Luis Figo anunció este fin de semana que abandona el fútbol de elite después de casi veinte años en activo. Lo deja con un palmarés envidiable, forjado en el Barça, Real Madrid e Inter, y siempre rodeado de controversia por su carácter latino
El «macho ibérico» lo deja
En una cancha de fútbol sala improvisada entre casas modestas, Luis Filipe Madeira Caeiro levanta las iras de sus compañeros en el Pastilhas y desespera al rival. No suelta la pelota. Es suya. Es un «chupón». Pero es muy bueno, pese a que todavía es menudo. Tiene una pierna derecha que es un guante y una cintura que deja sentado a más de un contrario.
Es Figo. El hijo de Antonio y Maria Joana, una familia humilde de un arrabal de Lisboa. Su labor llegó a oídos de los responsables del Sporting de Lisboa y le hicieron un contrato profesional cuando tenía quince años. Era un niño prodigio. Otra perla para los «leones verdes».
Su recorrido fue seguido por los clubes grandes de Europa. Y el Barça se adelantó a todos. Johan Cruyff, en una jugada maestra, logró vestirlo de azulgrana. Entonces, con 22 años, tenía la obligación de hacer olvidar a Michael Laudrup. Y lo hizo. A su manera. Cabalgando por el costado derecho, dejando sentados a muchos contrarios y perforando la portería rival con el látigo que tenía en la pierna derecha.
Sustituto de Laudrup
Fue un producto para remozar el «dream team». Y triunfó a lo grande. Dos Ligas, dos Copas del Rey, una Recopa, una Supercopa de España y otra de Europa. Se ganó el respeto de la crítica por su trayectoria, aunque siempre mantuvo una distancia con la mayoría de la prensa. Allí se casó con su esposa, Helen Svedin, y alimentó su perfil de icono para las mujeres, sector en el que era conocido como el «macho ibérico» por sus facciones. Un «sex simbol».
Su carácter arisco alimentó un debate entre sus defensores y los detractores. La «bronca» y el lío siempre fueron compañeros de viaje. Ocurrió cuando fichó por el Barcelona, porque a la vez tenía firmado un compromiso con el Parma y el Juventus.
Un barullo que se repitió el día que su representante, Veiga, se jugó su traspaso con Florentino Pérez si éste llegaba a la presidencia del Real Madrid. Así fue y Luis tuvo que abandonar el Nou Camp para vestir la camiseta del eterno rival. Se convirtió en el primer «galáctico». Fue la mayor traición para la afición culé, que aún no le ha perdonado. Hasta el punto que se vio obligado a cerrar un restaurante y el domicilio.
La cabeza del cochinillo
Esa maniobra lo dejó atrapado en una espiral de odio. Y sus visitas a la Ciudad Condal se convirtieron en un suplicio. Se registró la mayor pitada en su primer aparición y sufrió una lluvia de objetos -incluida la famosa cabeza del cochinillo-. Con los blancos alcanzó lo máximo. Añadió dos Ligas más, otra Supercopa, una Intercontinental y, lo más grande, la Liga de Campeones.
Su época dorada en el Real Madrid acabó en el verano de 2005, cuando se fue por la puerta de atrás en una concentración en Irdning porque Luxemburgo no contaba con él. Se marchó al Inter hasta hoy, donde su participación es testimonial en las últimas fechas. Lo deja, pero no descarta seguir en lares más exóticos, lejos de tanta exigencia.
También podrá dedicar mucho más tiempo a la Fundación que lleva su nombre. O para tomarse una temporada sabática y luego regresar para enrolarse en algún banquillo o dirección deportiva. Novias no le van a faltar.

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