Narcosjunior y narcopotentados
Llama la atención el perfil hasta cierto punto sofisticado que presentan varios de los principales capos del narcotráfico mexicano. Son individuos violentos y muy peligrosos, pero también son mucho más que simples matones. Hay entre ellos antiguos profesionales de las fuerzas armadas, multimillonarios magnates y «narcosjunior», o hijos de poderosos jefes de cárteles de la droga que han estudiado en colegios de élite en el extranjero, conducen autos de lujo, visten ropa de marca y viven y viajan a lo grande.
1. Jaime González Durán, «El Martillo», desertó del Ejército en 1999 para convertirse en uno de los miembros fundadores de los Zetas, grupo formado por antiguos miembros de las Fuerzas Armadas que pasaron a trabajar como sicarios de los cárteles de la droga.
2. Vicente Carrillo Leyva, «El Ingeniero», narcojunior, hijo de Amado Carrillo, «El señor de los cielos». A sus 32 años se había convertido en jefe de finanzas del cártel de Juárez.
3. Joaquín Guzmán, «El Chapo», magnate incluido en la lista de multimillonarios de Forbes.
4. Vicente Zambada Niebla,«El Vicentillo», narcojunior a quien se le atribuye la autoría intelectual de 15 asesinatos, hijo de Ismael «El Mayo», uno de los jefes del cártel de Sinaloa.
Actualizado Domingo, 12-04-09 a las 20:35
De Ciudad Juárez conocimos a sus muertas: casi un millar de mujeres asesinadas o desaparecidas desde 1994 en extrañas y macabras circunstancias. De Ciudad Juárez hablamos con frecuencia de los muertos vinculados con el crimen organizado: 1.600 asesinatos durante 2008 y cerca de 500 en lo que va de 2009. Pero poco sabemos de ese millón y medio de habitantes que sobreviven en esta urbe singular a la violencia del narcotráfico y al sitio militar a la que está sometida, desde comienzos de marzo, por 8.500 soldados y más de 2.000 agentes federales. Ésta es su historia, la historia de los que aún sobreviven en Ciudad Juárez.
Cuando el avión inicia el descenso una mancha gris se vislumbra al final del desierto, donde no faltan dunas de arena blanca. Tras dejar atrás el aeropuerto y el control migratorio y de aduanas (como ocurre en todas las ciudades fronterizas del país, no importa que el vuelo sea nacional), la doble vía que conduce a la ciudad proporciona una primera imagen a resumir en menos de mil palabras: en el lado de la marcha, un «espectacular» (panel publicitario) exhorta: «Oremos por Ciudad Juárez. Lo necesitamos»; a su lado, un anuncio del gubernamental PAN dice: «No queremos que nuestros hijos crezcan con drogas». Al margen opuesto de la carretera, otro cartel, esta vez del Partido Verde Ecologista: «Pena de muerte para asesinos y secuestradores»; y a su sombra, el «night club Aphrodite’s». En la mediana, un retén de la Policía Federal Preventiva con una docena de agentes embozados y armados hasta las cejas. Bienvenidos.
Inmigrantes y maquiladoras
«Hay un detalle que conviene tener siempre en cuenta para tratar de comprender esta ciudad, y que la hace completamente diferente a cualquier otra: la inmigración», me cuenta Fabio Meltis, director de la emisora local Órbita, mientras conduce su «pick-up» (camioneta de caja descubierta), objetivo preferido de los controles vehiculares que soldados y federales despliegan al azar por la ciudad. El automóvil avanza por una interminable cuadrícula de calles repetidas, imposibles de distinguir unas de otras; lo mismo que sus casas, todas de una planta, todas iguales...
«Las maquiladoras (factorías de ensamblaje de componentes de importación, que una vez montados regresan a sus países de origen) llegan a Juárez a comienzos de los sesenta, y la hacen crecer, para bien y para mal —continúa Meltis—. Las autoridades no se preocuparon de crear tejido social, ni por atender las necesidades de una población que aumentaba desmesuradamente. Aquí llegan mujeres solas con sus hijos, y por soledad se juntan con un tipo que acaba tirándose a sus hijas. La descomposición de la familia es un problema muy serio. ¿Por qué la gente de Juárez no se cuida? Porque no conoce al de enfrente, porque el de enfrente tampoco es de aquí, porque a lo peor él es el malo...»
