Domingo, 03-05-09
El presidente Rodríguez Zapatero anda metido en esa batalla de los análisis. A veces le parecen catastrofistas como antes le parecieron antipatriotas. En otras ocasiones dictamina que los informes, las declaraciones o las propuestas sólo consiguen un efecto nocivo, la preocupación de los ciudadanos, la alarma. Y con ese bagaje, que no es otra que tratar de poner muros de contención a lo que se le va de las manos, se llena su tiempo.
No todo, porque, cuando cae el PIB en barrena, dice que lo peor de la crisis ha pasado. Y cuando se descalabra el superávit de la Seguridad Social, que todo está controlado y se mantendrán y aumentarán las pensiones. El desastre de las previsiones económicas del Gobierno es ya una constante que comienza mucho antes de que la crisis se hiciera evidente, como si tanto alto e inteligente funcionario no dispusiera de las herramientas y los datos de los demás que, a izquierda y derecha, en casa y en el extranjero, iban encendiendo las luces de alarma y señalando nuestras deficiencias. Pero eso, al parecer, intranquiliza y la misión del presidente es, ante todo, calmar los ánimos. Como sea, con otros datos, con largas disquisiciones sobre el progreso de España a lo largo de los siglos, con la promesa de la protección social, que resulta ser el único recurso propagandístico y de imagen. Nadie puede reprocharle este objetivo pero, como dicta el sentido común, no Rajoy ni Fernández Ordoñez ni un señor de derechas de Cuenca, sino el ex presidente González decía claramente hace unos días que sin crecimiento económico no hay incremento posible ni seguramente subsistencia del Estado del Bienestar.
En 1773, el agitador y panfletista Jonathan Swift publicó El arte de la mentira política como avance y anuncio de un futuro libro, que ha sido publicado ahora en la colección de pequeñas joyas bibliográficas de la editorial Sequitur. No es precisamente una diatriba contra la mentira, sino una suerte de irónico manual para hacerla eficaz bajo una premisa a la que parece haberse abonado el presidente del Gobierno: el pueblo, que tiene derecho a la mentira para cargarse a los políticos que no le gustan, no tiene derecho a la verdad. Hay falsedades «saludables», que evitan problemas y sirven a los intereses políticos. Si el primer lector del opúsculo traducido por Francisco Ochoa ha sido el presidente Rodríguez Zapatero se me escapa, pero parece convencido de que la verdad sobre la economía es nociva y hay que restringirla o velarla para que nadie se desmande, se renueve la confianza y se acepten las decisiones o la falta de ellas en algunas materias del Gobierno.
Protestan los grupos de la Oposición en el Congreso, que ya son una mayoría, y exageran: se responde con nuestra hipotética resistencia y con alguna «mentira profética» sobre el fin de la crisis.
La dificultad del presidente es que, como ya no se puede callar y desacreditar a todo el mundo, el desengaño avanza a tal velocidad que pronto rebasará a las «mentiras saludables» y que, además, en este último escenario, si se quiere mantener la coherencia, es imposible poner en marcha las medidas y reformas necesarias. Zapatero debe dar un giro al timón. Si la mentira política es necesaria para algunos objetivos cuando se despacha en exceso pierde sus efectos. Swift propone una cura para recuperar el crédito: no decir, durante tres meses, nada que no sea verdadero. ¿Será posible aquí?

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