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El Museo Thyssen dedica a partir del martes una exposición al pintor francés y gran esteta del siglo XX, centrada en sus años en Niza (1917-41), donde la luz mediterránea se cuela por habitaciones de hotel en las que posan odaliscas ensimismadas
Domingo, 07-06-09
Picasso y Matisse habían competido por conquistar París. Una rivalidad no exenta de admiración. Cuando Matisse murió, en 1953, Picasso demostró que era el único pintor al que realmente respetaba y le rindió un homenaje en uno de sus cuadros: recrea un autorretrato imaginario de Matisse tocando el violín frente a una ventana. El Museo Thyssen le dedica al artista francés, desde el martes, una gran exposición, centrada en el periodo más descuidado por la crítica de los tres en que se divide su producción. Aborda la muestra de 1917 a 1941. Antes del 17 era muy codiciado por los grandes coleccionistas rusos. Su pintura de esos años, muy plana y denominada por él mismo decorativa, semejaba los frescos de Giotto. Después del 41, se centraría en los papeles recortados.
Pero, ¿qué hizo en esos años de entreguerras? Tomás Llorens nos lo cuenta, y nos lo enseña, en la que promete ser la gran exposición de este verano en Madrid. A través de 80 pinturas, dibujos y esculturas, prestados por medio centenar de museos y colecciones privadas de todo el mundo, narra la historia de un Matisse enfermo de pulmonía, que va a Niza a visitar a Renoir y toma una decisión trascendental en su vida y su carrera: rompe con todo, se traslada a Niza, persiguiendo la luz del sur de Francia. Se va solo, dejando a su familia en París. Se instala en un hotel, donde tiene su estudio. El primer cambio radical de su trabajo lo vemos en la vuelta a la pintura de caballete, de pequeño formato: rechaza su pintura decorativa anterior para hacer pintura de intimidad. De Giotto pasa a tener como referencias a los impresionistas, a Manet y Chardin, a los orientalistas Ingres y Delacroix, pero también a Rembrandt y Vermeer. Y, muy claramente, a Mallarmé, Proust y Baudelaire. Todos ellos están en el Matisse de la Costa Azul. Sus preocupaciones se centran ahora en cómo incorporar el espacio y el volumen en sus obras sólo con el color, prescindiendo por completo de la perspectiva. Lo cierto es que no le fue muy bien: ya en los años treinta, sus pinturas valen menos que las de su gran rival, Picasso.
Habitaciones de hotel
El recorrido de la exposición comienza con una serie de habitaciones de hotel, donde adquieren gran protagonismo las ventanas por las que se cuela la luz mediterránea. Alberti decía que un cuadro debía ser como una ventana. Matisse retrata a su hijo Pierre tocando el violín, a su hija Margarita pintando... Y tendrá un harén de modelos. Las suele disfrazar para que posen y les monta teatrillos. Entre ellas está Antoinette, recomendada por Renoir. En estas habitaciones está Vermeer, pero en lugar de la perspectiva hallamos la memoria proustiana, los recuerdos... Lo que importa es el ambiente, el sentimiento de esas habitaciones. Sus puestas en escena son muy teatrales, con mucho artificio y una estética muy refinada. Dejará atrás las ventanas: Matisse sale a la calle y pinta paisajes, balcones, jardines... La muestra continúa con un apartado dedicado a la intimidad y el ornamento. Son escenas de interior, las ventanas están cerradas. Y ahí aparecen sus modelos, en ocasiones pintadas como odaliscas ensimismadas, que parecen salidas de lienzos de Ingres o Delacroix, rodeadas de alfombras y telas —los tejidos eran la gran pasión de Matisse; solía comprarlos en sus viajes—, con mantones de Manila, rodeadas de sedas, joyas, flores, espejos... Para Llorens, Matisse es «el gran esteta del siglo XX, no hay nadie tan refinado como él». Le achacaron al nuevo Matisse autocomplacencia y hedonismo, pero, como apunta Guillermo Solana, director artístico del Thyssen, «el mundo de Matisse en Niza no es un jardín delicioso y vacío, entraña una profunda reflexión sobre la pintura».
La modelo de esos años es Henriette, bailarina muy flexible y musculada, que le servía para las poses miguelangelescas. Y es que Miguel Ángel se convirtió en una obsesión para Matisse. Está en todos sus desnudos. Así, apreciamos la huella de las esculturas de la Capilla Médicis de Florencia en obras como «Odalisca con pandereta» o «Desnudo azul». Por las mañanas pintaba en su estudio y por las tardes dibujaba en la Academia de Bellas Artes a partir de esculturas de Miguel Ángel. Llegó incluso a encargar un vaciado del «Esclavo agonizante» del Louvre, que aparece en una de las obras presentes en la exposición, «Pianista y jugadores de damas» (National Gallery de Washington). Hay dos salas, especialmente intensas, dedicadas al desnudo y la escultura. Entre estas últimas destaca «Gran desnudo sentado», su gran escultura, de la que hizo nueve versiones —aquí se exhibe una de Dallas— y un pequeño y exquisito bronce, «La tiara», fruto de su viaje a la Polinesia.
En 1930, Matisse vuelve fugazmente (sólo tres años) a la pintura decorativa por un encargo de la Fundación Barnes. De esta etapa se exhiben estudios para «La danza» y algunos desnudos de espaldas. La muestra concluye con un último periodo, en el que retorna a la pintura de caballete, pero ya atraído por cierta abstracción. Destacan un cuadro sin terminar, «Ninfa y sátiro», basado en «La siesta del fauno» de Mallarmé, y un conjunto de dibujos de su serie «Temas y variaciones».
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