Una nueva generación de iraníes ha tomado las calles de Teherán en un movimiento que comenzó como un espontáneo estallido de cólera por el falseamiento de las elecciones, pero que creció hasta convertirse en una masiva reclamación de libertad
Actualizado Domingo, 21-06-09 a las 08:37
Sábado 8 de junio. Diez de la noche. Mahmoud Ahmadineyad gana las elecciones por mayoría absoluta. Ali y su hermana se despegan del televisor sin poder creerse las cifras oficiales. Se rumorea que Mir-Husein Musavi está bajo arresto domiciliario. Por las ventanas se cuela el sonido de las bocinas en la calle Valiasr y los gritos de «muerte al dictador». Confundidos y enfadados bajan al portal y se encuentran allí al resto del vecindario. Todos hablan de lo mismo. De pronto un grupo con pañuelos verdes en las caras comienza a gritar y a meterse entre los coches intentando parar el tráfico. Es el inicio de dos noches de violencia callejera en la capital iraní.
«Hemos crecido viendo esas imágenes en los medios. Niños y jóvenes palestinos enfrentándose a tanques y fuerzas de seguridad israelíes con piedras y barricadas. Esto duró sólo dos días, pero por momentos nos sentíamos en plena intifada contra el Gobierno». Zahra, nombre ficticio de una joven de 24 años, salió a la calle como otros miles de personas y durante 48 horas convirtieron Teherán en un campo de batalla contra unas fuerzas de seguridad que tuvieron que recurrir a los voluntarios de la milicia islámica del Basij para acabar con los disturbios. La noche del sábado, instantes después de que el ministerio de Interior anunciara la victoria de Ahmadineyad con 24 millones de votos, la violencia se expandió rápidamente por las calles.
«No he visto nada igual en treinta años». Recuerda Zahra que gritaba eufórico un anciano desde una ventana mientras un grupo de encapuchados pasaba de los gritos a cruzar un contenedor en plena calle Valiasr y después le prendía fuego. No hay balance oficial de daños, pero el mobiliario urbano de Teherán, entidades bancarias y autobuses fueron objeto de actos de una lucha callejera que la capital no había visto desde hace 30 años, cuando otra generación de jóvenes estalló de rabia y se echó a las calles para derrocar al Shá. Hoy muchos de aquellos jóvenes controlan la república islámica.
«Fue absolutamente espontáneo. Lucha por barrios, por calles y en pequeños grupos. La clave fue que conocíamos muy bien el lugar y cada vez que se acercaba la Policía sabíamos cómo escapar. No buscábamos el enfrentamiento directo, sólo generar cuantos más problemas mejor. Después subíamos a las azoteas y de una a otra escapábamos del lugar para volver en cuanto ellos se iban», confiesa Ali, que desde hace una semana no ha abierto su estudio de diseño gráfico y se dedica en cuerpo y alma a las manifestaciones reformistas. «¿Armas? Nada de nada, sólo gasolina de los coches y motos y piedras. Las armas las usaban ellos como se pudo ver en la plaza Azadi», afirma en referencia al tiroteo que acabó con la vida de al menos siete manifestantes.
Fue la violenta respuesta de una masa de votantes reformistas mayoritariamente jóvenes que se sintieron engañados con el recuento oficial. El corte de las comunicaciones, la detención de los líderes reformistas, el cierre de sus páginas web fomentaron los rumores y ayudaron a sembrar el caos entre estos hijos de la revolución islámica, que rompieron el férreo control de las autoridades.
Pero dos días después, tras la primera aparición pública de su líder, Mir-Husein Musavi, atendieron su llamamiento a la calma y desde entonces apenas se han registrado incidentes. Las protestas entraron en una segunda fase pacífica y silenciosa. Son las marchas con las que los líderes reformistas han logrado aplacar los ánimos de esta mayoría silenciosa —al menos en Teherán— que poco a poco se extiende a otras ciudades como Isfahán, Shiraz o Mashad.
«No teníamos teléfono, no sabíamos lo que ocurría en el resto de la ciudad. Pero había algunas personas que en moto recorrían los barrios y nos informaban de que Teherán entera estaba en lucha. Eso nos daba coraje para seguir en las calles». El ministerio de Interior no tardó en tomar cartas en el asunto. Las fuerzas especiales y los antidisturbios se emplearon con contundencia y detuvieron al menos a 200 personas. Con el paso de los días las autoridades informaron también del apresamiento de los presuntos cabecillas de la violencia callejera a los que les interceptaron «armas, municiones y material para la fabricación de explosivos».
Los jóvenes consultados por ABC aseguran que carecían de órdenes, de estructura y de jefes que lideraran el movimiento. «Precisamente eso es lo que faltaba, un poco de orden. Fue tan espontáneo, tan a la iraní, que sorprendió a las propias autoridades. No podíamos comunicarnos para coordinar, fue todo improvisado», asegura Ali.
