Actualizado Martes, 31-03-09 a las 17:09
Ganar la guerra, perder la paz. Afganistán sigue cumpliendo su destino como “tumba de los imperios”. Lo mismo que les ocurrió a británicos y soviéticos en el pasado le está sucediendo ahora a Estados Unidos, cuyo flamante presidente, Barack Obama, tiene en el avispero afgano un reto más complicado que en el aparentemente estabilizado Irak.
Buena prueba de ello son los datos de las bajas militares registradas el año pasado, que fue el más mortífero desde la invasión con la muerte de 286 soldados de las fuerzas internacionales, mientras que en 2007 ascendieron a 222.
Desde la caída del régimen talibán en diciembre de 2001, la violencia se ha recrudecido por la ofensiva de la insurgencia hasta alcanzar en 2008 una cifra récord de víctimas civiles: 2.118 muertos frente a los 1.523 del año anterior, lo que supone un incremento del 40 por ciento. Según la ONU, el 55 por ciento de los fallecidos (1.160) pereció en ataques de los talibanes, mientras que el 39 por ciento (826) cayó abatido por errores de las fuerzas internacionales desplegadas en Afganistán.
Con otros 130 muertos aún por repartirse, y que casi podrían igualar las bajas civiles causadas por uno y otro bando, no es de extrañar que las tropas estadounidenses y de la OTAN tengan cada vez peor imagen entre los afganos.
Tres décadas de guerrasEs el caso de Asadullah, un muchacho de 17 años con medio cuerpo paralizado por una bala disparada por los soldados americanos que, en un control de carreteras en la provincia de Wardak, intentaron detener a tiros el autobús en el que viajaba y causaron varios muertos. “No puedo decir lo que pienso de ellos”, espeta el joven haciendo sus ejercicios de rehabilitación en el hospital que tiene la Cruz Roja en Kabul, especializado en la fabricación de prótesis ortopédicas para las víctimas de las minas que han dejado enterradas en el suelo afgano tres décadas de guerras consecutivas.
“No estoy contento con la presencia de los militares extranjeros”, critica con tacto el padre de Asadullah, quien fue torturado durante la invasión soviética y también lo pasó muy mal en la época talibán porque su pueblo se hallaba en primera línea del frente.
Debido al aumento de las víctimas por el denominado “fuego amigo”, la población no ha acogido con demasiado entusiasmo el plan de Obama de enviar 30.000 soldados más. Estos se sumarían a los 72.000 ya destinados en el país, de los cuales 33.000 son americanos. Junto a ellos, el Ejército Nacional Afgano cuenta con otros 70.000 efectivos, que casi se doblarán hasta los 134.000, mientras que la Policía dispone de 82.000, aunque con medios bastante precarios.
Un kalashnikov para proteger al país de los talibanesEn los tres meses que lleva en el Ejército, a Mohamed Ebrahim, un soldado de 22 años que custodia las ruinas del destrozado Palacio Real de Kabul, sólo le han dado un “kalashnikov”, con el que dice que protegerá a su país de los talibanes. Tanto las botas como el uniforme que viste son prestados, como se aprecia en la chaqueta, donde aún pende el apellido hispano (Gonzales) del “marine” que la llevó antes que él.
“No tengo miedo y estoy dispuesto a dar mi vida por mi patria”, jura con una inocente sonrisa de niño que no le disimula ni el bigotillo que se ha dejado crecer para parecer más mayor. Jugando con su arma, vigila los derruidos pasillos y salones del antiguo Palacio Real, que se ubica en un promontorio a las afueras de Kabul frente al ya reconstruido Museo Nacional y cerca de la residencia oficial del último soberano afgano, Zahir Shah, derrocado en 1973.
Este descomunal edificio de estilo neoclásico, que en su día simbolizó el poder de la monarquía afgana y albergó en sus salas espléndidas recepciones oficiales, se mantiene en pie a duras penas tras haber sido duramente bombardeado en la contienda civil entre los “señores de la guerra” que, a principios de los 90, siguió a la retirada soviética y a la caída del último gobierno comunista.
