Mariano Cabezas y Salvador López fueron los primeros españoles en pisar la Antártida. Cincuenta y tres años hace que su crucero partió de Argentina rumbo al continente helado. Un lustro desde que los viajes de este tipo se publicitan a toda página. Un peligro, según la Asociación Internacional de Touroperadores de la Antártida: el crecimiento del turismo constituye una amenaza para los ecosistemas del continente. Los investigadores Javier Benayas (Universidad Autónoma de Madrid) y Martí Boada (Universidad Autónoma de Barcelona) proponen en su estudio «Valoración del impacto del turismo sobre la Antártida» una serie de medidas de control que minimizarían el peligro. La Fundación Abertis y el Ministerio de Ciencia e Innovación lo presentaron ayer.
Tasa para turistas
Es muy llamativo un número de 50.000 visitantes anuales, pero las bases científicas que tienen desplegadas allí países como China, Estados Unidos o España, generan mayor impacto sobre el terreno, aseguró Benayas. La explicación es doble: los paquetes turísticos no duran más de 10 días y al tratarse de grandes cruceros, más de 3.000 personas, los descensos a tierra de sus pasajeros son puntuales. No obstante, «pese a que en la Antártida no hay fauna que pise, salvo elefantes marinos en la costa, sus escenarios se parecen cada vez más a los de nuestros Parques Naturales. Los grupos abandonan los recorridos balizados, usan bastones, se dispersan y acaban por crear senderos nuevos y destruyen las praderas de musgos y líquenes», comentó Benayas. Además, cada uno de esos turistas genera cuatro toneladas y media de CO2, la mitad de emisiones que produce un español al año. Acreditar guías, inspeccionar barcos y organizar patrullas de vigilancia son algunas de las medidas propuestas en el estudio, financiables si se establece una tasa de entre 10 y 100 dólares por viajero.

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