«Diez años es más que suficiente»
Con un algo místico de izquierdas
Ningún entrevistado es lo que parece. Y especialmente Javier Solana… Desde luego, es el hombre educado y discreto que da su imagen, y con ese lenguaje entre diplomático y enrevesado, del sí pero no y, de entrada, tal vez. Pero hay algo más: esa forma abstraída de hablar, como en las nubes —lo que resulta lógico viviendo siempre en el aire—. Esa capacidad física —a pesar de un aspecto tan asténico— para resistir el continuo «tíovivo» de su agenda… Porque, más que un político al uso, tiene algo de místico de izquierdas —o social-demócrata, que resulta menos comprometido—. En su conversación siempre está presente la pobreza, el dolor presenciado, la necesidad de mejorar la vida de tantos, la obligación —su obligación— de prestar ayuda... Y siempre, también, la absoluta esperanza, casi el convencimiento —optimismo, según él— de que todo tiene arreglo. Que antes o después los conflictos se superarán, y remontaremos la crisis, y mejorará la vida del mundo; no sólo de Europa. Y él está dispuesto a participar en ello. ¿Desde dónde? ¿Y cómo? Lo tiene previsto, aunque no lo dice… Difícil papeleta para el porvenir de un hombre lúcido y, quizás, todavía en la mejor etapa de su vida.
Actualizado Domingo, 05-07-09 a las 17:18
Es nuestro político más universal. No cabe duda. En su día compartió el escalafón con Rodrigo Rato. Pero hoy sólo nos queda él, encabezando todos los titulares del mundo. Y lo mismo lo ves saludando tan amistoso a Hillary Clinton, que templando gaitas con Ahmadineyad o Netanyahu; yendo de China a Irán y del Líbano a Corea… por allí donde el viento de esta enloquecida humanidad lo empuja cada día. ¿Cómo habrá conseguido dominar el Jet-Lag? Creo que nadie vive más a salto de mata que Javier Solana. Y supongo que cada mañana, al levantarse, se dirá como en la película de Mel Stuart: «Si hoy es martes, esto es Bélgica».
Por fin, a mitad de camino entre Estocolmo y Trieste, y con un pequeño alto en Toledo, lo tengo sentado frente a mí.
Cuando usted se despierta, señor Solana, ¿sabe dónde está?
—¡Pues hombre!... normalmente, sí.
Sin embargo, acabo de presenciar una escena curiosa: Javier Solana ha llegado inquieto, algo nervioso. Ha vaciado la cartera de mano sobre la mesa, y ha empezado a rebuscar entre carpetas y documentos el cargador del móvil... y se ha vuelto hacia Cristina, su jefa de Prensa: «He debido olvidarlo en algún viaje... Porque ayer, ¿dónde estábamos?... ¿En Estocolmo?».
—Bueno, es verdad que llevo una vida compleja y muy activa. Agitada, no; porque yo soy una persona serena y no me agito. Pero nunca duermo más de dos días en la misma habitación, ni en el mismo lugar. Y no sé cuantas veces le he dado ya la vuelta al mundo... Supone un gran esfuerzo, pero todavía lo aguanto.
¿Usted es consciente del papel que ocupa? Porque hace unos meses alguien comentaba: «Yo coincidí con Javier en la Universidad, fíjate... ¿Quién le iba a decir entonces hasta dónde iba a llegar?».
—¡Hombre!... no me paro a pensarlo. Parece un poco ridículo, pero yo tampoco soy consciente de dónde estoy. Y es verdad, no te das cuenta de que otros pueden verte en una posición relevante... En cambio, para mí, es sólo un puesto de trabajo que intento hacer lo mejor posible.
—Un puesto de trabajo que le permite estar en el centro de las decisiones, conocer a quienes mueven los hilos, ¿no?
—Sí… A veces echo un vistazo a la agenda y me sorprendo de la cantidad de gentes importantes —importantes para las cosas que hay que hacer— que he visto en siete días.
¿Quién le ha despertado más admiración?
—Eso es más difícil de concretar, y tampoco me interesa mucho hacerlo público... Me costaría señalar sólo a uno; y no quisiera dejar mal a otros.
¡Vaya por Dios! Hemos topado con la prudencia de los políticos en activo. Insisto. Duda...
—Bueno, mire usted, yo he tenido una gran admiración por Felipe González... Y la tengo. Lo considero un gran amigo. Viví 14 años de ministro en sus gobiernos, y después la vida nos separó. Pero nunca se perdió ese afecto ni el contacto. Todavía hablo con él regularmente.