«La gente se acostumbró a la violencia hasta el punto de convertirla en un espectáculo. Había padres que llevaban a sus hijos a ver el último decapitado que aparecía en las calles. Gran parte de la culpa la tuvieron los medios de comunicación, que explotaron el amarillismo y no fueron suficientemente responsables con la situación», dice Mauricio Rodríguez, portavoz de la policía municipal.
De crear conciencia social han empezado a preocuparse algunos colectivos amenazados, víctimas de secuestros y extorsiones, como los médicos. El cirujano Eduardo Güere, que pertenece al Comité Médico Ciudadano, un grupo que mediante charlas y conferencias intenta que los «juaritos» asuman «que la policía y los militares no son la solución para sus problemas: son los propios juarenses quienes tienen que tomar conciencia de la situación y dar un paso al frente para intentar arreglarlos».
—La gente tiene miedo de denunciar. Piensan que la policía está del lado de los delincuentes.
Aunque no todos los policías son corruptos. Y ahora hay mecanismos anónimos para presentar una denuncia.
La maquila trajo el pleno empleo a Ciudad Juárez. Pero, también, el trabajo fuera del hogar de padres y madres, mientras los hijos se crían... Dios sabe dónde. «Los niños se han visto afectados directamente por la violencia; ya no juegan a policías y ladrones, sino a narcos de una banda o de otra. Y en sus pláticas no comentan sobre el programa que vieron el día anterior en televisión, sino sobre la última matanza o el último asesinato», dice Antonio Pineda, director de la escuela primaria Manuel Primo Corral, situada en una zona «caliente» de la ciudad. «Hemos reforzado las medidas de seguridad del colegio –dice Pineda–, porque el colectivo de maestros también ha sido víctima de extorsiones».
La ausencia de parques o de instalaciones deportivas para niños y jóvenes es tan notoria como la presencia desmesurada de coches, tanto en sus calles como en los «yonques» (del inglés «junk yard»: desguace); muchos de ellos, de los llamados autos «chocolate», importados ilegalmente de EE.UU.
Ciudad Juárez, donde los niños juegan al narco
La crisis económica internacional también empieza a afectar a una ciudad acostumbrada a convivir con directivos chinos, franceses o japoneses, pero para la cual el acento del español de España resulta curioso e inusual. Algunas empresas ya han tenido que cerrar, especialmente las vinculadas con la industria del automóvil.
José trabajaba en una de ellas, que se vio forzada a cerrar turnos, pasando de cinco a tan solo uno. Ahora está en la calle. Pero los juarenses llevan dentro el espíritu del trabajo, y José ya ha montado una tienda de abarrotes (el típico colmado o tienda de ultramarinos de barrio) y un taller mecánico. «Aunque está cabrón», se lamenta.
No son los únicos que han perdido su puesto de trabajo. La ciudad está plagada de locales vacíos que en su momento fueron activos negocios, y cuyos dueños decidieron cerrar ante las amenazas del narcotráfico. «Un día apareció un tipo y entregó una tarjeta a uno de mis empleados con un número de teléfono —cuenta Juan Antonio, anterior propietario de un restaurante—. Se identificó como miembro de Los Zetas (brazo armado del cártel del Golfo). Llamé desde una cabina pública y, aunque nadie respondió, sentí miedo y cerré el restaurante. Ya había visto morir una noche al valet (aparcacoches) del párking de enfrente, que también se dedicaba al narcomenudeo (trapicheo con drogas), y no quería seguir sus pasos».
Negocios a la baja
Ángel es representante de repuestos clínicos para odontólogos, pero últimamente su «jale» (trabajo) está de capa caída. «El 70 por ciento de los clientes de los dentistas de Juárez eran estadounidenses, cuyo seguro médico también les cubre aquí. Pero ahora no se atreven a venir», dice.
Tampoco lo tienen fácil los jóvenes para divertirse en una ciudad de la que, antaño, se decía que bastaba con cubrirla con una carpa para tener la cantina más grande del mundo. La violencia del narcotráfico retrae a la gente a salir de noche —con el consiguiente cierre de locales de copas y discotecas—, y la actual presencia policial y militar no invita a ir de marcha. Aún así, sobreviven cinco o seis garitos con música en vivo y algunas bandas, pero sin la diversidad que se aprecia en otras localidades fronterizas como Monterrey o Tijuana.
