Sábado, 14-03-09
Siempre he pensado que las humanidades son básicas en la educación superior. Y no porque considere que dan lo que algunos denominan, quizás despectivamente, «cultura general», sino porque ofrecen elementos formativos de primer orden. El proceso de Bolonia vuelve a poner a las humanidades en el centro de una reflexión crítica que considera que estas materias quedan desatendidas y relegadas a la periferia de los estudios por su, presunta, desvinculación con los intereses de empresas y mercado.
Es preciso reconocer que las humanidades ya no tienen el atractivo que ostentaban hace algunas décadas. Determinadas filologías u otras carreras han pasado de la condición de especies protegidas a la de especímenes en vías de extinción por falta de demanda.
Recuperar titulaciones con reducida solicitud interna va a ser difícil. Pero se podrían hacer otras cosas. En primer término, fomentar la venida de extranjeros a cursar, parcial o totalmente estos estudios en facultades que han alcanzado un elevado prestigio. En segundo, fomentar la investigación mediante la creación de centros para los que contamos con buenos profesionales. Y por último, incorporar las humanidades a otros curricula en virtud de sus indudables beneficios.
La división entre grados orientados al mercado y otros a la formación intelectual es arbitraria. Las humanidades relegadas tradicionalmente a esta última función pueden contribuir decisivamente a la formación de profesionales por el carácter trasversal de sus contenidos, su amplia visión de conjunto, su concepción multidisciplinar y su contribución al desarrollo de destrezas esenciales para la innovación y el emprendimiento. El diseño de los nuevos grados bolonios podría dar una nueva oportunidad a estos estudios por su carácter formativo y su indudable contribución a la empleabilidad.
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