Ejército, colegio y 78 euros al mesLevantado en lo que fue la primera línea del frente, el palacio de Darul Aman es hoy un icono de la atroz destrucción que ha sufrido Afganistán y todo un símbolo de su incierto futuro que intentan proteger jovencísimos reclutas como Mohamed. “Lo bueno del Ejército es que puedes compaginar el servicio militar con las clases en el colegio”, se congratula el muchacho, quien además percibe un sueldo mensual de 78 euros que ya está ahorrando para casarse dentro de tres años, cuando se licencie, con una prima adolescente que le han buscado sus padres. Aunque se trata de un matrimonio arreglado, como manda la costumbre, el soldado asegura que “al menos he tenido suerte, ya que he podido verle la cara y me gusta bastante”.
A pesar del ardor guerrero de Mohamed y del elevado número de las fuerzas internacionales, éstas se han mostrado incapaces de aportar seguridad más allá de las ciudades y es difícil que puedan garantizar en el mundo rural las elecciones presidenciales que previstas para el próximo mes de agosto.
Además, la actuación de las tropas de EE.UU. ha sido nefasta en sus habituales redadas y registros en las casas afganas, donde las mujeres resultan violentadas. Esto supone una grave ofensa para la mentalidad musulmana y, sobre todo, para la etnia pastún, la mayoritaria en el país.
Para Rahimullah, un joven de 18 años, los refuerzos llegan tarde ya que uno de sus siete hermanos, que tenía tres hijos y trabajaba como albañil para las tropas de la ISAF, murió el pasado 17 de enero en el ataque suicida contra la Embajada alemana en Kabul. “Estamos preocupados por la seguridad y no sabemos lo que va a pasar, pero no tenemos miedo porque hemos crecido con la guerra”, comenta resignado mientras cientos de niños vuelan sus cometas sobre las destrozadas tumbas y lápidas de piedra del cementerio de Nader Khan, emplazado en una colina desde la que se contempla toda la ciudad y presidido por el mausoleo de los reyes Nader Shah y Zahir Shah.
Rahimullah, que se vio obligado a dejar el colegio para ponerse a trabajar. Es uno de los albañiles empleados en la reconstrucción de dicho panteón. Con este tajo se saca cada mes unos 6.000 afganis (94 euros), que entrega a su familia y sólo alcanzan para comprar harina y aceite, sobre todo ahora que ha tenido que pagar el funeral de su hermano. “Nos han prometido una indemnización por el atentado, pero no sabemos cuánto nos darán ni cuándo”, se encoge de hombros, contemplando las cometas que se elevan entre las nubes.
Las cometas afganasMientras la ciudad, blindada tras sus muros de hormigón y sus legiones de mercenarios armados con “kalashnikov”, sigue adelante con su ritmo indolente allá abajo, aquí los jóvenes y mayores vuelven a disfrutar de las cometas, que han regresado a los cielos de Kabul tras la prohibición que impusieron los talibanes.
“Creo que no volverán, inshalá, pero prefiero no preocuparme por ello porque depende de la voluntad de Dios”, indica Shuja Mohamed, que tiene 34 años y lleva volando cometas desde los seis. “A veces lo hacía incluso durante la época de los talibanes, pero me entristecía que otra gente no pudiera jugar con sus cometas porque entonces era muy arriesgado”, recuerda este vendedor ambulante de manzanas que ha traído a su hijo para inculcarle una afición no exenta de lucha.
En un país arrasado por treinta años de guerras sucesivas, la convivencia con la muerte, la violencia y la brutalidad están presentes en todos los juegos tradicionales afganos, como las peleas de perros, gallos o camellos y el famoso “buskashi”, una especie de polo macabro donde los jinetes se disputan a golpes una cabra muerta.
