Viernes, 12-06-09
Fuad Ali El Himma no se presentó ayer en el acto electoral que tenía previsto a las seis de la tarde en Casablanca. Rápidamente tomó el avión de ocho plazas con el que ha hecho la campaña para las municipales de hoy y voló a participar en un mitin en Tiznit, al sur del país, según explicaron a ABC algunos de los que le acompañaban sin más explicaciones.
Camino del aeropuerto detuvo el descomunal Audi que él mismo conducía, seguido de otros dos vehículos de vértigo, y saludó a las masas que le esperaban en la ciudad de Mediuna. Diez minutos de besos, empujones, saludos, abrazos y vítores en medio de un tumulto de unas 300 personas apenas controlado por un discreto cuerpo de seguridad. Visto y no visto, el líder del Partido Autenticidad y Modernidad (PAM), y tan amigo de Mohamed VI que le llaman el «virrey», pisó la polvorienta calle central y se fue sin apenas abrir la boca, como observó este corresponsal.
El Himma nació el 6 de diciembre de 1962 en Marraquech. Compartió pupitre con Mohamed VI en el colegio real y en 1986 ya hizo sus primeros pinitos en el Ministerio del Interior, en la inefable época de Dris Basri.
Después llegó a jefe de gabinete de Mohamed VI. Pero el altísimo grado de confianza mutuo le iba a deparar a Himma puestos aún más destacados. El nuevo soberano, que se apresuró a enviar a Basri a galeras, creó un cargo a la medida de su «virrey», descrito como tímido y calvo prematuro. Es ahí, de ministro delegado del Interior, donde realmente ha hecho carrera. Sí, un viceministro el hombre más poderoso del reino después del monarca. Más de una vez se ha dicho, es «sus ojos y sus oídos».
La bomba informativa estalló el verano de 2007 cuando Himma decidió poner su cargo en manos del rey para ser diputado. Tras unas semanas en las que algunos hablaron de distanciamiento entre ambos, la realidad volvió a aflorar. Los vínculos forjados en el pupitre no se habían roto y se empezó a hablar de un plan del soberano para reactivar la degenerada vida política y, sobre todo, mantener a raya a los islamistas, cuyo partido, el PJD, había sido ganador en número de votos.
Aquella dimisión de Himma fue el paso previo al nacimiento, en el verano de 2008, del PAM, alimentado de inmediato por decenas de tránsfugas, parlamentarios o no, y hasta con un ministro en sus filas. Nuevamente se ponía de manifiesto la debilidad de la estructura de partidos en un país en el que lo más práctico es estar a la sombra de los muros de palacio. Como un verdadero sultán, lo han descrito en campaña electoral. Hoy, día de comicios, el PAM es la estrella.

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