Lunes, 08-06-09
CUALQUIERA que sea el enfoque que se tome para valorar el resultado de las elecciones europeas celebradas ayer, la única conclusión política indudable es que el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha sufrido una derrota clara y sin paliativos a manos del Partido Popular, proporcional al éxito de Mariano Rajoy. Una diferencia de tres puntos y medio, de más de medio millón de votos y de dos escaños es suficientemente expresiva de que los ciudadanos han retirado su confianza al presidente del Gobierno al año de iniciar su segundo mandato. La presentación de los resultados por parte de la secretaria de Organización del PSOE como un mero percance coyuntural o como aceptables a la vista de las encuestas previas fue una impostura, cercana a lo ridículo, para ocultar la realidad de un fracaso electoral en toda regla, fracaso que es consecuencia de una suma de errores de estrategia y de decisiones de gobierno que han sumido a los socialistas en el descrédito ante su propio electorado. En estas elecciones sólo hay un ganador, que es el PP.
La participación ha sido similar a la de 2004, por lo que no sirve el argumento de la desmovilización. Tampoco la crisis económica, porque el gobierno de Rodríguez Zapatero es el Ejecutivo europeo peor parado electoralmente, después del laborista británico. Lo que le ha sucedido al PSOE es que una buena parte de sus votantes ha decidido castigarlo y otra parte de votantes ajenos, habitualmente receptivos al voto útil, han hecho caso omiso al voto del miedo y a los señuelos de políticas radicales, como la ampliación del aborto. La derrota del PSOE es la derrota de la obstinación socialista por convertir sistemáticamente todo proceso electoral en una demonización de la derecha democrática española. Sus vídeos maniqueos contra el PP, el abuso de la imagen del presidente Obama, la rancia contraposición de clases y el complejo de superioridad de la izquierda han saturado a la opinión pública, mucho más atenta de lo que el PSOE esperaba y deseaba al estado de la crisis económica y al balance negativo de la gestión de Rodríguez Zapatero. No ha habido más abstención que en 2004, por lo que la voluntad del elector ha sido ir a votar para castigar al PSOE y para confirmar al PP y a Mariano Rajoy como alternativas de gobierno.
Los socialistas han cosechado un revés que les debería obligar a replantearse no sólo el rumbo de su estrategia, sino también la continuidad de algunos de sus cargos directivos, claramente desbordados por la dimensión de las responsabilidades que han asumido. La campaña electoral socialista ha estado plagada de errores, de mensajes crispados, de declaraciones torpes, de ideas débiles. Por el contrario, Jaime Mayor Oreja ha sido percibido claramente como un candidato mucho más sólido y convincente que Juan Fernando López Aguilar. El éxito electoral del PP se debe en gran medida a la sinceridad con que Mayor Oreja ha defendido sus planteamientos frente a continuas descalificaciones personales que lo tachaban de reaccionario o extremista, toda una lección para quienes creen que las opciones del PP exigen ocultar parte de sus valores ideológicos conservadores. La cohesión del electorado del PP es una garantía para este partido de cara al futuro, como lo ha demostrado con sus excelentes porcentajes en las comunidades de Madrid y Valencia, objetivos preferentes del PSOE y donde los socialistas han vuelto a quedar anulados por su incapacidad como oposición a Esperanza Aguirre y Francisco Camps.
Por eso, y por más que el PSOE pretenda normalizar esta derrota, incluso exhibiendo la credencial de ser el partido socialista más votado de Europa, el aviso de los electores es evidente. El Ejecutivo no inspira confianza para remontar la crisis económica, a diferencia de la mayoría de los gobiernos europeos, que han ganado sus respectivas elecciones. Tampoco cosecha votos de sus aliados de extrema izquierda y nacionalistas, que han optado por sus propias candidaturas. Ahora, el problema de Rodríguez Zapatero no es disfrazar su derrota, sino explicar qué va a hacer hasta el final de su mandato, si llega a terminarlo. Al presidente del Gobierno no le van a bastar más improvisaciones ni ocurrencias para soslayar su precariedad política, frente a la consolidación, ya incuestionable, de Mariano Rajoy, quien contra muchos pronósticos ha rematado con la victoria de ayer el proceso político interno que abrió en el Congreso de Valencia, tras los hitos de la recuperación del gobierno gallego y del éxito estratégico alcanzado en el País Vasco.

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