Miércoles, 22-07-09
HACE tiempo que el Gobierno confunde el arte político de la diplomacia con el ejercicio de abrazar farolas. Sobre todo si se trata de farolas que despiden corriente de alta tensión capaz de electrocutar cualquier voluntad democrática. Farolas cubanas, farolas iraníes, farolas venezolanas, farolas palestinas, farolas guineanas. Moratinos debe de tener el cuerpo acalambrado de darse abrazos con lo mejorcito de cada casa. Pero hasta ahora al menos sus amigables obsequiosidades tenían lugar en el extranjero, ámbito específico y nominal de la actividad de su departamento. Ayer, sin embargo, el ministro de Asuntos Exteriores realizó la insólita pirueta de un viaje oficial... a España.
Con la visita a Gibraltar, el Gobierno de Zapatero ha dado un paso estrictamente histórico, porque es la primera vez en la Historia que un ministro español hace semejante ridículo. Hasta ahora todos los regímenes españoles de los tres últimos siglos, monárquicos o republicanos, absolutistas, despóticos o democráticos, habían venido considerando La Roca un vestigio colonial e ignorado con mayor o menor énfasis, con mayor o menor disimulo, sus pretensiones soberanas. Pero el espíritu adanista de este presidente, que siempre pretende reinventar la política, le ha empujado a este estrafalario salto simbólico que rompe una coherencia centenaria. Parafraseando al astronauta Amstrong, un paso pequeño para el hombre pero humillante para España. Un paso atrás, claro.
Gibraltar es un anacronismo irredento ante el que, mientras no se resuelva, conviene adoptar como mínimo una actitud de cortés contrariedad. Ya no es tiempo de manifestaciones patrioteras ni de pulsos grandilocuentes, sino de digno rechazo formalista y de suave presión democrática, aunque los tribunales europeos nos den revolcones como el de reconocer al Peñón su derecho a funcionar como una lavadora fiscal de dinero negro. Lo que no procede es arrodillarse para que nos escupan más cómodamente en la jeta, que es lo que ha hecho Moratinos con su abracadabrante excursión transfronteriza. Si había algún problema que negociar o resolver, bastaba con cualquier alto funcionario que no le diese al viaje rango de reconocimiento internacional. Y, a ser posible, del Ministerio de Interior, no de la Cancillería.
Pero el zapaterismo siempre tiene que dar su nota novelera, para que se note que nadie ha hecho nunca nada correcto hasta que ha llegado este Gobierno providencial a redimirnos de tanto error secular y tanta política trasnochada. Todos estaban equivocados hasta este momento estelar del buen rollito, hasta este instante sublime de la diplomacia contemporánea; lo moderno, lo progresista, lo chachi, es ser los primeros en hacer el primo. El otro primo, el de la chilaba, habrá tomado buena nota.

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...