Sábado, 22-08-09
AUGURO escasa resistencia a la intención del Gobierno de subir los impuestos a los ricos para sufragar el despilfarro gubernamental. Los ricos en cuestión vamos a ser más bien las clases medias que somos quienes pagamos impuestos religiosamente, pero ése es otro tema. Lo cierto es que las clases medias somos víctimas al igual que los ricos de verdad de la demagogia izquierdista contra las clases acomodadas. Una demagogia en la que hay escasa diferencia entre la intención de Hugo Chávez de erradicar los campos de golf de Venezuela y el mensaje socialista español de que toca a los privilegiados y a los culpables de todos los males, a los ricos, sostener el derroche de nuestro Gobierno.
Y sin apenas respuesta de la oposición y de la sociedad, tan asentada como está la demagogia izquierdista en este terreno. Y no sólo en nuestro país y en nuestra clase política. Está ampliamente extendida en Europa y muy en especial entre sus élites intelectuales. Lo mismo en las producciones populares como las novelas de Stieg Larsson, con sus ricos nauseabundos y malísimos, como en el ensayismo de alto copete.
Vean ustedes, si no, lo que ocurre con uno de los líderes de la peor demagogia izquierdista contra las clases acomodadas, el economista americano Paul Krugman. Pues que le dan el Premio Nobel de Economía y sin que nadie se altere. Por supuesto, el Príncipe de Asturias en nuestro país, y todo tipo de agasajos y honores en medio mundo, incluida la rendida inclinación de cabeza que le dedicó Zapatero. Y lo que es mucho peor, con notable respeto entre los círculos de derechas europeos, quizá porque no le han leído realmente o, más bien, porque los extremistas de este tipo tienen un excelente acomodo en los ámbitos intelectuales y es muy difícil que eso pueda corregirse desde la política.
Alguien que hubiera escrito lo que Krugman sobre los republicanos americanos, pero referido a los socialistas españoles o a los demócratas americanos, seguramente no obtendría el Príncipe de Asturias. Y tengo mis dudas sobre el Nobel. Fuera cual fuera su calidad, lo considerarían un provocador de extrema derecha y ya se sabe que ésos no tienen entrada en la élite que domina los círculos intelectuales europeos. Merece la pena leer su libro Después de Bush. El fin de los neocons y la hora de los demócratas, publicado en España en 2008. No sólo para tener un buen compendio de las ideas de la extrema izquierda estadounidense, sino para entender también la demagogia europea contra los ricos y la derecha. Que es la demagogia que inspira ideológicamente la teoría de los impuestos de nuestro Gobierno.
Sostiene este hombre que hay en marcha en Estados Unidos una vasta conspiración derechista liderada por las familias adineradas contrarias a los impuestos, por intereses empresariales opuestos a todo tipo de reglamentación y por intelectuales que quieren desmantelar el Estado de bienestar. Y como el dinero compra influencias, prosigue, y los ricos se han hecho más ricos por causas que fomentan la desigualdad, los ricos ya tienen dinero para comprarse un partido propio. O sea, que el partido republicano es un instrumento de los ricos para hacerse más ricos, explotar a los pobres y fomentar la desigualdad.
Y el autor de esta conspiración, que poco tiene que envidiar en términos de enjundia intelectual a la del hombre que llegó a la luna en un estudio de fotografía, tiene el Premio Nobel. Y sus admiradores españoles se disponen a subir impuestos a los ricos. No vaya a ser que pongan también en marcha en España una «vasta conspiración derechista» que diría Krugman.

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