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Joyas sin edad
FOTO SIGEFREDO
Publicado Sábado, 21-03-09 a las 09:22
Al primer barón Lytton, autor de «Los últimos días de Pompeya», se atribuye la sentencia «el tiempo es oro», a la que años después nuestro Nobel Cela daría una vuelta de tuerca o «¿para qué es oro el tiempo más que para verlo pasar acariciándolo?». Pero hay una tercera dimensión que nace de los sueños de la escultora Elena Cáncer donde el tiempo no existe, el metal es puro latón y atraparlo en forma de joya única marca la diferencia de cuellos regios como el de Rania de Jordania o tan seductores como el de Shakira. Pero no sólo de mujeres está hecha la legión de admiradores de estas alhajas-esculturas. Me cuenta una galerista, porque los labios de Cáncer están sellados —¡Dios, qué mujer tan terca y tan humilde!—, que ha visto en la tienda-museo de la artista, en la madrileña calle de Velázquez, al magistrado Gómez Bermúdez, fascinado, eligiendo piezas para su esposa Elisa Beni.
Y luego hablamos del profesor de Historia que paseaba por una feria de acompañante aburrido y que cuando vio las piezas de Cáncer se detuvo a identificar las distintas influencias culturales que adivinaba en aquellos torques que tanto le recordaban a los collares de metal entrelazado de hace 1.600 años. Ascendientes orientales de joyas y ornamentos de India, el misticismo de antiguos elementos de culto, evocación de alhajas de época, motivos decorativos egipcios o arqueológicos mayas, arte antiguo chino, japonés y persa, trajes del medievo... Desde luego, sus creaciones no desentonarían entre las maravillas recuperadas del Museo de Telas Medievales de las Huelgas de Burgos, pero tampoco chocarían en el torso de una princesa intergaláctica.
Piezas intemporales
Las colecciones parecen forjadas con piezas de museo —400 registradas en propiedad intelectual— y algunas lo son, aunque la creadora precisa de inmediato que «sólo de las tiendas que están dentro de ellos». En 1999 creó la primera muestra para el Thyssen Bornemysza basada en los fondos de la pinacoteca.De ahí salió su «Aspertini», un collar peto que hoy sigue siendo una de sus estrellas intemporales, que emula el aderezo que luce el caballero de «Retrato de Tommaso Raimondi», del pintor boloñés del XVI, o el collar con fleco de perlas inspirado en la sugestiva imagen de Giovanna Tornabuoni, de Ghirlandaio. También la antológica de El Greco en el Palacio de Villahermosa tuvo su reflejo en unos rosarios que duraron lo que duró al exposición. Pero hoy nos anuncia que trabaja en una nueva colección para este museo. «Estoy haciendo a maestros antiguos, fijándome en los ornamentos de la «Santa Casilda» de Zurbarán, y en maestros modernos como Kandinsky o Miró, que me dan pie a realizar elementos geométricosy adentrarme en un mundo inagotable de posibilidades».
Por ejemplo, para el Museo Picasso de Barcelona hizo joyas con geometrías mágicas, que se partían en distintos volúmenes y con las que buscó aproximarse al cubismo. «Son piezas con las que ni pretendo, ni se me exige, reproducir exactamente el elemento de un cuadro, sino crear un objeto que lo inspire. Por ejemplo, el Palacio de Versalles acaba de incorporar mi “Emo”, un collar sugerido por motivos de jardín, que era la condición impuesta —enrejados o flores—, y así nació».
El collar «aro fleco», que es uno los mas significativos y hermosos, lo imaginó para el Museo Nacional Reina Sofía, y para el Museo Patio Herreriano de Valladolid ideó joyas capaces de dialogar con la pintura de Esteban Vicente o Mompó. Pero sin perder nunca la personalidad de Elena Cáncer; no en vano la artista confiesa: «En todas ellas está mi propio espíritu». Tanto es así que cuando le ofrecieron diseñar para uno de los popes franceses de la «haute couture» con la condición de que su nombre no apareciera por parte alguna, su respuesta fue tajante: «De ninguna manera».
«Estudié Filosofía —cuenta—, pero rápidamente me familiaricé con las joyas antiguas, porque al acabar la carrera me fui a vivir a Ibiza donde llegué a tener dos tiendas con bisutería de época, decò, adornos, trajes de los años veinte y treinta... Una estética que me fascinaba. Al mismo tiempo, todo lo que hago está impregnado del Bilbao de mi infancia, de los astilleros, de los grises, de los metales de la empresa metalúrgica que tenía mi padre, y que me hizo amar desde pequeña el óxido de esa ría marrón llena de barcos herrumbrosos, y de la industria. La colección de primavera-verano, de marcado acento geométrico, nace de los engranajes industriales de un puerto imaginario. Raíles, esferas oxidadas, nudos, bollas y otros motivos se perfilan en collares elásticos, brazaletes y colgantes. Ondas de metal que recuerdan las olas, dibujan una serie, mientras redes y anclajes se adivinan en otra».
Por eso, la imaginación de esta joyera está llena de piezas oscuras, a las que el óxido otorga la pátina del tiempo, el aura del enigma, de la fantasía y eso es lo que transporta al que las contempla. «Es muy importante para mí la sugerencia porque abre caminos; las espirales son los sueños, los nudos de los ornamentos son laberintos y preguntas... Esa triple vuelta del collar es una interrogante, porque el misterio es atracción». Y mucho más: emoción.
Su última joya-escultura es un collar elástico rematado con largos flecos. Llegar hasta él no fue fácil. «Llamé a los fabricantes de acero industrial y como, en general, los empresarios españoles son solidarios, enseguida obtuve respuestas. Me mandaron rollos y rollos hasta que encontré uno que me permitía la elasticidad. El material del que están hechas mis piezas es latón, una aleación muy parecida al bronce porque yo busco la forma, lo único que me interesa». Entrelazados, nudos y trenzados para colgantes y brazaletes. Mallas y tejidos metálicos, anatómicos y dúctiles al tacto. No hay dos joyas iguales porque todas están hechas a mano. No hay un solo molde. «De cada treinta piezas —explica Cáncer—, diez perviven al paso del tiempo: todos los meses se vende un “Aspertini” y tiene 18 años». Y allí, entre la obra de la última colección, luce con una actualidad radiante. En Japón lo adoran.
Como sus zapatos-joya, en colaboración con Paco Herrero, con apliques y tacones de bronce, con pulseras al empeine de plata envejecida y púas de cristal negro, o sandalias con brazaletes rematados en bolas. En ellos como en sus collares, sus broches o sus pendientes —no hace sortijas— se adivina un alma de museo. Es la vida eterna que sólo tienen ciertos objetos con los que una se encuentra de vez en cuando en la vida y que en los tiempos difíciles también marcan la diferencia.

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