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Jueves, 28-05-09
DICEN que la Feria consume de sol a sol tanta energía como una ciudad de 20.000 habitantes. Como si a Córdoba le naciera dentro un poblachón del tamaño de Montilla o Palma del Río gastando sin freno una electricidad que tampoco está claro que beneficie demasiado a nadie ni que genere una riqueza que nos vaya a sacar del abismo. Lo peor del caso es que no hay quien ponga el grito en el cielo por este despilfarro clamoroso.
Los ecologistas son para algunos conciencias críticas que recuerdan, al modo de los pintores barrocos, la fugacidad de las cosas y la vanidad y soberbia del mundo que malgasta sus recursos. Otros los tienen casi por agoreros cenizos, por pesimistas crónicos que se fijan en la letra pequeña de la vida para no dejar a nadie disfrutar de ella.
Estos días, sin embargo, nadie ha puesto el grito en el cielo por el dispendio de energía. Siendo malpensado, y sin querer llamar borrico a nadie, uno puede pensar que es por la sintonía de los que se llaman verdes con este gobierno municipal que tanta cebada pone en el pesebre a los gustan de reinvidicar para que estén callados y reserven sus severas recriminaciones a las más sufridas multinacionales y a los lejanos organismos financieros que no leen la prensa que a ellos siempre los saca sonriendo.
Yo quiero creer, sin embargo, que hasta los ecologistas más radicales necesitan una semana en la que olvidarse de sus problemas y de los ajenos, en la que beber más cubalibres de los recomendables y preocuparse sólo por uno mismo. Será cosa de la Feria.
Sucede así que se cambian las formas y una manifestación contra los toros se convierte en una fiesta brasileña. No somos pocos quienes, en nuestra ignorancia, disfrutamos con la Fiesta, pero al mismo tiempo comprendemos los reparos que las personas sensibles puedan tener hacia la lidia, sobre todo viendo a los diestros afamados con toros que más que animales bravos que se pueden ganar la vida en la plaza parecen pacíficas reses de las que en el Antiguo Testamento se ofrecían como sacrificio cruento.
Lo curioso es que una manifestación se haga, en vez de llamando a la razón, con tambores estruendosos y bailes que dan cuenta de que los que participan tienen más gana de marcha que de proteger a los animales. Será cosa de la Feria, que hace que hasta al más recalcitrante y desgreñado antitaurino le interese más bien esa «pijipi» que ha cambiado la ropa cara por las camisetas desteñidas sin perder el aire morboso y a la que sueña con empitonar, ya que estamos en faena, una noche de éstas, cuando consiga que la Niña de Papá se beba más mojitos de la cuenta.
Será cosa de la Feria que a quienes más les ha dolido la boca de hablar de crisis en estos meses sean los primeros que ahora se dejan una pasta en comidas de fritos bien regados con arena y en copas de garrafón que les dejarán el estómago hecho una pena. Será cosa de la Feria que hasta a los filántropos más sesudos no les importe el derroche de dinero que no generará ni un puesto de trabajo ni un gramo de estabilidad a casi nadie mientras buscan la Feria pasando con el coche al lado de la calle Torremolinos.
No es que la ciudad sea mucho más sensible, más moderna, más emprendedora, más seria y más activa el resto de las semanas del año, pero al menos en estos días de Feria el cordobés medio tiene excusas para comportarse como un auténtico cateto y aclamar al torero que sale tanto en la tele aunque no sepa por qué y puede hacer pensar al pobre Manuel Machado que viendo cómo es este Coso de los Califas nunca debió escribir aquello de «Córdoba callada».
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