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Falsa calma en Ciudad Juárez
Actualizado Miércoles, 18-03-09 a las 23:21
Los rotores de dos avionetas verde olivo han sustituido el ulular de las sirenas en Ciudad Juárez. Desde comienzos de marzo, el progresivo despliegue de 8.000 soldados en sus calles ha frenado drásticamente las ejecuciones vinculadas al narcotráfico, que se habían cobrado 450 vidas en los dos primeros meses de 2009. Y puso fin a la impunidad con que operaba la delincuencia común, la que más directamente afecta al casi millón y medio de habitantes de esta poco agraciada y muy hacendosa ciudad fronteriza.
Ciudad Juárez es una cuadrícula infinita de casas bajas -dos edificios de ocho pisos son los “rascacielos” de la localidad-, desparramadas entre el Río Grande y el desierto inmenso. Tras la renuncia de sus dos últimos titulares ante las amenazas del crimen organizado, la Secretaría de Seguridad Pública municipal está ahora en manos de militares de alta graduación. Y por este damero de calles clónicas ya desfilan, pareadas y sin descanso, incontables camionetas con ocho o diez soldados a bordo. Las patrullas de la policía local las ocupan unidades mixtas, dos agentes municipales y dos militares, escoltadas por un vehículo del ejército.
En las intersecciones del crucigrama de avenidas, los furgones de la Policía Federal Preventiva improvisan controles al azar. Revisan las cajuelas (maleteros) de los vehículos, escudriñan la documentación de sus conductores y, para no perder la costumbre, arrancan alguna que otra mordida (pequeño soborno) a quien no va convenientemente identificado. “En eso no han cambiado las cosas: sólo han subido las tarifas”, dice con sorna un vecino.
Pero la militarización de Ciudad Juárez ha sido bien recibida por una ciudadanía que empezaba a acotumbrarse al estruendo de las balaceras nocturnas y a la estampa de cadáveres decapitados al amanecer. La guerra sanguinaria entre cárteles por hacerse con el control de la plaza superó las capacidades de sus fuerzas de seguridad. Y la oportunidad (“A río revuelto, ganancia de pescadores” es un refrán que no se les cae de la boca) fue aprovechada por toda clase de malandros -incluidos “narcomenudistas” (camellos, pequeños traficantes) con poco trabajo o con mucho miedo- para implantar modalidades criminales infrecuentes hasta entonces: el secuestro y la extorsión.
Despierta de la pesadilla, Ciudad Juárez parece conciliar el sueño. Pero un paseo nocturno provoca la sensación de un fantasmal toque de queda. Un aire de irrealidad, de falsa calma que todo el mundo sospecha será provisional. Y ante la que todo el mundo se pregunta qué ocurrirá cuando el verde olivo desaparezca por donde vino y, temen, se lleve consigo la rama de la paz.
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