Y cuando le pregunto en qué tipo de socialismo se encuadra, si en el de Felipe González o en él de Rodríguez Zapatero, despliega toda su sabiduría diplomática, y se adentra en una disertación sobre los problemas nuevos y viejos, su encarnación en los liderazgos y la matriz común de las ideas. O sea: que no sabe, no contesta.
—Fuera de España una de las personas que más me impresionaron fue el Rey Hussein de Jordania. Era un hombre de una gran dignidad; de una gran elegancia intelectual y personal... lo vi muchas veces a solas. Incluso me invitó a su 60 cumpleaños.
Al final, habla también de Mubarak, con quien juega al squash desde hace años, de su gran amistad con el primer ministro del Líbano, y con Simón Peres, de su buena sintonía con Delors, o con Clinton, al que sigue viendo a menudo… Y de la Europa actual, donde lógicamente, se lleva mejor con unos que con otros. «Por ejemplo, ahora tengo una muy buena relación con Merkel». Pero cuando le pregunto quién lo propuso como secretario general de la OTAN, se escapa.
—Los Estados miembros, claro.
La idea partiría de alguien…
—Pues yo no lo sé… Porque esas cosas nunca se saben.
Pero usted se lo imaginará.
—Sí… yo imagino que Clinton… aunque son cosas que no se dicen.
Sin embargo, señor Solana, aunque usted ejerce férreamente la diplomacia, cuando en una ocasión reciente le pidieron una definición de algunos líderes, usted dijo de Berlusconi: «Demasiado ligero».
—... Bueno. Dejémoslo ahí —sonríe—.... dejémoslo ahí.
Y también dio la sensación de no ser muy devoto de Bush hijo y de Aznar.
—… Pues no… no recuerdo lo que dije. Por supuesto, no son amigos míos. Pero yo tampoco siento enemistades profundas. No me parece interesante tener enemistades profundas con nadie. Pero ninguno de los dos está entre las personas que yo cuento como amigos.
Cuando hace recuento de los momentos memorables de su carrera recuerda aquel viaje por el río Congo, con el presidente Kabila, en un pequeño barco casi miserable, pero con tan buen ambiente que lograron redactar los dos o tres artículos fundamentales de la Constitución, que permitirían las elecciones en el Congo. O cuando vivió la muerte de Arafat, como el único extranjero que compartió con sus amigos la noche del funeral. O las largas discusiones con los pastunes, después del asesinato de Butto....
Ser testigo tan directo de la historia le supondrá una gran satisfacción.
—¡Hombre! Las satisfacciones son siempre personales. Lo importante es la repercusión que tienen tus actos en la gente próxima. Cuando consigues resolver problemas graves y ves que has influido para resolverlos, esos son los mejores momentos. Los que producen verdadera satisfacción.
¿Y los malos?... Porque usted dice que ha vivido muy malos momentos...
—Sin duda. He pasado momentos muy malos. Los peores que yo recuerdo siempre han tenido que ver con las guerras. Cuando me ha tocado negociar en situaciones dramáticas. Cuando tratas de parar una guerra, o alcanzar un acuerdo de paz, y sabes que están en juego muchas vidas y muchos sufrimientos... Y que tratar de resolverlo cae sobre tus espaldas. Son momentos de una intensidad que sólo quien las han vivido sabe lo que significan... Por ponerle un ejemplo, lo he pasado muy mal en Oriente Medio... Llevo ya tantos años implicado en ese problema, con Israel, con los palestinos, con Egipto, Jordania, el Líbano...
¿No siente usted una enorme frustración cuando ve que choca contra un muro?
—Casi siempre te encuentras con un muro. La cuestión es cómo lo derrumbas. A veces piedra a piedra, y a veces se cae de golpe. Una lección importante es saber aceptar que cada situación es diferente: la historia, la cultura, la lengua, la raza... Todo influye. Lo que no podemos es empujar, sino ganar confianza. Usar sobre todo la persuasión.
¿Esa es su mejor cualidad? ¿No cejar, no darse por vencido?
—No soy yo quien para destacar mi mejor cualidad. Pero, creo que soy testarudo y tenaz. Y creo también que es necesario ser optimista. Si te dejes vencer por el pesimismo, te caes. Y si no eres tenaz terminas abandonando... Porque las soluciones son de largo aliento. Nada importante se logra en una comida o en una conversación; todo requiere preparación y esfuerzo. A veces veo gente de una gran superficialidad que, sin conocimientos históricos ni de la realidad, se meten a resolver problemas que le será difícil resolver.
¿No le irrita?
—Me irrita... Pero, bueno... ¡No hay nada que hacer!