Desde el cuartel general de Musavi, algunos de los responsables de la campaña seguían con preocupación los brotes de violencia y repetían que ese no era el camino. «Eso es lo que algunos buscan para mostrarnos ante el mundo como unos violentos. Nos llegan denuncias de que algunos elementos del Basij (élite de la Guardia Revolucionaria) están provocando a la gente para crear problemas». Con el paso del tiempo, sus teléfonos, antes incluso que los del resto de ciudadanos, dejaron de funcionar. La intervención de las comunicaciones y el trabajo de la ciberpolicía para detener el flujo de imágenes y vídeos vía internet no lograron frenar la puesta en marcha de una segunda fase de protestas, esta vez convertidas en marchas pacíficas.
Pese a que comunicarse en estas condiciones es un milagro, cada día decenas de miles de personas se reúnen en el mismo lugar y a la misma hora. «Y esto no va a parar hasta que logremos que se repitan las elecciones», aseguran los reformistas.
«Llegaron al barrio en motos y con palos y rompieron los cristales de decenas de coches». Ahmed vende seguros por la mañana y conduce un taxi por la tarde. Este licenciado en Ingeniería vio con sus propios ojos cómo un escuadrón de paramilitares causaron graves destrozos a una treintena de vehículos en el barrio de Sobhan, zona del norte de la ciudad donde residen numerosos parlamentarios. El portavoz del Parlamento, Alí Lariyani, elevó una queja formal por lo sucedido.
«El enfado de la población es más que comprensible. Estamos en mitad de un juego político muy marcado por el cambio de circunstancias globales. Si Irán no acepta el cambio, la situación será catastrófica. No creo que Musavi dé marcha atrás, no tiene más remedio que cumplir sus promesas y el sistema debe darse cuenta de que el reformismo es ahora la única salvación. La república islámica se encuentra en grave peligro», opina el analista político y ex representante de Irán en las Naciones Unidas, Davoud Hermidas Bavand.
Esta visión de la crisis como un fenómeno globalizado es compartido por las autoridades que no tardaron en calificar el movimiento reformista —bautizado como «ola verde»— de movimiento títere en manos de las potencias extranjeras. La Guardia Revolucionaria advirtió de que iniciaría «medidas legales contra los bloggers y webs que colgaran contenidos que incitaran a la violencia», ya que están «financiados y apoyados técnicamente por EE.UU.» Ahmadineyad calificó las protestas de «guerra psicológica». Una actitud fuertemente a la defensiva que no responde a la opinión general en la capital. «Los sistemas totalitarios tienden a pensar que lo saben todo sobre todo y todos, pero la historia demuestra que en algún momento fallan», recuerda Bavand.
Pánico en la universidad
La Universidad de Teherán fue escenario de graves incidentes el 9 de julio de 1999 —fecha que los estudiantes siguen recordando cada año— tras el cierre del diario reformista Salam. En esta ocasión las elecciones coincidieron con un período de exámenes en el que no había clases. Silenciados por lo medios oficiales, los estudiantes denuncian que las fuerzas paramilitares del Basij entraron a los dormitorios por la noche y asesinaron al menos a cuatro personas. Los medios reformistas publicaron sus nombres e hicieron un llamamiento para que los funerales se celebraran en el campus. Si no hubiera sido por las imágenes captadas en el lugar de los hechos, este capítulo nunca habría salido a la luz. El rector lo niega, el ministro de Interior asegura que hay una investigación abierta y de momento los únicos muertos reconocidos por el régimen son los siete manifestantes abatidos a tiros por el Basij en la plaza Azadi.
Tras dos días de enfrentamientos, el Basij entró en juego con autorización para usar fuego real. Esta orden —que los milicianos gritaban desde sus motos para amedrentar a la población— llegó justo cuando los incidentes remitían en una fase de protestas pacíficas. «Y ahora vamos con una tercera fase, con el llamamiento a la huelga general. La gente está con nosotros, ha perdido el miedo a echarse a las calles y será capaz de seguir aguantando», informa un analista de un periódico reformista clausurado estos días.
La violencia callejera duró apenas dos días. La ciudad se acostaba en llamas y se despertaba con unas calles limpias donde los funcionarios municipales retiraban los restos de la batalla a contrarreloj. Tras una jornada de silencio y opacidad informativa, los medios oficiales finalmente se hicieron eco de los actos vandálicos. En su primer gran mitin tras proclamarse vencedor, Ahmadineyad proclamó ante los suyos que las protestas eran sólo fruto del mal perder del reformismo. Este «mal perder», sin embargo, es ahora un movimiento multitudinario, al que se van sumando deportistas, intelectuales, artistas, escritores… de dentro y fuera de Irán. Algo se mueve en el interior de la república islámica y el 12 de junio, fecha de los comicios generales, será desde ahora una onomástica que nunca será olvidada. Una fecha para un antes y un después.

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