Den ustedes por gritados, pues, todos los vítores al Doctor Cavadas; den por escritos todos los parabienes por el logro de la Sanidad pública valenciana. Pero mérito, mérito, lo que se dice mérito, el de cambiar la seda de la bata de médico por el percal del blusón africano, con dibujitos de leopardo y todo. Para eso no hay que tener ciencia microquirúrgica, sino dos eso-que-dijimos. La bata blanca es como el uniforme de gala de los médicos para el pintamiento de mona en televisión y prensa. Va un equipo de una tele local a hacer un reportaje en un ambulatorio, y el médico que va a informar manda parar las cámaras:
-¡Un momento, que me voy a poner la bata blanca!
Y allá que sale el tío con su pedazo de bata blanca, ¡adiós, Gregorio Marañón! Como un mancebo de farmacia o un barbero, da igual. Recuelos de cuando la bata blanca era como la casulla de los médicos, sagrado ornamento de su ministerio. Este es el mérito mayor que le encuentro a Cavadas. Que dijera hace tiempo: «No me gustan los disfraces de médico». Vale, doctor, no le gustan los disfraces de médico. Tampoco a los pacientes nos gustan los médicos exhibicionistas, como el hombre de la gabardina, pero con bata blanca, en la televisión. Pero es que ha convertido usted, a su vez, el blusón de quesero africano en disfraz ridículo. ¿Qué más da que un médico vaya disfrazado con la bata blanca o que vaya disfrazado con un batón africano como los que se compra Cayetana Alba en el mercadillo de Marbella para ir luego a que la retraten en Zahara de los Atunes, a fin de que la gente pueda seguir yendo a por atún y a ver a la Duquesa, manque sea en el «Hola»?
No sé qué será peor: si que los médicos chuflones salgan chorreando vanidad disfrazados con la bata blanca, o que los médicos meritísimos y eximios, como Cavadas, salgan disfrazados de King Africa, de Rappel, de Jesús Mariñas. Lo de Cavadas es como el chaleco ridículo de Evo Morales en Bolivia, pero en médico y en fresquito. Como el sombrero Stetson de paja de jipijapa de Zelaya en Honduras. Como cuando Morante de la Puebla se pone una prenda de cabeza tan torera (por los cojones) como el canotier de Maurice Chevalier. El otro día, en la terraza de Simón en Marbella (que es lo que nos queda después de cerrado Semon) Isabel mi mujer le compró un bolso (falso) de Prada a un Morenito de la Patera que llevaba un blusón africano así con tigres, igualito, igualito que el del Doctor House, digo, que el del Doctor Cavadas.
Al que, insisto, no le quito mérito científico, pero que por evitar una ridiculez ha caído en otra mayor. Ojalá me equivoque, pero un tío que se presenta a informar de su éxito disfrazado como el hechicero de la tribu el día de la patrona corre el riesgo de romper en una especie de juez Garzón de la Cirugía. Y menos mal que el Doctor Cavadas es de nuestro tiempo. Lo digo en su honor. Porque llega a nacer en el Siglo de Oro y nos quedamos sin Manco de Lepanto. Porque le hubiera trasplantado el brazo sano de Valle Inclán. Para el flamenco del siglo XX también habría sido terrible. Nos hubiéramos quedado sin Cojo Peroche, sin Cojo de Huelva y sin Enrique el Cojo.

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