Usted tiene una gran fe en Europa. Le oí una frase que me recordaba a la película «Gladiator»: «Europa fue un hermoso sueño, que se ha hecho realidad». En «Gladiator», claro, hablaban de Roma. Pero Roma terminó desapareciendo.
—Sí... Pero aún digo más. Sin duda creo que Europa es una magnífica idea que se ha hecho realidad. Pero voy más lejos: ¡Es que Europa es indispensable! En esta crisis económica que estamos viviendo se ve claramente: si no tuviéramos Europa estaríamos todos infinitamente peor. El euro y el mercado único nos han protegido de situaciones que podrían haber sido aún mucho peores.
¿Usted no piensa que con Occidente se terminará repitiendo la historia de Roma?... Que todas las civilizaciones nacen, crecen y, llegado el momento, desaparecen.
—Yo no lo creo. No hay razón para pensar que Europa va a desaparecer. Yo creo que hemos llegado a unos niveles de desarrollo, de cultura, de tecnología y, sobre todo, que contamos con unos valores generalizados que nos van a permitir sobrevivir. Ninguna civilización anterior ha sido tan universal.
No cabe duda de que es usted optimista.
—Pero no un optimista «naif». ¿Eh?... No soy un ingenuo. Creo que en el mundo que se nos avecina, un mundo donde en Occidente bajaremos en población y también, seguramente, en riqueza colectiva. Europa será la mejor defensa para los que pertenecemos a este continente. Y seguiremos contando, porque aún tenemos cosas que decir y valores que defender. Europa hoy es una realidad que no deberíamos poner en riesgo.
Pues parece que algunos peligros sí acechan a Europa ¿no? Por ejemplo, el resurgir de los nacionalismos.
—Ese es un peligro para cada uno de los países, más que para Europa. Para la Unión Europea supondría un problema de gestión, desde luego. Y pienso que todos debemos hacer lo posible para que eso no ocurra, yo espero que los gobernantes y la sociedad hagan un esfuerzo para imponer algo de racionalidad en todo ese proceso.
Otro peligro es el terrorismo.
—Sí… Pero es un peligro para el mundo entero. Por eso debe ser un tema prioritario para cualquier país responsable; porque hoy la movilidad es enorme. Y por eso también tiene tanta importancia la cooperación en la lucha antiterrorista.
Ahora, vamos al problema energético. Usted advierte que en el mundo va a aumentar la demanda de energía. ¿Es usted también partidario de la energía nuclear?... También como Felipe González, quiero decir.
—Bueno, sí.... Pero yo no creo que los países vayan a tener como energía primaria la nuclear. Habrá que hacer un «mix» inteligente de energías. Y eso incluye también una componente de energía nuclear. España ya cuenta con ella, y nuestras centrales nucleares tienen todavía una vida media suficiente; por tanto, no hay que cerrarlas mañana.
Pues precisamente señor Solana ésta ha sido la gran discusión: si habría que cerrar Garoña.
—Yo le estoy diciendo lo que yo pienso. Creo que no hay que cerrarlas en tanto tengan una vida útil. Porque aquí coinciden dos temas: la demanda de energía y la necesidad de disminuir el CO2. Por lo tanto habrá que buscar una mezcla de energías que sean limpias. La nuclear lo es, pero no es la única. Hay energías alternativas —la solar, la eólica, la hidráulica...— en las que España está en primera fila. Habrá que diversificar. Y, por lo tanto, mantener también un cierto nivel de energía nuclear.
Y llegamos a la crisis. Ese es ahora el problema más acuciante, ¿no? ¿Qué la ha provocado?
—Cualquier persona con sentido común reconoce que aquí ha fallado el mecanismo de regulación. Porque esta crisis no ha sido consecuencia de una guerra. No hay destrucción de capital físico, ni un tsunami, ni catástrofes... Las empresas y las gentes son las mismas. Ha habido una falta de regulación y unos comportamientos de personas concretas, con gran poder, movidas sólo por la codicia. Y eso no sólo ha destruido el sistema financiero, sino también el entramado de confianza. Habrá que regularlo para que sea más difícil que se repita. Porque, fíjese, insisto: ya hemos gastado más para salir de esta crisis que lo que gastamos para salir de la Segunda Guerra Mundial.
¿La globalización ha influido de algún modo? Y en todo caso, ¿la globalización ya no tiene marcha atrás?
—No. Desde luego la globalización está para quedarse. Y le advierto que tiene una parte enormemente positiva. Gracias a ella muchos millones de personas han salido de la pobreza. Pero deberá estar más ordenada, porque tiene también su parte oscura.
