Martes, 21-04-09
UNA y otra vez el simple paso del tiempo hace más fútiles unas formulaciones republicanas que tienen mucho que ver con la insignificancia de la moda cuando pierde estilo. Con dinero del contribuyente, el ayuntamiento sevillano ha sufragado el «Concierto por la República». Para los pocos republicanos que queden, chocar con las realidades de la experiencia histórica representa poco. Enarbolar la bandera republicana para las estrategias de la memoria histórica fue un acto poco adulto cuando nadie reclama la abolición de la monarquía, ni niega que la contribución de la Corona hispánica a la estabilidad supere y de mucho las aportaciones republicanas a la convivencia. El fracaso del republicanismo en España llegó a su culminación hace tiempo, hasta el punto de que solo es un elemento más del patrimonio histórico, como el carlismo, los arbitristas o los comuneros.
Ni por vía intravenosa el zapaterismo ha logrado inyectar nueva vitalidad al republicanismo. El profesor Ángel Duarte acaba de publicar un estudio magnífico sobre el republicanismo histórico español y su declive en el exilio de 1939. Título: «El otoño de un ideal». Las recientes inmersiones, tan pre-selectivas, en la memoria histórica olvidan que a su regreso a la España post-franquista los últimos exiliados republicanos identificaron nueva concordia con monarquía parlamentaria.
El ideal republicano tuvo no poco de puro mito al pretender el monopolio de la modernización y de los valores ciudadanos. ¿Acaso la monarquía no pudo ser jamás modernizadora o representar un modo de ciudadanía tan capaz o más que cualquier otro? ¿Es que el afán de bien común o la capacidad creativa solo se daba en períodos republicanos? ¿Es que hay menos virtud política en Cánovas que en Lerroux? Esas son las pintorescas mitologías que genera la ucronía republicana. Por el mismo sofisma, el republicanismo procura estabilidad ética y estética; la monarquía parlamentaria, no.
Duarte relata las sucesivas etapas del republicanismo hasta que deja de ser «un referente operativo»: fase de conspiradores, azar de la Primera República, política de masas, imposible republicanismo burgués, desbordamiento de la Segunda República, exilio con tantas rencillas. Surge entre los complots «de la utopía insurreccional del liberalismo». Eso es lo que significa 1934 cuando la radicalización republicana llega a formular un golpe de estado contra la propia República. Con el pronunciamiento militar del 18 de julio estalla la guerra civil. Ya en el exilio, Indalecio Prieto va comprendiendo que identificar unívocamente democracia con forma republicana tiene poco futuro. Así fue como el PSOE logró desmarcarse del otoño republicanista. Un republicano catalanista como Tarradellas dio en pensar lo mismo. Mientras, los republicanos en el exilio interior o exterior -dice Ángel Duarte- cantaron durante décadas desde la elegía de un tiempo que ya no volvería.
Quedan esos mitos, los discursos de Castelar o de Azaña, el fósil de la España federalista, el folklore cantonalista, los banquetes fraternales y anticlericalistas. Es curioso: si la república burguesa no pudo ser, ahora se glorifica el republicanismo izquierdista que la torpedeó. Dice Duarte que el republicanismo como proyecto fue un paraíso perpetuamente desplazado y que los recientes intentos de reactivación derivan de que la izquierda española necesitaba sustituir la bancarrota marxista al caer el muro de Berlín. Con Zapatero llegamos a la operación «memoria histórica». Pero le ha funcionado más, hasta ahora, el buenismo. También eso quizás tenga su otoño. vpuig@abc.es

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