Lunes, 15-06-09
De nuevo andamos metidos en el controvertido tema del aborto. Porque pese a que algunos consideren que es un debate superado por la sociedad española, en modo alguno lo está, particularmente en lo que se refiere a la nueva Ley en ciernes. La ampliación desde la Ley de supuestos a la de plazos ha abierto y enconado de nuevo la discusión.
Yo no voy a entrar aquí en consideraciones que tengo, personalmente, zanjadas. Doy por ciertos los argumentos que consideran al feto un ser humano desde la concepción. Por consiguiente, no me parece razonable negarle esa consideración así como la decisión de deshacerse de él «sin más».
Pero no pretendo aquí ir por ese derrotero ético-jurídico. Me preocupan otras cuestiones que en mi opinión tienen gran alcance. La primera es la situación demográfica del país al que no vendría mal tener una natalidad más alta. Hemos superado los 500.000 nacimientos en 2008 y eso es una buena noticia, pero todo apunta a que desde este año la cifra va a caer. Un volumen que podría mejorar si algunos de esos más de 100.000 abortos que equivalen a una cifra superior al 20% del total de los nacidos vivos, acabasen ellos también saliendo a la luz. No estoy proponiendo ninguna política natalista, pero sí es verdad que como decía Fraga «Paña ita iños» (España necesita (más) niños).
La segunda es que la nueva Ley de plazos, como antes la del matrimonio homosexual y ahora la de la píldora del día después, dividen a la sociedad española. Vivimos en un país sin apenas políticas de Estado. No hay consensos básicos sobre lo que la mayoría de la sociedad española querría. No hay políticas que aglutinen. Todo lo contrario, hay medidas, que aunque satisfagan los intereses de algunos sectores, por respetables que sean, contribuyen a la fragmentación de la sociedad. Cuando menos las leyes deben responder a una clara demanda social y con la ampliación del aborto no parece que esto suceda.

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