¿Cuál?
—Pues, por ejemplo, precisamente, la poca atención que se ha prestado a la pobreza. Piense usted que, de aquí al año 2025, la población va a aumentar mucho en África, mientras que en Europa se va a estancar. Por darle un dato: hacia ese año 2025 casi la mitad de la población de toda África tendrá menos de 18 años. ¿Sabe usted lo que eso significa?... Cientos de millones de jóvenes buscando empleo... Tensiones migratorias...
¿Y en Europa bajará el nivel de vida?
—No, yo creo que podemos mantenerlo. Lo que no podremos seguramente es tirar cohetes. Tendremos que acostumbrarnos a que el empleo tenga unas características distintas a las que tenía hasta ahora. Habrá que alargar la vida activa, y aceptar los cambios de empleo. Los mecanismos fundamentales de la seguridad social seguirán funcionando... Estoy seguro. Ahora bien, será necesario aumentar la productividad por hora trabajada. No podemos caer en la molicie e ir hacia abajo. Hay que mantener ese esfuerzo vivo si queremos conservar nuestro nivel de vida. Que todo el mundo sea consciente de ello.
Usted repite siempre: «De esta crisis se va a salir»... ¿Cuándo? ¿Cómo?
—Ya estamos en el buen camino. La cuestión ahora es el ritmo, la velocidad de salida; y qué países saldrán más deprisa y quienes lo harán más despacio. ¿Cuánto se va a tardar en salir?... No sé si algún insensato se atreve a ponerle fecha. Pero yo no me atrevo. Aunque desde luego no será dentro de muchos años. Pero corremos el riesgo de que ésta no sea una crisis de caída rápida y de subida rápida; sino que vivamos una situación, larga y plana, de crecimiento bajo. Eso sí es posible; y será malo porque entonces el empleo será la última variable que se recuperará. Y el desempleo es lo que más hace quebrar y sufrir a las sociedades.
¿Qué ritmo de salida tendrá España?
—Creo que debe tener un ritmo medio europeo. En este momento, la tendencia no es todavía a crecer, pero es a decrecer más despacio. Lo cual es ya un primer paso para el giro hacia el crecimiento... Aunque es verdad que el empleo se recuperará en una segunda variable.
De nuevo Javier Solana utiliza un lenguaje amable y críptico para endulzar un anuncio amargo. Pero a buen entendedor —incluso a entendedor mediocre—, esa diplomática frase basta: parece que en España nos queda todavía un largo camino por delante.
Usted advierte también que saldremos de la crisis, seguro, pero que el mundo ya será otro.
—Estoy convencido de ello. De esta crisis saldremos… Pero cuando salgamos el mundo será distinto. Será distinta la sociedad, habrá nuevas relaciones de mercado, de Estados, se cambiarán algunos paradigmas, los países emergentes tendrán más peso. El G8 no podrá resolver los problemas y dejará de existir a favor de un G20... Para evitar las grandes crisis habrá que contar con Rusia, China, México, Brasil... Todos esos países que en la mesa de decisiones ahora estaban invitados sólo a los postres tendrán que sentarse a la mesa desde el principio. Por ponerle un ejemplo: Hoy, ya resulta imposible resolver la crisis económica sin contar con China, que es el primer país ahorrador del mundo.
Jesús Fueyo dijo, allá por los 60, que cuando viéramos asomar la primera coleta china por detrás de los Urales Occidente se podría dar por perdido.
—No tengo la menor duda de que China va jugar un papel fundamental, que se va a desarrollar, que la gente saldrá de la pobreza. A mi juicio, lo más importante es el aumento vertiginoso de su clase media. Piense usted que sólo unos pocos meses antes de nuestra transición China acabó con la revolución cultural. Por tanto, en el mismo tiempo histórico de nuestra transformación, ha pasado de las universidades cerradas a generar cada año miles y miles de ingenieros, de físicos, de químicos... de gente educada y sofisticada. Ha pasado de ser nada, a lo que es hoy. Realmente es un magnífico esfuerzo. Si China no siguiera ahorrando, no siguiera creando riqueza, moviendo su mercado y su nivel de vida, la economía occidental se ahogaría.
O sea, que quizás China sustituya algún día a Estados Unidos en el ranking del poder mundial... Por cierto, ¿por qué hay tanto antiamericanismo en Europa?
