Domingo, 07-06-09
VATICINIOS planetarios al margen, lo que de verdad me preocupa en la visión de futuro de las Pajín, Aído y compañía es su convicción de representar la esperanza de los seres humanos (una vez definidos éstos según criterios científicos). No se trata exclusivamente de necedad, y creo que se equivocan quienes lo reducen todo a un innegable déficit de escolarización en las mentadas, que, sin duda, progresaron adecuadamente bajo la guía de profesores/profesoras incapaces de enseñarles a pronunciar la palabra «atlántico». Estas precarias criaturas, cultivadas en los viveros de la LOGSE, son el resultado de sustituir la instrucción -o sea, la enseñanza- por la educación, encomendada ésta a un cuerpo de funcionarios en el que abundaban caballeros resentidos con el mundo en general y damas dispuestas a enderezar una sociedad torcida desde sus cimientos. Así que salieron a la vida, tras su preceptiva estabulación en colegios, institutos y universidades, hablando una lengua depauperada (tan dialectal como la de sus abuelos, aunque ni la mitad de abundante y precisa) y con un odio sarraceno a la cultura de base impresa y forma de adquisición repetitiva y rutinaria. Pero, y esto es lo importante, con la seguridad de haber dado con la clave de la armonía cósmica, que consiste, según lo que se les transmitió en las aulas, en la ausencia de motivos de resentimiento hacia el entorno social y natural.
Como tales motivos sobran, la solución de los males del mundo pasa necesariamente por la destrucción de las desigualdades, de manera que la nivelación nos deje a todos en una situación catatónica de felicidad universal. Si la cosa se hubiera parado ahí, sus consecuencias no habrían sido excesivamente graves. La adolescencia se habría prolongado hasta los treinta y pico, y durante ese suplemento de caos y desorden existencial habrían podido ir reconciliándose con la realidad, como hicieron, con mayor o menor fortuna, las generaciones anteriores. Pero, a lo largo del pasado fin de siglo, sobrevino una concatenación de cambios radicales en el ámbito de las creencias que han hecho prácticamente imposible una adaptación pragmática de conductas y mentalidades. En primer lugar, hay que referirse de nuevo a la sustitución de la enseñanza por la educación, entendida como inculcación de una determinada doctrina. Antes, educación y enseñanza aparecían nítidamente separadas. La primera correspondía a los curas y la segunda a los profesores de química, latín o álgebra, aunque las distintas funciones concurrieran a menudo en los mismos individuos. Por otra parte, la secularización acelerada vació los seminarios y hubo que recurrir a contratar, como profesores de religión, a un variado plantel de militantes cristianos de Izquierda Unida o de sindicalistas de choque que, fatalmente, terminaron viéndose las caras con los obispos ante las magistraturas de trabajo.
A todo ello se añadió el derrumbe del socialismo y su secuela de guerras en el este y cleptocracia en el oeste. La renovación de los muy tocados partidos de izquierda se produjo mediante la cooptación prematura de la quinta del biberón por unas direcciones seniles caídas en el descrédito. Es lógico, por tanto, que la organización del PSOE esté hoy en manos de megalómanas que dicen «alántico» y no saben quién fue Rodolfo Llopis, pero que se creen en posesión de recetas infalibles para el bienestar de la humanidad doliente. Es decir, de una nueva modalidad de religión que cifra la salvación en el arreglo de tetas, porque ahí es donde la desigualdad natural produce más resentimiento.

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