Viernes, 14-08-09
EL matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de los hijos (Gaudium et spes). He aquí la grandeza del orden de la sexualidad, vehículo de trascendencia en relación al asentamiento de la familia, a su robustecimiento y expansión, a la consolidación de sus fibras filiales pletóricas en su ejemplaridad social y con contribución expansiva.
Buena política en la lucha y oposición a la expansión degenerativa del aborto es aquella que centra su esfuerzo en la colaboración y ayuda preventiva dirigidas a la mujer embarazada, a desmontar y echar por tierra sus miedos y tribulaciones, a afianzar la persuasión de que está capacitada para afrontar dedicaciones y esfuerzos que la aportación de una nueva vida demandan. Que nada significan aquellas u otras preocupaciones frente al goce de la estrenada maternidad, al abrazo mínimo de intensa conmoción de ese hijo traducción de una luz que se perpetúa entre sus brazos, cobijo y defensa del advenedizo ser.
La comisión interdepartamental de apoyo a la maternidad de Valencia ha aprobado el anteproyecto de Ley de Protección de la Maternidad para el apoyo decidido y proyección de las mujeres embarazadas a fin de paliar sus dificultades socioeconómicas y riesgos de toda índole que puedan amenazar la realización del propósito que le preside. La Comunidad pretende destacar en el empeño de ser una adelantada en diseñar una iniciativa legislativa de medidas a favor de ese colectivo de mujeres gestantes. Todas las ayudas que el Gobierno Valenciano pueda otorgar, ya sean de carácter social, sanitario, educativo, de vivienda, tienen que partir desde esa Ley que considera una embarazada no como una persona, si no como dos (J. Cotino).
En pocos supuestos como el del aborto se hace uso de una sarta de palabras forjadoras de una retórica equívoca y ambigua que viene esgrimiéndose con arteros fines llamados a inducir a confusión y al engaño. La siega de una vida en germen llega a concebirse como acto reivindicativo de dignidad, derecho nivelador de espirituales opciones, esforzado empeño de asentamiento de libertad y restablecimiento de una lógica en el tumultuoso conglomerado de pululantes del ser humano. Con la siniestra invocación del «aborto» se pondrá fin a una vida, apretado germen de ideales y proyectos. Un indiferente cainismo se pone a contribución en aras de superación de incomodidades y desvelos y de prosecución de un plano exento de aportaciones y de riesgos. A consumar un aborto se da fin a una vida en temple, y nunca una mera cuota de vida en detrimento de la madre. Es difícil imaginar que los protagonistas de tamaña consumación no resulten mediatizados por sentimientos de culpa tras la asunción del papel asignado en el complejo de actitudes en marcha. Ante tal grado de crueldad desplegado no puede menos de engarzarse en el corazón de los autores un sentimiento demoledor émulo del homicidio. ¿Quién habla de asegurar la dignidad de la mujer en este marco de desprecio, tiranía u odio?
El aborto provocado libremente, con pleno vacío atinente a la explicación última de la decisión, conlleva una repulsiva carga de perversidad. Difícilmente cruza la raya decisional abocante en la aniquilación de una vida humana, una madre que lleva grabado en su corazón y oídos el suave latir del hijo de sus entrañas. ¿Cabe el aborto como despiadado derecho de la mujer a anegar la sobrevenencia del ser fruto de su determinación? El ser humano es imagen de Dios. El proyecto de Ley de sus «expertos» abortistas viene a apuntar hacia un abominable intento deicida de quienes han perdido toda huella de humanidad y sentido. Es probable que ese ginecólogo autómata y verdugo del nuevo orden, experimente tras su cometido la nublación perturbadora de la indebida muerte fraguada. Con fundamento se comenta que el complejo institucional que se nos avecina entraña una propuesta que torna el derecho a vivir por el derecho a matar bajo el infame pretexto de la legalidad.
Doctor en Derecho
Ex Magistrado del
Tribunal Supremo

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