Hasta las inocentes cometas incluyen una fiera competición, ya que el juego consiste en hacer volar la tela tan alta como se pueda y, además, ir cortando mediante el roce el fino hilo de los rivales. Para en la aguerrida sangre afgana, el desafío es tan importante que si una cometa sobrevuelva por encima de una casa, su morador debe salir a enfrentarse con el adversario o, de lo contrario, será considerado un cobarde.
Cobardes atentados Precisamente, eso es lo que piensan muchos afganos de la complicada situación actual, ya que creen que los siniestros “Estudiantes del Corán” llevan mucho tiempo volando sus cometas a las puertas de Kabul en forma de coches bomba y ataques suicidas cada vez más coordinados y osados. Entre ellos, destaca el perpetrado el pasado 11 de febrero contra tres edificios oficiales, que causó una veintena de muertos y en el que también fueron abatidos ocho terroristas.
Fuera de la capital, las fuerzas internacionales no han podido frenar el avance de los talibanes, que ya controlan prácticamente la mitad sureste de Afganistán, en la frontera con Pakistán. Desde su bastión en la provincia de Kandahar, la guerrilla se ha hecho fuerte gracias al tráfico de heroína, cuyos ingresos millonarios le sirven para financiar su rearme.
Desde la caída de los talibanes en 2001, el cultivo de opio se ha disparado hasta alcanzar el año pasado las 157.000 hectáreas de adormidera, que produjeron 7.700 toneladas de dicha droga. Como consecuencia, el 90 por ciento de la heroína que se consume en todo el mundo procede de Afganistán, donde una sola provincia, Helmand, aporta el 72 por ciento.
La cruz de esta lacra la sufre el millón de drogadictos que se calcula que hay en el país, la mayoría de los cuales son refugiados que se engancharon en Irán y Pakistán y están volviendo ahora a sus hogares. Sólo en el centro de Kabul, unos 1.700 “yonquis” se concentran en las fantasmales ruinas del antiguo Centro Cultural Ruso, un edificio multiusos de la época soviética reventado por las bombas y agujereado por las balas. Por sus tenebrosas salas inundadas de basura, que antes acogían exposiciones y actuaciones teatrales, vagan ahora cientos de tóxicómanos escuálidos y envueltos en ásperas túnicas que, como zombis con los ojos idos, se fuman la heroína en grupo o se la inyectan directamente en vena.
Encima de sus cabezas, varios helicópteros militares sobrevuelan la ciudad a baja altura haciendo un ruido ensordecedor con el batir de sus hélices. Aunque es el sonido del miedo que trae la guerra, uno de los drogadictos simula que les arroja una bomba con un lanzagranadas mientras los demás le ríen la broma.
“Necesito cuatro gramos de heroína diarios que me cuestan unos 200 afganis (3,17 euros)”, explica Sulaiman, un antiguo médico de 45 años que trabajaba como especialista en tuberculosis durante la dominación soviética y cayó en la droga cuando tuvo que emigrar a Irán por la guerra civil que enfrentó a los “muyahidin” a principios de los 90. “Intenté trabajar como enfermero en un hospital cuando regresé a Kabul, pero estoy tan enganchado que me echaron al descubrir que robaba las medicinas”, se lamenta, junto a una estufa de gas, en el inmundo cuartucho donde duerme encima de unas lonas de plástico y unas mantas hediondas.
El opio se ha convertido, por tanto, en el producto nacional de Afganistán y en el principal motor de su economía, generando un negocio que, según la Oficina de Drogas y Delincuencia de la ONU, mueve cada año más de 2.630 millones de euros.
Narcoestado y corrupciónPero no sólo los talibanes se lucran con la droga, ya que Afganistán se ha convertido en un “narcoestado” en el que, debido a la corrupción reinante, también participan los “señores de la guerra” y hasta altos funcionarios del Gobierno. Especialmente graves son las investigaciones periodísticas que apuntan a Ahmed Wali Karzai, gobernador de Kandahar y hermano del presidente del país, como uno de los principales “capos” de la droga.