—¡Hombre!, yo no creo que haya antiamericanismo en Europa. Ha habido algunos gobiernos de Estados Unidos que han sido más o menos apreciados. Pudo haber un «anti cierto gobierno» por ejemplo en el momento de la guerra de Irak... Pero es que estamos hablando de un país muy importante, cuyas decisiones afectan a muchos. Y siempre se le pide más al país que tiene más poder y más influencia. Lo cual no implica que exista un antiamericanismo.
Me temo que esa opinión obedece a su optimismo confeso.
—Mire usted, yo he estado en Praga y he visto las calles abarrotadas de gentes que venían a escuchar al presidente Obama; gentes que tal vez no sabían inglés… Y lo mismo sucedió en Berlín, y en Estrasburgo... y si viniera aquí, pasaría lo mismo.
Seguro. Pero ese es otro tema. La obamamanía imperante, ¿no será un problema incluso para él? ¿Va a poder cumplir con todas las expectativas que ha despertado?
—Yo no lo conozco mucho, aunque me he entrevistado con él en varias ocasiones, pero me parece un hombre con una gran capacidad. Capacidad de organización, capacidad de escuchar y aprehender lo que escucha, de concentrarse en los temas... Y, además, con un enorme carisma. Por tanto, reúne un conjunto de elementos fuera de lo normal. Creo que hará buenas cosas para su país, y para el mundo, porque tiene también responsabilidades fuera de su país.
Escuchando a Javier Solana, imagino que estar en los entresijos de la política crea adicción. ¿Y qué hará cuando lo deje?
En octubre acaba su mandato. Se apruebe o no el tratado de Lisboa, ¿usted se plantea seguir tanto en un caso como en otro?
—Pues en ninguno de los dos. Yo tenía un mandato de diez años que he cumplido. No me planteo seguir más allá. Incluso he tenido la satisfacción de ser nombrado como primer alto representante para ejercer las nuevas tareas, si se hubiera aprobado el tratado de Lisboa. Y no lo pude ejercer porque los «referéndum» no funcionaron.
Bueno, ¿y si le proponen continuar?
—En principio, mi mandato se acaba a mitad del mes de octubre. Llevo 10 años que han sido fundamentales para mí; pero también creo que lo han sido para Europa. Hemos hecho cosas extraordinarias. Hemos puesto a Europa, con cara y con ojos, en el mundo... Cuando me designaron, en el año 1999, no existía nada de lo que hay ahora; nada de nada. En estos diez años, la hemos puesto en marcha. Y me siento tranquilo y satisfecho. Continuaré trabajando con la misma intensidad hasta que mi mandato acabe; y cumpliré con él hasta el último minuto. Pero ahora creo que mi tiempo ha llegado.
¿Y si le insisten?
—No tiene sentido. Saben lo que pienso, no he engañado a nadie. Tengo la satisfacción de que todo el mundo me aprecia, y aprecian mi trabajo... y creo que diez años es más que suficiente.
Y después, ¿qué?
—Pero es que esto no significa que me vaya a ir a dormir... Llevo muchos años activo y no lo voy a dejar. Hay muchísimos lugares donde se puede servir. Moriré con las botas puestas.
¿Cómo? ¿Dónde?... ¿En España?
—Yo no he dejado nunca de ayudar a España, de querer a mi país, de trabajar por él. Pero no estaré en la vida política activa española.
¿La sociedad se puede permitir el lujo de prescindir de las experiencias acumuladas?
—La sociedad tiene otros muchos mecanismos para utilizar las experiencias. Yo ahora conozco mejor el mundo. Y conozco también sus necesidades mucho mejor que antes. Por tanto puedo seguir trabajando para él. Seguiré sirviendo a unas ideas y a unas causas que siempre he defendido... Sin necesidad de continuar ocupando un puesto, por un tiempo más allá de lo razonable.
Y me explica que le gustaría ejercer la docencia, porque le interesa enseñar a los jóvenes, aunque sólo en algún periodo del año, y que dará alguna conferencia, seguro, porque se lo pedirán. Y podría colaborar con las organizaciones no gubernamentales, y con fundaciones y con instituciones educativas… Pero que su vida tendrá siempre una vertiente internacional.
¿Ya se ha planteado un porvenir concreto?
—No. Tengo todavía por delante varios meses en activo.
Pues si a pesar de todo, señor Solana, al final continúa usted en la Unión Europea, lo llamaré para que me lo explique.
Se ríe. Y con un «No sé si la he aburrido» da la conversación por terminada: «Bueno, pues yo tengo que dejarles, porque aún me quedan algunas cositas por hacer...».
¿Algunas cositas sólo?... Cómo dar su décima vuelta al mundo, o quizás, negociar algún proceso de paz antes de que llegue octubre...

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