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Andrés Trapiello: «Las buenas novelas tienen siempre un germen poético»
Actualizado Jueves, 14-05-09 a las 19:51
Un país imaginario pero totalmente real. El Caribe. Su sol, su sudor, sus cuerpos ardientes. Una gran hacienda con su hacendado y sus sicarios dentro. Una boda, un fiestón, alcohol a raudales, y también otras viandas sustanciosas. Un secuestro. La guerrilla. ¿Telenovela? ¿Culebrón? Quiá. El arranque de la nueva novela de Andrés Trapiello, que se ha ido lejos, bastante lejos, pues “Los confines” (Ed. Destino) es su título. Difícil será trazar su recorrido sin que el lector quede demasiado avisado del contenido de las páginas que va a leer. Además hay que seguir las “órdenes” de su autor, que prefiere que los “lectores lleguen de forma inocente hasta ella”, casi vírgenes, se podría decir, “despistados” víctimas de una añagaza literaria “y que luego poco vayan empatizando con los protagonistas”.
Arranque pues, a la vieja usanza, que al fin y al cabo, como dice Trapiello, “toda novela tiene algo de novelón o de folletín, hasta el Quijote que no deja de ser un genial folletín sobre los amores de Don Quijote y Dulcinea”.
SorpresasPero sí debe saber el lector que a lo largo de esta narración se encontrará con más de una sorpresa, y ha de saber también que dos hermanos acaban encamados, “no por vicio como aquellos personajes de Thomas Mann”, sino para vivir un amor total, nada fou, pero llevado más allá del límite entre el bien y el mal. Por si alguien ya prepara la censora guadaña, Andrés Trapiello explica que “mi obra es una novela de la vida, no sobre el incesto. Entender esto es esencial. Sus protagonistas mantienen una relación incestuosa puesto que son hermanos, pero lo que nos atañe a todos no es su incesto, sino el amor que sienten. El incesto sólo les incumbe a ellos, pero el amor nos incumbe a todos. Por lo demás, no he querido hacer un tratado sobre el incesto, ya no soy antropólogo ni sociólogo ni psicólogo, sólo soy un novelista”.
“Los confines” atrapa, porque tiene mucho de telaraña, telaraña de afectos, de emociones, de pasiones, de castillos que se derrumban como naipes (matrimonios más o menos avenidos, más o menos de conveniencia), tiene gotas de sexo en angostura, sexo que incluso, puede producir envidia, más o menos sana en el lector, y es, sobre todo, una gran historia con más señales que pelos. Señales “de un amor absoluto entre dos personas que lo tienen casi todo, que llevan una vida acomodada, que son inteligentes, con experiencia para poder comparar sus anteriores amores con su actual pasión, pero todavía son jóvenes, y por ello se sienten con fuerza para arrostrar todo lo que la consecución y la persecución de ese amor va a motivarles y exigirles”.
La novela, además de este amor absoluto, expone efectos laterales y coleterales, como la hipocresía de una sociedad que al fin y al cabo no difiere tanto de la que acabó con Ana Karenina, con Madame Bovary, con Fortunata, aunque, como explica Trapiello, “el adulterio hoy ya no es ningún tabú, puede ser más o menos anómalo, pero puede ser algo más o menos “aceptado”. Sin embargo, ante el incesto, la reacción de la sociedad sigue siendo violentísima”
MaterialesAndrés Trapiello, que no se considera “un escritor idealista, ni abstracto sino de la realidad de la vida”, también maneja en su novela otros sutiles y no tan sutiles materiales: como el terrorismo, aquel atentado que todos tenemos aún en la memoria (“la realidad está llena de contradicciones, desaparecen doscientas personas, se van de la vida, y en ese momento se anuncia la llegada de otro”, en uno de los momentos más intensos de la novela), la corrupción policial y judicial en ciertas latitudes, la amistad, la maternidad, la violencia y siempre y por encima de todo el vaivén entre amor y muerte, el eterno balanceo entre Eros y Tánatos. “El amor y la muerte lo son todo en literatura… y lo son todo en la vida –dice el autor de “Los amigos del crimen perfecto”-. Amor y muerte, unidos por el tiempo, son el único argumento de la vida, que no tiene sentido. No, la historia no va hacia un final, no hay en la vida un sentido, no se lo encontramos al dolor, a las guerras, al hambre. Pero la novela sí trata de encontrar un final y trata de hallar un sentido, y por eso escribimos novelas”.
Poeta, novelista, ensayista… Andrés Trapiello cultiva todos los géneros, y distribuye su trabajo de “una manera muy natural e intuitiva, aunque la poesía es lo más importante en mi vida. Y cuando digo poesía no me refiero sólo a lo que pongo en verso, sino que quiero llevarla a todo, también a mis novelas, porque porque a mí las novelas que me gustan son poéticas. Creo que las novelas buenas son las que contienen un germen poético. La poesía es la posibilidad de que hay una vida más allá de la realidad, la poesía la única metafísica posible y tolerable, nos habla de otros mundos aparte de éste, teniendo en cuenta que éste es el único mundo posible”. Sin ir muy lejos, Vargas Llosa siempre ha considerado que los grandes novelistas (como él) siempre son grandes lectores de poesía, y Trapiello ha conseguido que Los confines observe “un modo de narrar poético, y dé la esperanza de que el amor va más allá de la muerte”, a la quevediana manera, aunque sean ceniza, porque tendrán sentido, aunque polvo sean, porque serán polvo enamorado.
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