Y es que la corrupción está presente en todos los ámbitos de la vida afgana. A tenor de un informe efectuado por Integrity Watch y recogido por la ONU, “cada familia paga una media de 78 euros al año en sobornos”, lo que supone una escandalosa sangría en un país donde el 70 por ciento de la población sobrevive con menos de un dólar al día. En total, se calcula que la corrupción genera cada año entre 78 y 195 millones de euros, lo que supone la mitad del presupuesto de desarrollo nacional de 2006.
Todo ello sin contar el dinero procedente de la ayuda internacional que se pierde por el camino y nunca llega a destinarse a las labores de reconstrucción o a las tareas humanitarias. Además, un 40 por ciento de los casi 12.000 millones de euros aportados desde 2001 por los países donantes ha vuelto a dichas naciones en forma de beneficios y salarios para las empresas contratadas.
Como consecuencia, los afganos contemplan con impotencia cómo se desvanecen las expectativas de cambio y las esperanzas de paz que florecieron cuando, hace siete años, fue derribado el brutal régimen de los “Estudiantes del Corán”.
Se ha desvanecido la esperanzaEn 2002, Afganistán era un país lleno de esperanza al que cada día volvían miles de refugiados en busca de una ansiada estabilidad que, por fin, parecía que iba a llegar después de 23 años de guerras interminables. En lo que supone la mayor repatriación puesta en marcha por la ONU en su historia, 3,69 millones de personas han regresado a sus casas procedentes, principalmente, de Pakistán e Irán, donde aún podrían quedar cerca de 3,5 millones de exiliados a tenor de un informe del Congreso de Estados Unidos.
Tras siete años de inestabilidad y con el recrudecimiento de la ofensiva talibán, Afganistán afronta con incertidumbre las arduas tareas de reconstrucción y la vuelta de los refugiados, de los cuales el 40 por ciento opta por volver a marcharse al comprobar la falta de oportunidades en el país.
Según el Alto Comisionado de Naciones para los Refugiados (ACNUR), el año pasado fueron casi 300.000 las personas que, con su ayuda, retornaron de Pakistán e Irán, donde aún quedan 2,5 millones y 900.000 afganos, respectivamente. Con su vuelta, ya son más de 3,5 millones los exiliados que se han asentado en Afganistán desde que, en marzo de 2002, arrancó este ambicioso plan de repatriación. A éstos hay que sumar los 1,1 millones de refugiados que han emprendido el camino a casa por sus propios medios y los 500.000 desplazados internos que jamás llegaron a traspasar las fronteras de su patria durante casi tres décadas de encarnizadas luchas, que comenzaron con la ocupación soviética a finales de 1979.
Regreso a ninguna partePor desgracia, a todos los que vuelven les espera el mismo destino: el regreso a ninguna parte. Aunque retornan a Afganistán en busca de un futuro mejor, lo único que se encuentran es que la caída del régimen talibán no es la quimera que las fuerzas internacionales les habían prometido con la liberación. Sin comida y sin un techo bajo el que cobijarse, los esqueletos de los edificios acribillados por los obuses y las balas se convierten en el único hogar de los refugiados.
En Kabul, que ha duplicado su población hasta superar los tres millones de habitantes, cientos de miles de personas viven hacinadas en inmuebles que, derruidos y agujerados por las bombas, emergen fantasmagóricos del fango que suele cubrir las calles de la ciudad. No en balde, el grueso de la reconstrucción no ha corrido a cargo del Gobierno, sino de la iniciativa privada, gracias a los exiliados adinerados que han hecho fortuna en el extranjero y vuelven a su país en busca de nuevas oportunidades de negocio y, sobre todo, al dinero procedente del narcotráfico.
“No hay confianza en el Gobierno y las familias no saben en qué creer, ya que su vida es muy difícil y los jóvenes están deseando marcharse”, explica Sabine, una cooperante alemana destinada en la oficina de Cáritas en Kabul, donde no le falta el trabajo.
