Miércoles, 15-07-09
LA edición está fechada en el año en 1944 e incluye las bellas ilustraciones de J. Tenniel. Alguien me la regaló cuando yo era un niño; es la más vieja de mis posesiones. La realidad ha estado siempre en ese Otro lado del espejo de Lewis Carroll. Sigue estando.
Van ya para seis años que gentes necias lo controlan todo. La política. No sólo. Lo amargo es la invasiva potencia con la cual -camaleones inversos- lograron los políticos mimetizarlo todo en torno suyo. En la Florencia del sigo XVI, Guicciardini podía escribir a su compadre Maquiavelo cómo forzar a magos y adivinadores a imprimir, junto a sus predicciones futuras, las pasadas los aniquilaría. No es cierto. Hoy, cualquier ciudadano tiene en la banda ancha de su ordenador la universal memoria. Cada palabra que dijeron sus gobernantes está ahí. Y cada una de las realidades que la refutaron. Y cada una de las nuevas palabras que ocultaron las palabras anteriores, la realidad que vino, el testarudo choque de lo real con lo prometido... Y nada pasa. Puede, el burlado hombre de la calle, catalogar en su pantalla las secuencias que le fueron impuestas. Como una creencia. Puede leer y escuchar al gobernante que dijo que España estaba a pocos meses de alcanzar el paraíso del pleno empleo. Y al mismo gobernante arremeter, en ruda diatriba, contra quienes sugirieran que una crisis económica fuera pensable. Puede, enseguida, tener ante sí los pasajes en los cuales, llegada la tal crisis, prometía borrarla en pocos meses, dando la fecha fija después de la cual tornaría la euforia. Puede analizar los momentos en que, pasada esa fecha, fue augurada otra, y otra, y otra... El hombre de la calle se quedó sin trabajo, su hipoteca lleva meses sin ser pagada; su esperanza no existe. El hombre de la calle debiera estar furioso ante el cúmulo de engaños de los que fue víctima. Una mala sangre homicida podría latir en sus sienes, mientras repasa el catálogo de tanta burla. Como la víctima de los nigromantes a los que Guicciardini exigía dejar constancia escrita de su estafa, el hombre de la calle tiene ante sí todos los datos. Y permanece inmóvil. Silencioso. Muerto. Políticamente, muerto. Moralmente.
Estábamos habituados a políticos asesinos. A políticos ladrones. No supimos prepararnos para la etapa superior: políticos sólo necios. Hablando y actuando como necios. A los cuales su necedad preserva aun del mínimo principio de no contradicción. Políticos que dicen A y no-A en secuencia continua. Ni siquiera porque sean mala gente (aunque lo sean). Sólo porque desconocen que exista regla lógica que exige que A y no-A no puedan ser enunciados juntos. Y eso es, ya en sí, asombroso. Lo siniestro, no obstante, reside en otro estrato: en la onírica aceptación colectiva de ese uso demencial de las palabras.
Estamos despeñándonos. La recesión se nos lleva a todos por delante. Se nos seguirá llevando. Más hondo cada día, como exige la ausencia de medidas para acotar el daño. Y yo me parapeto en la misma edición del más viejo de los libros míos. Alicia es arrastrada, a una velocidad de vértigo, por la de pronto enloquecida reina negra. «¡Corre, corre! ¡Más deprisa, más deprisa!». La niña pierde el aliento, es llevada en volandas por la otra. Súbitamente todo está, de nuevo, inmóvil. Jadea: «¡Qué cosa más rara!». «¿Qué es lo raro?«. «Pues que en mi tierra, cuando uno corre así, acaba por llegar a algún sitio». Mira en torno, y es verdad que ambas siguen donde estaban al iniciar su fuga. «¡Qué país más extraño, el tuyo...! Aquí, ¿sabes?, es preciso correr cuanto se puede para quedarse en el mismo lugar». Siempre. Y da lo mismo.

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