Domingo, 14-06-09
EL análisis territorial de los últimos resultados electorales demuestra que el PSOE sufre graves problemas para mantener el apoyo de los ciudadanos y confirma la probabilidad de un cambio de ciclo en la política española. Como es notorio, los socialistas cuentan con sus «agujeros negros» como son Madrid y la Comunidad Valenciana, donde Esperanza Aguirre y Francisco Camps trituran uno tras otro a los líderes efímeros que promueve el aparato de Ferraz. La derrota en Galicia ha dejado al PSG en manos de un dirigente con escaso arraigo, lastrado por la herencia del bipartito que presidía Emilio Pérez Touriño. Castilla-La Mancha, feudo tradicional tras el largo mandato de José Bono, parece inclinarse con claridad a favor del PP. Tampoco en Canarias pintaron bien las cosas el 7-J, a pesar de que Juan Fernando López Aguilar era el cabeza de lista para el Parlamento europeo. Todavía más preocupante debería ser para los estrategas socialistas el lento pero imparable declive de su hegemonía en Andalucía y el distanciamiento del proyecto que lidera Rodríguez Zapatero por parte del PSC, una formación política autónoma que crea continuos problemas al presidente. Tampoco se perciben indicios de recuperación del voto socialista en las regiones con fuerte mayoría popular, como Castilla y León o Murcia. Así las cosas, la única buena noticia desde hace tiempo ha sido el acceso a la presidencia de Patxi López en el País Vasco, con el matiz que deriva del peculiar contexto en aquella comunidad autónoma tras el pacto PSE-PP.
A la vista de los datos concluyentes, sorprende -todavía más- que nadie en Ferraz o en La Moncloa promueva una autocrítica seria y rigurosa, confiando toda la estrategia a las ocurrencias del día a día y una campaña de descrédito contra el adversario a base de maniobras oportunistas. Está claro que los ciudadanos otorgan escaso crédito a los planteamientos que dan por hecho la identificación entre el PP y la corrupción, entre otros motivos porque intentan extraer conclusiones definitivas donde sólo existen procesos judiciales abiertos.
Tampoco el giro a la izquierda en el terreno ideológico resulta eficaz en una sociedad madura y seriamente preocupada por las secuelas de la crisis económica. Solo un análisis tosco y superficial puede imaginar -que a estas alturas- la opinión pública se dejara influir por mensajes obsoletos contra la energía nuclear o por guiños a los sectores extremistas en relación con el aborto y otras cuestiones sensibles en el plano moral. El PSOE ha perdido la sintonía con la gran mayoría social, mientras el presidente del Gobierno agota su crédito entre medidas incoherentes y promesas sin fundamento. El Ejecutivo ya no goza de la confianza de una sociedad irritada y, en estas condiciones, es casi imposible superar una legislatura llena de obstáculos a base de equilibrios parlamentarios cada vez más inestables y de imágenes para la galería que ya no engañan a nadie. Con el mapa de España en la mano, el PSOE debería hacer examen de conciencia y exigir a los aparatos territoriales un nuevo impulso político a base de trabajo, coherencia y sentido de la responsabilidad.
Muy al contrario, Rodríguez Zapatero parece dispuesto a vivir al día, ignorando las voces de alarma que provienen de líderes históricos tan relevantes como Javier Solana, Joaquín Almunia, Jesús Leguina o el propio Felipe González, e incluso ahora Alfonso Guerra. Lo peor es que todos los españoles pagamos la consecuencias del autismo presidencial.

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