En lugar de avanzar, Afganistán ha retrocedido hacia los últimos puestos de los Estados menos desarrollados del mundo y ya se sitúa en el número 174 de 178 países, sólo por delante de Burkina Faso, Malí, Sierra Leona y Níger. Con un problema endémico de desempleo, 6,6 de los 33 millones de afganos se encuentran bajo el umbral de la pobreza y el 24 por ciento de las casas no tiene suficiente para comer.
La situación es tan delicada que, durante la crisis global de los alimentos del año pasado, hubo padres que llegaron a vender a sus hijos, que valen poco más que las mulas de carga o los aperos de labranza en un atrasado mundo rural marcado todavía por las tradiciones más arcaicas del fundamentalismo islámico.
Aunque en Afganistán hay ya más de seis millones de estudiantes, la calidad de la educación es pésima y 600 escuelas permanecen cerradas en el sureste del país, la zona controlada por los talibanes, por la falta de seguridad y de profesores.
En muchos lugares, las clases siguen estando vetadas para las niñas, que, con suerte, sólo asisten al colegio hasta los 12 años. Una atroz prueba de que la educación femenina continúa siendo un tabú para la mayoritaria etnia pastún es que ocho niñas fueron atacadas con ácido por ir a clase a finales del año pasado.
Las deudas de sangre, “bad” en dari, presiden buena parte de las relaciones sociales y las hijas de las familias son ofrecidas en matrimonio como compensación por una muerte violenta o una ofensa infligida a una familia. Cuando enviudan, a las mujeres no les queda más remedio que pedir limosna o casarse con otro hermano de la familia – aunque éste tenga ya una esposa.
Niños mendigosPor 50 afganis (menos de un euro), niños como Ezatullah, de cinco años, y sus hermanos Akram y Zarghona, de 7 y 10, se pasan el día mendigando en las calles y cubiertos sólo por unos cuantos trapos andrajosos que alguien les ha dado por caridad. Los tres nacieron en un campo de refugiados en Rawalpindi, en Pakistán, y regresaron a Kabul hace un par de años para encontrarse con la miseria más absoluta.
Mi hermano pequeño murió congelado el año pasado durante la ola de frío”, cuenta Zarghona, que camina descalza por ser la única niña del grupo. Su padre, que vende bolsas de plástico, sólo puede reunir al día entre 70 y 80 afganis (poco más de un euro). Con ese dinero compra pan y té, el único sustento de la familia, y un poco de carbón para el “sandalee”, un brasero de carbón tradicional frecuente en las casas de los pobres con el que calientan las ruinas que les cobijan. “No podemos pensar en el colegio porque primero tenemos que llenar el estómago”, se queja Akram.
Más suerte tiene Khalil, que por dos euros al día lava coches a las puertas de los restaurantes, junto a los guardias de seguridad que, “kalashnikov” en ristre, vigilan para que no se produzca ningún atentado contra el local. Aunque Khalil sólo tiene 11 años, sus manos encallecidas por el agua gélida del invierno parecen las de un campesino de 60, pero al menos puede ganarse la vida junto a los miles de chavales que, acarreando pesados cubos, venden tallarines por las calles o tarjetas de teléfono.
Mientras la población afgana sigue hundida en la miseria y totalmente desatendida, las potencias occidentales, con EE.UU. a la cabeza, se preocupan sólo de no perder posiciones estratégicas en “El Gran Juego”. En su novela “Kim” (1901), así bautizó el escritor Rudyard Kipling a la lucha de poder que libraban los imperios británico y ruso por este inhóspito y pedregoso país, que ahora está reviviendo la Casa Blanca.
Pieza muy codiciadaAuténtico cruce de caminos entre Oriente y Occidente, el privilegiado emplazamiento de Afganistán se ha convertido, sin embargo, en su peor maldición al ser codiciado desde hace siglos por unos y otros. En medio de las rutas petrolíferas que discurren por Asia Central y a un tiro de piedra del Golfo Pérsico, sus fronteras con Irán, Pakistán y China le hacen ser una pieza muy preciada para cualquier superpotencia que aspire a ejercer un dominio real sobre la región.
