Lunes, 10-08-09
HE aquí uno de los rasgos más distintivos de nuestra época. «Decoro» es palabra desprestigiada en el uso común, una de tantas palabras sobre las que el progresismo contemporáneo ha arrojado una carga peyorativa, despojándolas de su significado originario: una persona decorosa ya no es la que inspira respeto, por adecuar su comportamiento y aspecto a su condición, sino una persona mojigata, pudibunda, retrógrada, escrupulosa en el cumplimiento de convenciones que la modernidad repudia. De modo que, para que no la tachen de tal, la pobre gente abducida se ha propuesto perder el decoro, que es tanto como perder el respeto por uno mismo, pues sólo quien ha perdido el respeto por uno mismo se cree incapaz de inspirarlo. Y, naturalmente, cuando alguien se pierde el respeto a sí mismo necesita, para consolarse, perdérselo también a los demás; y así se instaura el reinado de la chabacanería, donde la falta de decoro se convierte en regla de supervivencia generalizada. Y donde la persona decorosa se convierte automáticamente en diana de escarnio; de tal modo que, para pasar inadvertida, ha de avenirse a ser indecorosa, como cualquier hijo de vecino.
La pérdida generalizada del decoro, que es síntoma elocuente de decrepitud social, se expresa de las formas más variadas y repelentes, todas ellas caracterizadas por el rasgo de la fatuidad, esa especie de risueña complacencia de quienes pretenden que se les respete cuando han perdido el respeto por sí mismos. Y una de las expresiones más sobrecogedoras de esta pérdida generalizada del decoro, que en verano alcanza cúspides pavorosas, afecta al atuendo. El gran Martinmorales solía endulzarnos los meses estivales con viñetas en las que satirizaba esta relajación de los hábitos indumentarios; últimamente lo hace menos, hastiado de predicar en el desierto. Cuando Martinmorales comenzó a denunciar esta lacra, que ejemplificaba en el uso de pantalones cortos por varones adultos, la pérdida del decoro indumentario parecía circunscrita a lugares de veraneo; han pasado apenas unos años y la plaga del pantalón corto -como la más infecta aún de las chanclas- se ha extendido por doquier.
Basta salir a la calle en cualquier ciudad española para tropezarse con hordas que se pasean rozagantes exhibiendo unas pantorrillas satisfechamente pelambrosas, o lo que todavía resulta más estragador para el buen gusto: despojadas de su pelambre por el roce de las perneras del pantalón largo y de los calcetines que las han cubierto durante el invierno. Pero el repeluzno que provoca la contemplación de tales canillas -salpimentadas a veces de granitos, escocidas de ronchones, hasta visitadas por alguna culebreante variz- es apenas reseñable comparado con la náusea que despierta la contemplación de esos pinreles calzados -es un decir- en unas chanclas de goma, también denominadas «flip-flop», onomatopeya que trata de describir el sonido grimosillo que producen al andar. A nadie se le escapa que los pies son una de las partes más comprometidas de la anatomía humana, más propensas a callosidades y malformaciones (hay dedos de pie que parecen percebes de roca); la chancla de goma agrava ese espectáculo generalmente sórdido, porque es un calzado que, al no incorporar sujeción en el talón muestra la transpiración de la planta del pie, convertida ya en mugre (que en algunos casos podríamos calificar de «arqueológica», dada su densidad). Pero la chabacanería ambiental pretende que aceptemos tales adefesios indumentarios (no nos referiremos, por piedad, a esos top reventones que estrangulan las mollas de la tripa a tantas jamonas) con risueña complacencia; es la complacencia de quienes han perdido el decoro, que es tanto como perder el respeto por uno mismo.
www.juanmanueldeprada.com

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