Actualizado Jueves, 11-06-09 a las 22:28
"Reconozco que no soy un santo, que me gusta la noche y que las ganas de juerga no me las quita ni mi madre. Sé que soy un irresponsable y un mal profesional, y puede que esté desaprovechando la oportunidad de mi vida. Lo sé, pero tengo una tontería en el coco: no me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera no sería yo. Sólo juego por divertirme". Con esta sentencia lapidaria define el propio Mágico González su vida futbolística.

Jorge Alberto González Barillas, conocido popularmente como Mágico González, nació en San Salvador un 13 de marzo de 1958. Su vida profesional estuvo ligada fundamentalmente al Cádiz C.F., equipo que no abandonó pese a importantes ofertas de grandes equipos del panorama mundial. Pero principalmente, fue su carácter bohemio y su indisciplina lo que impidió el salto a un club de más nivel.

La carrera futbolísitca de Mágico arranca en el año 1975 en el ANTEL (Administración Nacional de Telecomunicaciones). Fue en un partido entre este equipo y el Club Deportivo Águila, el cual acabó 3-1 a favor de los de González, donde surgió su apodo. Tras su actuación, el comentarista deportivo Rosalío Hernández Colorado lo bautizó como "el mago".

En 1977 fichó por el FAS de Santa Ana, equipo en el que militó hasta 1982, cuando salió de su país para recalar en la liga española. Precisamente ese año disputó con El Salvador la Copa del Mundo. Su actuación fue tan brillante que varios clubes se fijaron en él -Atlético de Madrid, Pumas de México, Cádiz o París St. Germain, entre otros-. El club galo estuvo a punto de ficharlo, pero las informalidades del salvadoreño impidieron la contratación y acabó jugando en la tacita de plata.

Un malabarista del balónNo tardó en ganarse el cariño y la admiración de la afición gaditana, merced a sus malabarismos con el balón y a algunos goles antológicos. Hacía vibrar a la grada con la misma facilidad con la que desesperaba a los entrenadores por sus continuas indisciplinas. Gran aficionado a salir por las noches con excesiva asiduidad y a pasarse durmiendo más tiempo del oportuno, sus buenos resultados dentro del terreno de juego compensaban sus excesos fuera de él.

Hasta tal punto llegaba su indisciplina que, en un partido contra el Barcelona en el trofeo Ramón de Carranza, Mágico no se presentó a tiempo al encuentro y no pudo entrar en el once inicial, siendo incorporado en la segunda parte cuando el marcador era de 3-0 favorable a los catalanes. En dicho partido, marcó dos goles y dio dos asistencias para que el equipo andaluz obtuviese el pase a la final con un marcador de 4-3. Hechos como este hacían que el público clamase para que se le perdonaran las constantes sanciones -le castigaban negándole la titularidad- y las altas multas que le imponía el club.

Tras intentos de fichaje por parte del París Saint Germain, la Fiorentina o el Barcelona -este último estuvo a punto de contratarlo, pero un incidente en un hotel con una chica, con la que permaneció en la habitación a pesar de saltar la alarma de incendios, impidió finalmente el traspaso-, jugó una temporada en el Valladolid, para volver posteriormente al Cádiz. Ya no abandonaría el equipo amarillo hasta 1991, cuando regresó a su país donde acabó retirándose a los 42 años.

Tras su retirada del fútbol en activo estuvo vinculado al deporte como segundo entrenador del Houston Dynamo en la Major League Soccer, además de trabajar como taxista en sus ratos libres. En 2001 se le rindió un homenaje en Cádiz en un partido benéfico para ayudar a las víctimas del terremoto que ese año sacudió El Salvador. Además de haber sido nombrado "Hijo Meritísimo" y "mejor futbolista salvadoreño de todos los tiempos", hay un estado en San Salvador que lleva su nombre.

Una vida teatralizadaUna biografía tan rica, intensa y prolífica como la de Mágico, merecía ser llevada al teatro. Así, el escritor salvadoreño Geovani Galeas presentó en 2006 una obra basada en la vida de Jorge González, la cual tituló "San Mago, patrón del estadio".

La fama de bohemio, fiestero y mujeriego le perseguirá siempre. Pero su forma de tratar la pelota, ese fútbol elevado a la categoría de arte cuando el esférico pasaba por sus botas, o esas jugadas imposibles, prácticamente de dibujos animados, lo inmortalizarán como jugador. Un mago del balón, un artista del deporte rey, una figura del balompié. En definitiva, un crack humilde que no fue una estrella de fama y postín porque, sencillamente, él no lo quiso.

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