Así lo adivinó la extinta URSS y así lo sabe el Pentágono, que necesita controlar al régimen iraní desde sus bases en suelo afgano y se ha propuesto derrotar a los talibanes – a los que financió en los años 80 para combatir a los soviéticos – en los territorios tribales de la frontera con Pakistán.
“La comunidad internacional está utilizando a Afganistán como un puente hacia otro destino, pero es muy difícil cruzarlo porque esta tierra es muy peligrosa”, advierte el director de cine Siddiq Barmak, autor de la celebrada película “Osama” y que pronto estrenará en España su nueva obra, “La guerra del opio”. En el punto de mira de los talibanes por el demoledor retrato que hizo de la infancia de una niña afgana en “Osama”, Barmak es un cineasta comprometido con la política y la realidad social de su país. “Es ridículo que se derrotara a los talibanes en dos semanas y ahora hayan vuelto a recuperar terreno”, se lamenta el lúcido director, para quien la guerra de en su país es “un escenario preparado por las potencias extranjeras, como EE.UU., Rusia e Irán, para que se beneficien todos menos el pueblo afgano”.
Por ese motivo, los coches aminoran la marcha o se apartan cuando los Humvees de las tropas americanas patrullan por las calles y carreteras, ya que los afganos tienen miedo de que un terrorista suicida vuele los carros blindados y, de paso, a los transeúntes que pille en su camino.
“Los soldados extranjeros deberían estar vigilando las fronteras de Pakistán e Irán para que no entren elementos desestabilizadores, no las calles de nuestras ciudades”, aconseja Omar en una agencia de viajes del centro de Kabul. En la puerta, y con los dedos embadurnados en betún, un niño le limpia el barro de los zapatos mientras mira ensimismado la televisión de plasma del local, en cuya pantalla aparece un anuncio donde se ve a una familia saboreando una pizza.
Son las insalvables desigualdades sociales que caracterizan a este Estado fallido en que se ha convertido Afganistán. “Ahora estamos peor que con los talibanes y la situación no mejorará hasta que cambie este Gobierno inútil del presidente Hamid Karzai”, se queja Mubarale Shah, que tiene 38 años pero aparenta 60. Este antiguo guerrillero de los “muyahidin”, que perdió una pierna luchando contra los rusos en la década de los 80, tuvo que dejar de trabajar como vendedor ambulante por la extorsión a la que lo sometía la propia Policía, que le requisaba la mercancía si no pagaba los consabidos sobornos.
Mujeres "enjauladas"Con ocho hijos de entre dos y diez años, ahora mendiga por las calles de Kabul junto a miles de tullidos y mujeres enjauladas en sus “burkas” que se arrastran por el barro en medio del tráfico. Junto a su esposa, que trabaja lavando ropa, consigue menos de cinco euros al día para alimentar a su prole con pan y té y pagar las ruinas del destruido cine donde viven desde hace seis años.
Los muros vencidos del inmueble se levantan en medio de una calle enfangada y plagada de socavones, como casi todas las de Kabul, junto a la mezquita de Eid Gah, la mayor de la ciudad y donde el rey Amanullah Khan declaró la independencia de los británicos en 1919. Justo enfrente del templo religioso, que acoge a cientos de miles de fieles durante la oración del Eid dos veces al año, se halla el Estadio Nacional. Aquí celebraban los talibanes las ejecuciones e imponían los castigos que manda la “Sharia” (ley islámica), como la lapidación de las adúlteras o la amputación de manos de los ladrones, mientras los vendedores predicaban las bondades de su “nan” (pan) recién hecho.
“No sabemos si esta noche tendremos algo para cenar”, se lamenta Murabale amargado. A sus espaldas, y a pesar del frío, su hija pequeña se lava con una palangana en medio de un hediondo patio donde un par de perros atados no paran de ladrar, hambrientos. Mientras tanto, él y el resto de su familia siguen esperando a Obama y su promesa de un futuro mejor para Afganistán.

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