«No hay un movimiento de rock en Ciudad Juárez, ni tampoco hay interés en las autoridades por promoverlo. Juárez ha vivido del narcotráfico durante muchos años —dice Edgar Huesca, bajista del grupo Ancla—. Muchos chavos no están interesados en el rock, sino en la música de la subcultura del narcotráfico y todo lo que eso conlleva». Música, la del narcocorrido, que los criminales emplearon durante meses para interferir la propia frecuencia de la policía cada vez que ejecutaban a un agente.
La avenida Juárez y sus aledañas forman el centro de la ciudad, completamente desierta al filo de la madrugada. El rock escasea. El sexo, parece que también: ya no salen las cuadrilla a «sixtinear» en la 16 de Septiembre, ni se ven parejas «janiando» (del inglés «honey»: miel); los antaño famosos puti-clubs de la zona están cerrados o casi vacíos, y las escasas meretrices en activo parecen reclamos folclóricos puestos por el Ayuntamiento.
¿Y las drogas? «Más complicado conseguirlas que en ningún otro lugar del mundo —cuenta Roberto, un «superviviente» de la noche juarense—. Los pequeños narcos han desaparecido: antes, por temor a las bandas rivales; ahora, por miedo a las patrullas. Quien consigue mota (marihuana) no la saca de su casa, y la consume con vaporizadores o pipas que no producen humo, para evitar atraer la atención de los federales».
Estamos en «La cucaracha», el primer bar de México, situado al pie del puente internacional que une Ciudad Juárez con El Paso. Un local grande y bonito, decorado con instrumentos musicales y fotografías antiguas, que sin duda conoció tiempos mejores. Estamos solos con el dueño y unos tragos de sotol de chuchupaste (aguardiente elaborado con agave y la raíz de una hierba). «Antes esto estaba lleno de gringos —recuerda Fernando detrás de la barra—, pero dejaron de venir: antes, por los narcos; ahora, porque lo primero que se encuentran al cruzar es a un chamaco chaparrito de Oaxaca, vestido de verde y con un fusil al hombro que abulta más que él».
No hace mucho, se decía que el principal atractivo de El Paso era estar cerca de Ciudad Juárez; ahora, se dice que el principal atractivo de Ciudad Juárez es estar cerca de El Paso. Así parecen confirmarlo las largas y constantes colas que se forman en sus tres puestos fronterizos —más de dos horas en coche, media hora larga para cruzar a pie—, a pesar de que los juarenses cuentan con la «mica», la visa láser, que les permite adentrarse sin problemas hasta 35 millas (56 kilómetros) en territorio de la Unión.
Las calles —siempre iguales, siempre repetidas— siguen desiertas. Nos cruzamos con varias patrullas, pero no nos dan el alto. Cerramos la noche en «El Centenario», una de las casas de comidas (no se puede llamar restaurante a este rincón mínimo, con una ínfima barra, una cocina y un frigorífico domésticos y unas sartenes que podrían salir a subasta como antigüedades) que se disputan la invención del «burrito»: la tortilla de harina de trigo grande, rellena, enrollada y doblada. El de carne deshebrada está delicioso a esas horas de la madrugada. Algunos camioneros echan un último bocado antes de seguir su ruta hacia EE.UU.
Amanece un nuevo día. Por primera vez, los coches de la policía local patrullan las calles en compañía de soldados. Dos municipales, que no portan armas, junto a dos militares y un camión del Ejército como escolta. ¿Quién vigila a quién?
Camino del aeropuerto, más retenes de los federales. «La cosa está más tranquila ahora —comenta el taxista—, pero estos hijos de la chingada son peores que los otros: si no llevas la documentación en regla, te sacan doscientos pesos de mordida. En eso no ha cambiado nada: sólo han subido las tarifas». Nuevo paso por migración y aduana. Nada que declarar. Aún acierto a leer un último cartel: «Antes de pedirle a Dios que cambie a Ciudad Juárez, pídele que te cambie a ti». Amén.

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